Los tarros seguían llegando, uno tras otro, espumosos y fríos, condensando gotas en la madera de la mesa. Después de la reconciliación con Haziel, el aire se había aligerado, como si hubiéramos quitado un peso invisible de encima. Parador nos observaba con esa expresión suya, entre divertida y cómplice, apoyado en el respaldo de su silla con los brazos cruzados. Gael nos dejó una ronda más “por cuenta de la casa”, guiñándonos un ojo antes de volver a la barra, atendiendo a los clientes que empezaban a llegar en grupos ruidosos.
Parador levantó su tarro con un movimiento lento, chocándolo contra los nuestros con un tintineo claro.
—Por los amigos —dijo, sosteniendo la mirada primero en Haziel, luego en mí—. Y a los secretos que ya no lo son.
Bebimos al unísono. El alcohol ya me calentaba las mejillas y me soltaba la lengua, haciendo que las palabras salieran más fáciles. Haziel estaba más suelto que nunca: el brazo apoyado casualmente en el respaldo de la silla de Parador, los dedos rozándole el hombro de vez en cuando, como si no pudiera evitarlo. Yo los miraba y sentía una alegría genuina por él; merecía esto.
Parador dejó el tarro en la mesa con un golpe suave y se inclinó hacia adelante, bajando la voz hasta que solo nosotros lo oyéramos por encima de la música y las risas del local.
—Ya que los tres estamos en la mis sincronía… —empezó, echando un vistazo rápido alrededor para asegurarse de que nadie prestara atención—. Hay cosas que deberías saber, Zoan.
Haziel se enderezó un poco, curioso, arqueando una ceja. Yo asentí, el corazón latiéndome un poco más rápido a pesar del alcohol.
—Dispara —dije, inclinándome también.
Parador respiró hondo, como ordenando pensamientos.
—No creo que seas hijo de alguno de los tres grandes: Zeus, Poseidón o Hades —explicó, contando con los dedos—. Juraron hace siglos no tener más hijos mortales. Ni semidioses. Son problemáticos, siempre terminan queriendo destronarlos, tomar su lugar. Guerras, traiciones… todo eso. Es una regla antigua que ya nunca rompen.
Me quedé callado, procesando. La sombra en mis sueños, esa voz burlona diciendo “yo soy tu padre”… si no era uno de ellos, ¿quién?
—¿Entonces de quién soy? —pregunté al fin, la voz saliendo más ronca de lo planeado.
Parador se encogió de hombros, con una mueca de “no lo sé todo”.
—Aún no lo sé. Pero no eres de ellos. Eso seguro.
Haziel me miró de reojo, preocupado, apretándome el antebrazo un segundo en gesto de apoyo.
Parador continuó, bajando aún más la voz.
—Y sobre Dea… —sonrió de lado, como recordando algo privado—. No para de preguntar por ti. “¿Qué hizo Zoan hoy?”, “¿Cómo está?”, “¿Le contaste lo que hablamos?”. A veces llega a estresar, en serio. Es como una hermana pequeña obsesionada con su crush.
Reí, el alcohol haciendo que la risa saliera fuerte y sincera.
—¿En serio? —pregunté, sintiendo el calor subir a la cara.
—En serio —confirmó él, levantando el tarro para otro trago y después cambiando el tema drásticamente—. Mi tío Poseidón está buscando cómo sacarla del pueblo sin que Zeus lo note. Mi tío Zeus está muy al pendiente; aunque mi tío ha estado bloqueando entradas, cada vez es más difícil.
Tomó un trago largo, limpiándose la boca con la manga —y eso es porque están perdiendo poder. Lento, pero real. Zeus cree que es por Dea, que su existencia lo debilita o algo. Por eso la quiere… neutralizada. Muerta o retenida para siempre.
Tragué saliva. El alcohol ya no calentaba tanto; un frío se colaba.
—¿Y Poseidón?
—Poseidón piensa lo contrario —dijo Parador, encogiéndose de hombros—. Que con ella podría ganar ventaja. Ser el más fuerte por fin. Y Hades… a Hades le importa poco. Está en sus cosas del inframundo. Ni siquiera lo conozco.
Haziel soltó un bufido, rodando los ojos.
—Dioses y sus dramas familiares —murmuró—. Siempre lo mismo.
Parador rio bajo, asintiendo.
—Exacto. Pero tú, Zoan… —me miró fijo, serio por primera vez—. Eres importante en esto. No sé cómo aún, pero lo eres.
Hizo una pausa, y su sonrisa volvió.
—Y hablando de sorpresas… te tengo una pronto. Algo bueno. Paciencia.
No pregunté más. El alcohol me tenía flotando, y la información era pesada para digerir en ese momento.
Salimos del local tambaleándonos un poco, riendo de tonterías que en frío no tendrían gracia. El aire fresco de la noche nos golpeó, despejando un poco la cabeza. El pueblo parecía más pequeño bajo las estrellas claras. Caminamos los tres juntos, Haziel en medio: un brazo sobre mis hombros, el otro sobre los de Parador. Canturreábamos una canción vieja que Gael había puesto, desafinando a propósito para reírnos más.
Me llevaron primero a casa. La luz del patio estaba encendida; mi abuela siempre la dejaba por si llegaba tarde.
—Nos vemos mañana —dije, abrazándolos torpemente, el alcohol haciendo que el equilibrio fallara.
Haziel me apretó fuerte, dándome palmadas en la espalda.