El sueño empezó como los últimos: yo en control, o al menos eso creía. La neblina se disipó rápido y, de pronto, estaba en la universidad. Pero esta vez no estaba solo.
Estábamos los cinco.
Haziel a mi izquierda. Parador a su lado, el brazo sobre sus hombros con naturalidad, como si llevaran años así. Tania un poco más atrás. Y bajando la escalera frente a nosotros, Dea.
Su cabello blanco captaba la luz del sol imposible del sueño, corto y perfecto, moviéndose ligeramente con cada paso. Sus ojos desiguales me buscaban entre el grupo, y cuando me encontraron, brillaron.
Corrimos hacia ella, los cuatro, como si celebráramos una victoria largamente esperada. Risas, saludos, brazos abiertos. Dea alzó las manos, respondiendo al saludo con una sonrisa.
Yo llegué primero, subiendo los escalones de dos en dos, los brazos extendidos para recibirla en un abrazo.
Pero entonces, como si una mano invisible la empujara desde atrás, Dea tropezó y cayó hacia adelante.
Intenté sostenerla. Mis brazos abiertos, listos.
En mi mano derecha apareció la daga. Negra, runas blancas pulsando con frialdad. No sé cómo llegó ahí. Solo sé que cuando la atrape la hoja se hundió en su pecho.
La sangre brotó al instante, caliente y pegajosa. Caímos juntos por los escalones, rodando hasta el suelo. Ella en mis brazos, como siempre, con la sangre tiñendo su cabello blanco de rojo vivo.
Los demás desaparecieron. Yo solté la daga, horrorizado, pero ya era tarde. Dea se desvaneció en humo negro, dejando solo la daga en mi mano y un charco de sangre en el suelo.
Desperté jadeando, el cuerpo empapado en sudor frío. El cuarto estaba oscuro, el reloj marcaba las seis. Tomé el celular de la mesita con manos temblorosas. La pantalla seguía intacta. Recordé la confesión borracha de anoche. Abrí el chat con Dea.
Los mensajes estaban leídos. Palomitas azules. “Visto a las 2:43 a.m.”.
Pero no había respuesta.
Nada.
Ni un sticker, ni un “jaja”, ni un “estás loco”.
Sentí un nudo en el estómago. Quise escribir algo rápido: “Perdón, estaba borracho, no quise decirlo”. O peor: “Olvida lo que dije”. Mis dedos flotaron sobre la pantalla, pero no escribí nada. Guardé el celular, lo tiré al otro lado de la cama.
“No la presiones”, me repetí, frotándome la cara. “Ya contestará cuando quiera”.
Pero el silencio dolía más que cualquier rechazo directo.
Me levanté, sintiendo náuseas leves por la borrachera de la noche anterior. Me vestí sin ganas: jeans viejos, playera arrugada. Salí temprano, necesitando aire fresco para aclarar la cabeza. Caminé sin rumbo fijo, pasando por la barrera invisible y directo a la universidad. Llegué antes que nadie, el patio vacío bajo el sol apenas saliendo.
Después llegaron Haziel y Parador a la entrada principal. Haziel charlaba animado, gesticulando con las manos, mientras Parador lo escuchaba con esa expresión divertida, los brazos cruzados y la cabeza ladeada. Haziel me vio y supo al instante que algo andaba mal: dejó de hablar a media frase y se acercó rápido.
—¿Otro sueño o cruda? —preguntó, poniéndome una mano en el hombro, evaluándome con preocupación genuina.
—Ambas —respondí, forzando una media sonrisa—. Pero el sueño fue peor.
Les conté todo mientras caminábamos hacia un banco apartado: los cinco juntos en la universidad, Dea cayendo, la daga apareciendo en mi mano sin que yo la invocara. Cómo intenté salvarla y terminé hundiéndola en su pecho.
Parador escuchó en silencio, serio por primera vez, frotándose la barbilla pensativo. Haziel solo apretaba la mandíbula, los puños cerrados.
—Y hay algo más —agregué, bajando la voz—. Creo que robo poderes. Anoche, después de abrazarte… —miré a Parador— reparé mi celular sin querer. Solo tocándolo.
Parador arqueó una ceja, interesado pero no sorprendido. Sacó un bolígrafo del bolsillo, lo partió a la mitad con un chasquido y lo mostró. Su tatuaje brilló un segundo; el bolígrafo se reparó solo en su mano.
—Solo lo copiaste —dijo, aliviado, guardándolo—. Aún tengo el mío.
Haziel sacó su llavero roto —una cadena que se había roto días atrás— y me lo pasó.
—Intenta esto.
Miré a Parador. Él extendió la mano, palma arriba.
—Tócame. A ver qué pasa.
Tomé su mano. Sentí ese calor sutil otra vez, como un pulso. Lo solté y me concentré en el llavero. Lo apreté fuerte, deseando que se arreglara.
La cadena se soldó sola, metal fundiéndose como si nunca hubiera estado rota.
Pero vino el mareo: el mundo giró, las piernas flojas. Casi caigo de rodillas. Haziel me sostuvo rápido por el brazo.
—¡Zoan!
Parador me ayudó a sentarme en el banco, serio.
Respiré hondo, recuperándome poco a poco. El patio dejó de girar.
—Entonces… ¿puedo copiar poderes? —pregunté, aún mareado, apoyándome en ellos.