Llegué a la universidad antes que nadie, otra vez. No había pegado ojo en toda la noche; cada vez que cerraba los ojos, temía que volviera el sueño, la daga, la sangre. Pero más que eso, la emoción y los nervios me mantenían despierto: hoy era el día. Dea aquí, en persona, caminando por los mismos pasillos que yo. El patio estaba casi vacío, el sol apenas calentando las bancas de concreto. Me senté en la de siempre, la del árbol grande que daba sombra irregular, y me quedé ahí, con las manos en los bolsillos, el corazón latiendo fuerte contra las costillas.
Haziel y Parador llegaron juntos, como ya era costumbre. Caminaban hombro con hombro, Haziel gesticulando animado sobre algo, Parador escuchando con esa expresión divertida, la cabeza ladeada. Haziel me vio desde lejos y aceleró el paso, dejando a Parador atrás un segundo.
—¿Listo para verla en vivo y a todo color? —preguntó al llegar, dándome un codazo juguetón en el brazo. Sus ojos brillaban con complicidad genuina, como si compartiéramos un secreto grande.
Parador se acercó despacio, sentándose al otro lado con movimientos fluidos.
—Por cierto, Zoan… mi tío me dio órdenes claras anoche —dijo, bajando la voz para imitar a Poseidón: grave, autoritaria—. “Cuídala con tu vida. Y asegúrate de que ese bastardo no se acerque”.
Haziel soltó una carcajada, cubriéndose la boca. Parador volvió a su tono normal, encogiéndose de hombros con una mueca traviesa.
—Dice que eres peligroso. Que si te pasas de listo, te da una buena golpiza.
Movió las manos: una en puño, la otra palma abierta, chocándolas con un sonido seco.
Me quedé callado un segundo, procesando. El no dormir no me tenía de buen humor.
—¿Y qué le dijiste? —pregunté, cruzando los brazos.
—Que sí, claro. Que la cuidaría y mantendría lejos al bastardo misterioso —respondió, guiñándome un ojo—. Prometí obedecer como buen sobrino.
Haziel rio de nuevo. Yo lo miré fijo, serio.
—¿Pero vas a hacerlo?
Parador negó con la cabeza despacio, con una expresión que decía “ni loco”.
—Menti, amigo —confesó, inclinándose hacia adelante—. Ni loco te alejo de ella. Esto es más grande y divertido que las órdenes de un dios viejo. Además… a veces Dea da más miedo que él.
El patio empezó a llenarse poco a poco: estudiantes llegando en grupos, murmullos, mochilas chocando. Todos volteaban hacia el estacionamiento, donde un bocho amarillo acababa de aparcar con un chirrido de frenos.
Saliendo de él, estaba ella.
Dea cerró la puerta con un aventón fuerte, pero se agachó rápido al notar el ruido, como avergonzada. Se colgó la mochila al hombro con cuidado, ajustando los tirantes. Vestía jeans oscuros que le quedaban perfectos, tenis blancos impecables y la misma chamarra de piel negra que recordaba de aquella tarde bajo la lluvia. Su cabello blanco corto captaba la luz del sol, moviéndose ligeramente con la brisa. Pero lo diferente fueron sus ojos: azules claros, intensos, completamente normales. “Pupilentes, magia o ella cambiando su color con la voz”, pensé, el pulso acelerándose.
Caminaba despacio, absorbiendo todo: las bancas desgastadas, los edificios viejos con pintura descascarada, los estudiantes que abrían paso y murmuraban sin disimulo. Sus dedos apretaban los tirantes de la mochila, nerviosa, pero su expresión era de pura maravilla, los labios curvados en una sonrisa amplia y genuina. Como si esto —la normalidad de un día en la universidad— fuera lo que siempre había anhelado.
Cuando estaba a unos pasos de nosotros, Tania llegó corriendo a su lado, enlazando su brazo con el de Dea como si fueran amigas de toda la vida.
—¡Hola! ¡Veo que eres nueva! —dijo Tania, con esa energía contagiosa—. Soy Tania. ¡Bienvenida! Por cierto, me encanta tu cabello.
Dea sonrió tímida, los ojos azules abriéndose un poco más. Sacó su celular rápido y tecleó. La voz robótica de lectura sonó clara.
“Hola, soy Dea. Gracias”.
Tania abrió los ojos fascinada, sin un ápice de burla.
—¡Ay, qué genial! ¿Usas el cel para hablar? Me encanta —dijo, sin filtro, apretando más el brazo de Dea—. Mira, te presento al grupo. Somos los más… polivalentes del pueblo.
Dea dejó que la guiara.Sus ojos se abrieron más, como disfrutando el contacto simple, la bienvenida inesperada.
Haziel se levantó primero, extendiendo la mano con una sonrisa genuina.
—Haziel. Encantado de conocerte… en persona.
Parador se puso de pie con fluidez, ofreciendo la mano también.
—Parador —dijo, con tono juguetón—. Y tú me puedes llamar “primo”.
Tania frunció el ceño confundida. Dea, Haziel y Parador intercambiaron miradas cómplices, conteniendo risas.
Yo me quedé sentado un segundo más, el corazón en la garganta. Me levanté torpe.
—Hola… soy Zoan.
Ella me miró directo. Sus ojos —ahora de un azul claro y profundo, como el cielo después de una tormenta— parecían querer decirme mil cosas sin palabras. Eran hermosos, sí, pero yo echaba de menos los reales, los desiguales que había conocido bajo la lluvia torrencial aquel día. Bajó la vista un segundo, como si también estuviera nerviosa, y luego volvió a alzarla, sosteniendo la mía con una intensidad suave, casi tímida.