Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

Capítulo 18 “Días Sin Sombras”

Desperté esa mañana con el corazón todavía acelerado, como si la sombra oscura de mi sueño me hubiera seguido hasta la cama y se hubiera quedado acechando en las esquinas del cuarto. La voz resonaba en mi cabeza, profunda y burlona: “Tu poder es ver el futuro”. Y esa risa estruendosa, diciendo que era mi padre. Me senté en la cama de golpe, pasándome las manos por la cara para espantar el sudor frío. El cuarto estaba en silencio absoluto, solo el tic-tac constante del reloj viejo de la abuela rompiendo la quietud. Miré el techo: la grieta en forma de rayo parecía más profunda que nunca, como si hubiera crecido durante la noche.

No pude aguantar. Tomé el celular de la mesita y marqué a Haziel. Eran las cinco y media; sabía que lo despertaría, pero necesitaba hablarlo ya.

—Zoan, son las cinco y media de la mañana —gruñó al contestar, con voz ronca y pastosa de sueño interrumpido. Se oyó cómo se movía en la cama, probablemente sentándose—. ¿Qué pasa? ¿Otro sueño?

Le conté todo sin pausas: la sombra enorme que decía ser mi padre, la risa que retumbaba como truenos, el águila atacándola al final. Lo del supuesto poder de ver el futuro, débil pero despierto. Y que no era Zeus, sino algo más oscuro.

Cuando terminé, hubo un silencio largo al otro lado. Podía imaginarlo frotándose los ojos, procesando.

—Zoan… eso suena heavy —dijo al fin, más despierto ahora—. La sombra negra, la risa profunda, lo de la muerte y el futuro… todo grita Hades. En la mitología, es el rey del inframundo, controla las sombras, los muertos. Los oráculos a veces están conectados con él. Y el águila… esa es de Zeus, siempre. Los hermanos se odian desde siempre.

Asentí aunque no me viera, caminando de un lado a otro de mi cuarto con el celular pegado a la oreja.

—Es lo que pensé yo también —respondí, bajando la voz para no despertar a la abuela—. Pero ¿y lo del poder? Dijo que era débil, pero que había despertado.

Haziel soltó una risa nerviosa, de esas que suenan forzadas cuando algo te inquieta de verdad.

—Pruébalo entonces —dijo—. Dime mi futuro. Algo. Lo que sea. Concéntrate.

Cerré los ojos, respirando hondo. Pensé en Haziel: en su casa, en nosotros escapando del pueblo como siempre planeábamos, en su sonrisa confiada. Intenté forzar una visión, como en los sueños. Apreté los párpados, esperé un flash, una imagen, una sensación.

Nada. Solo oscuridad normal detrás de los ojos cerrados.

—Nada —murmuré, frustrado, abriendo los ojos y pateando suavemente la pata de la cama—. Tal vez era mentira. O solo un sueño más loco que los otros.

—O aún no lo controlas —respondió él—. O no es cierto del todo. Los dioses no quieren bastardos poderosos sueltos por ahí, ¿no? Quizás te estaba manipulando.

Colgamos después de un rato. Me vestí.. El desayuno con la abuela fue como siempre: café humeante que llenaba la casa de aroma, frijoles calientes en la estufa, tortillas envueltas en un paño para que no se enfriaran. Ella me miró de reojo mientras servía, notando mis ojeras.

—¿Dormiste bien, mijo? —preguntó, sentándose frente a mí con su taza en las manos arrugadas.

Forcé una sonrisa y mentí.

—Sí, abue. Solo un poco agitado con lo que me contaste ayer.

Ella asintió, pero sus ojos decían que no se lo tragaba del todo. Comimos en silencio. No quería preocuparla más; ya bastante tenía con lo que le conte.

Los días siguientes fueron… extrañamente tranquilos. No volví a soñar. Ni una pesadilla, ni una visión fugaz. Era como si alguien hubiera apagado un interruptor en mi cabeza. Al principio lo agradecí: dormía profundo, despertaba descansado. Haziel pasó horas en su laptop nueva —la había comprado con parte del dinero ahorrado para nuestra fuga, priorizando la investigación—, buscando rastros del documento, del periodista que ahora sabíamos que era mi papá, de cualquier cosa sobre los Pose o dioses entre nosotros. Nada. Las páginas habían desaparecido por completo, como si nunca hubieran existido.

—“Borradas” —dijo una tarde, frustrado, cerrando la laptop con un golpe seco. Se recostó en su cama, mirando el techo—. Maldita sea, Zoan.

Y por primera vez en semanas, me sentí… normal. Feliz, incluso. La universidad era solo eso: clases interesantes, tareas que me mantenían ocupado, risas con Haziel en los pasillos entre materias. Los murmullos sobre su orientación seguían, pero ahora eran menos sin Tania. Tania… Tania cambió de verdad. Se sentaba cerca de mí en el salón, me preguntaba por los apuntes con una sonrisa tímida, me invitaba a comer con su grupo después de clases. Al principio fue raro —miradas incómodas, silencios forzados—, pero luego fluyó natural. Ella me platicaba más de cuando éramos niños: anécdotas de fiestas, de juegos en el parque, me mostraba fotos antiguas en su celular que yo empezaba a recordar vagamente. “Mira, aquí nos disfrazamos de vaqueros”, decía, riendo suave. Yo empezaba a creer que podía empezar de nuevo, sin rencores.

Una tarde, después de clases, caminamos los tres: Haziel, Tania y yo. Cada uno al lado mío, evitándose lo más que podían. Tania hablaba animada de un examen próximo, gesticulando con las manos.

—El Profe Marcelo va a ponernos trucos. Seguro. —decía—. Siempre hace lo mismo.

Yo reía, sintiendo esa ligereza que siempre había querido: amigos, planes simples, un futuro que parecía posible. Sin dioses, sin dagas, sin sangre.




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