Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

Capítulo 24 “El Primer Día de Dea”

Haz y Parador llegaron unos minutos después.

Parador venía hablando rápido, como si las palabras le estorbaran en la boca, pidiendo disculpas por no haber podido detener a Tania. Se justificaba con gestos amplios, exagerados, como si eso pudiera cambiar algo. Yo apenas lo escuchaba. No porque no me importara, sino porque, en ese momento, había algo más fuerte ocupando mi cabeza.

Me sentía… bien.

Era una sensación extraña, incompleta, pero real. Aún quedaba el rastro del rechazo, esa punzada discreta que se quedaba clavada en el pecho como una espina pequeña pero persistente. Sin embargo lo entendía. Sabía por qué Dea había tomado esa decisión, y aceptarlo no me hacía menos feliz por lo que sí habíamos compartido.

Caminamos juntos hacia el salón.

Cuando entramos, Tania ya estaba en pleno espectáculo. Dea estaba rodeada. Literalmente rodeada. Un círculo de curiosidad, voces superpuestas, risas nerviosas y preguntas disfrazadas de interés genuino. Tania hablaba sin parar, presentándola a todo el mundo como si fuera un trofeo recién adquirido.

Dea sostenía el celular con ambas manos. Sus ojos brillaban de una forma distinta, no por emoción exagerada, sino por esa mezcla de timidez y atención forzada que se nota cuando alguien no sabe cómo escapar sin parecer grosero. Su sonrisa era suave, casi frágil, pero auténtica. Reproducía el mensaje grabado una y otra vez, saludando, agradeciendo, presentándose.

—Hola, mucho gusto. Gracias por recibirme —decía la voz digital.

Uno por uno, todos decían su nombre. Algunos exageraban.

La campana sonó, rompiendo el amontonamiento como una burbuja que estalla. El grupo se dispersó, cada quien regresando a su asiento con esa lentitud estratégica que se usa cuando no quieres irte del todo.

Tomé mi lugar.

Tania se sentó a mi lado izquierdo. Dea quedó a su derecha. El espacio entre nosotros era mínimo, pero se sentía enorme. Haz y Parador eligieron los asientos junto a las ventanas, al fondo, como siempre. Desde ahí observaban todo con expresiones distintas: Parador con diversión abierta, Haz con atención silenciosa.

El murmullo general aún no se apagaba cuando la puerta volvió a abrirse.

El profesor entró primero.

Luego el director.

Ambos parecían… agitados. El rostro enrojecido, la respiración pesada, los movimientos ligeramente torpes mientras se acomodaban la ropa. En el director no era raro. Siempre estaba impecable, siempre acalorado, siempre con ese aire de hombre que corre detrás de su propia importancia.

Pero el profesor…

Eso sí era extraño.

Desde que me dio clases en la preparatoria, jamás lo había visto así. Siempre usaba mezclilla, una camiseta sencilla y ese saco gris viejo que parecía sobrevivir por pura terquedad. Ni siquiera en eventos formales se vestía diferente. Y ahora estaba ahí, con camisa bien planchada, pantalón de vestir y zapatos limpios.

Ambos recorrieron el salón con la mirada.

No buscaban mucho. No necesitaban hacerlo.

Parador destacaba por sí solo, con su presencia exagerada. Pero fuera de él, solo había una persona imposible de ignorar.

Dea.

Se detuvieron justo frente a nosotros.

El director habló primero.

—Señorita, ¿podría pasar al frente, por favor?

Dea se levantó con cuidado. Sus movimientos eran tranquilos, medidos. Caminó hacia ellos sin prisa, pero tampoco con seguridad absoluta. Cuando llegó, el director se inclinó un poco hacia ella y bajó la voz, aunque el silencio del salón hacía imposible no escucharlos.

—Señorita Pose, disculpe que la haya guiado hasta aquí. Pensé que vendría en la limosina del señor Pose. Espero que no haya sido ninguna molestia.

Dea respondió con una sonrisa leve. Alzó la mano con un gesto pequeño, tranquilizador, como diciendo no pasa nada. El director asintió, aliviado, y volvió a girarse hacia nosotros.

—Jóvenes —anunció—, hoy tenemos el privilegio de recibir a una nueva alumna. La Universidad Idon Pose, una de las mejores del estado, da la bienvenida a la sobrina de nuestro benefactor, quien cursará su primer año de la carrera con nosotros. Les presento a la señorita Musdea Pose.

El director y el profesor comenzaron a aplaudir.

El resto del salón tardó medio segundo en reaccionar… y luego llegaron los murmullos.

El apellido había hecho lo suyo.

—Silencio —ordenó el profesor, con una voz más firme de lo habitual.

Las voces bajaron, aunque no desaparecieron del todo.

El director volvió a dirigirse a Dea.

—Señorita Pose, esperamos que su vida estudiantil aquí sea la mejor. Esta universidad está a su disposición. Y cualquier cosa que necesite, no dude en visitarme en mi oficina.

Dea asintió una vez más. No parecía acostumbrada a ese tipo de atención. Su sonrisa fue educada, breve. El director se retiró enseguida.

Ella permaneció de pie, junto al profesor.




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