Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

Capítulo 20 “Bajo La Piel De Lo Evidente”

Los días que siguieron a la llegada de Parador fueron un torbellino disfrazado de rutina. Todo parecía igual y, al mismo tiempo, nada lo era.

La universidad —ese lugar que hasta entonces había sido mi último refugio de lo predecible— comenzó a vibrar con una energía distinta, como si alguien hubiera movido una pieza invisible y todo el tablero respondiera. Parador se integró con una naturalidad casi insultante, como si siempre hubiera pertenecido ahí. Saludaba por nombre a quienes apenas acababa de conocer, hacía bromas ligeras que arrancaban risas genuinas y, sobre todo, se volvió una sombra constante de Haziel.

Al inicio quise convencerme de que era una amistad rápida. De esas que nacen en pueblos pequeños, donde un rostro nuevo se vuelve tema de conversación y compañía automática. Pero había gestos que no cuadraban del todo.

En los pasillos los veía caminar demasiado cerca, inclinando la cabeza para susurrarse cosas que no necesitaban decir en voz baja. Parador reía con descaro, sin preocuparse por quién los mirara; Haz, en cambio, sonreía distinto, más suelto, más verdadero. El brazo de Parador encontraba siempre el camino hasta los hombros de mi amigo, y Haziel —que nunca había sido especialmente afectuoso con nadie salvo conmigo— no se apartaba. Al contrario: se inclinaba apenas, como si ese contacto le resultara natural… o necesario.

Una tarde, al salir de clases, los encontré en el patio central. Estaban sentados en la banca bajo el árbol grande, ese que parecía haber visto pasar generaciones enteras de estudiantes. Parador sostenía la mano de Haziel entre las suyas y, con el pulgar, dibujaba círculos lentos sobre los dedos de mi amigo.

Cuando notaron mi presencia se separaron con torpeza. No lo suficiente como para ocultar el rubor que le subía por las mejillas a Haziel.

—¿Qué hay, Zoan? —Saludó Parador con su sonrisa ladeada, ya convertida en marca personal—. ¿Te unes? Estábamos planeando salir al centro esta noche. Hay un lugar con micheladas decentes, según Haz.

Haziel me miró, expectante, pero con un brillo nervioso en los ojos, como si esperara mi aprobación.

—Suena bien —dije, sentándome al otro lado de la banca—. Pero no quiero ser el tercero en discordia.

Parador soltó una risa corta y me guiñó un ojo.

—No lo serás. Solo somos amigos… por ahora.

Haziel le dio un codazo suave en las costillas, pero no lo negó. Solo rodó los ojos, sonrojado otra vez.

La noche llegó rápido. Haziel me había casi rogado por mensaje que no invitara a Tania: “Solo nosotros tres, porfa. Quiero contarte algo importante”. Accedí sin preguntar mucho; sabía que cuando Haziel pedía algo así, era serio.

Llegué al punto donde comenzaba lo que ahora llamábamos “la barrera invisible” del pueblo. Ahí estaban ellos dos, parados uno junto al otro, agitando las manos en alto como si no me hubieran visto en años. Les seguí el juego, levantando el brazo con exageración.

—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó Haziel en cuanto estuve a su lado.

—Mi abuela no estaba muy de acuerdo —respondí—. Ya sabes que odia que salga de noche.

Miré a Parador de reojo, preguntando sin palabras si Haziel sabía algo de su origen

Haz nos observó a ambos y, de pronto, pasó su brazo por mis hombros en un gesto familiar.

—Sí, Zoan —dijo con una calma que me desarmó—. Sé que Parador es un semidiós. De hecho, me lo acaba de decir… aunque ya lo deducía.

Volteó hacia él, analizándolo sin pudor.

—Es demasiado guapo como para ser un simple mortal —añadió—. Mira a Dea, por ejemplo. Es hermosa y eso que no es hija de ningún dios.

Me miró a mí ahora, con esa crítica amistosa que siempre tenía.

—O tú, mi amigo semidios. No estás mal.

—Gracias… supongo —murmuré.

Parador sonrió, divertido.

—Gracias… supongo —murmuré.

Parador soltó una carcajada genuina, echando la cabeza hacia atrás.

—Aunque me sorprende que sea hijo de un dios tan “feo” como Hefesto —agregó Haziel, cerrando un ojo como quien sabe que acaba de meter la pata—. Perdón, es tu papá, pero es lo que dicen las historias. El hijo feo de Hera.

Parador rio de nuevo, sin ofenderse. Siempre reía, como si el mundo fuera una gran broma.

—Es verdad —dijo, encogiéndose de hombros—. Aunque ya se ha hecho unos arreglitos. Ahora ya no es tan feo.

—¿Los dioses se pueden operar? —preguntó Haziel, sin pensar.

—Sí —respondió Parador, acercándose a él con paso lento—. Nuestra carne no es tan diferente a la de un humano promedio.

Sin pudor alguno, tomó el mentón de Haziel con una mano y lo besó en los labios. Fue breve, pero intenso. Haziel no se apartó; al contrario, respondió un segundo, cerrando los ojos.

—¿Ves? —añadió Parador al separarse—. Saben y se sienten igual que los de cualquiera.

Haziel se apartó de golpe y comenzó a caminar a paso rápido. Lo seguimos. Yo me sentía incómodo, empapado en una emoción que no sabía nombrar. Por el rabillo del ojo noté que Parador me observaba sin su sonrisa habitual, como si me evaluara.




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