Los días en la universidad se habían transformado en una rutina cómoda, casi engañosa. Esa clase de rutina que, sin darte cuenta, empieza a parecerte segura, incluso amable. Caminábamos juntos por los pasillos como si siempre hubiera sido así, como si el grupo hubiera existido desde antes de que todos llegáramos a este punto.
Haziel y Parador iban adelante, marcando el ritmo. A veces sus hombros se rozaban, otras sus manos se encontraban apenas un segundo más de lo necesario. No necesitaban decir nada; bastaba una inclinación de cabeza, una pausa compartida, una sonrisa ladeada que solo el otro parecía notar. Su complicidad era natural, sin esfuerzo.
Dea caminaba a mi lado.
Siempre observando todo.
Los murales, los anuncios pegados de forma torpe, las ventanas altas, los árboles del patio que ya comenzaban a perder hojas. Había en ella una curiosidad tranquila, como si el mundo aún tuviera permiso de sorprenderla. Sus pasos eran suaves, casi cuidadosos, como si no quisiera romper nada.
Tania cerraba el círculo, hablando sin parar. Exámenes, chismes del pueblo, historias que nadie había pedido escuchar, planes improvisados para el fin de semana. Su voz llenaba los espacios vacíos; a veces era divertida, otras agotadora. Pero era Tania. Siempre había sido así.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Desde que Dea había entrado a la universidad, muchas cosas parecían haber mejorado. Ella se veía más relajada, más presente. Sin embargo, yo no lograba sacudirme ese miedo persistente. Cada vez que la veía subir las escaleras rumbo al salón, mi cuerpo se tensaba. Mi mente proyectaba sombras donde no había nada. Siluetas comunes, columnas, estudiantes distraídos… y aun así, el impulso de protegerla se activaba como un reflejo.
Ella me contaba por las noches, y a veces durante el día cuando encontrábamos un momento, que sus sueños habían cambiado. Ya no me veía morir. Ya no veía sangre ni finales abruptos. Ahora soñaba cosas simples: conversaciones, risas, caminatas con nosotros. Eso la tranquilizaba. Le daba confianza. Decía que incluso su tío estaba diferente desde que Parador había llegado. Más tranquilo. Menos ausente. A veces hablaba con ambos sobre la escuela.
Claro, ambos mentían descaradamente sobre mí. Decían que casi no coincidían conmigo.
Yo, en cambio, seguía atrapado en el mismo punto.
Mis sueños no avanzaban. Se repetían. La sombra seguía ahí. La que empujaba a Dea. La que me habló una vez y nunca volvió. No podía ir más allá del momento en que ella moría. Por más que lo intentara, algo me detenía. Cada día despertaba más cansado, como si no hubiera dormido en absoluto.
Mi abuela también parecía resentirlo. La notaba más frágil, más lenta. Como si lo que me afectaba a mí también la estuviera alcanzando a ella.
Cada día sentía que caminaba sobre una cuerda floja.
Y cuando lograba olvidarlo por un instante… Tania aparecía.
Ese viernes fue el mejor ejemplo.
Decidimos quedarnos un poco más para avanzar en el proyecto. Parador y Haziel se quedaron hablando con el profesor junto a Tania. Dea y yo nos adelantamos hacia la banca que, sin decirlo, ya era nuestra.
El sol seguía siendo intenso, pero el calor ya no era el mismo. El aire tenía ese filo suave que anuncia el invierno antes de tiempo. Noviembre se hacía notar.
Nos sentamos.
A pesar de la chamarra clásica que llevaba puesta, Dea cruzó los brazos, buscando calor. Yo llevaba una más gruesa, cortesía obligatoria de mi abuela. Sin pensarlo demasiado, me la quité y la acomodé sobre sus hombros.
—Toma. Esta abriga más.
Ella alzó la vista. Sus ojos recorrieron mi torso, ahora solo cubierto por la playera. Hizo un gesto pequeño con el dedo y la cabeza.
¿Y tú?
—No te preocupes —respondí—. No tengo frío. Estoy acostumbrado. Además, la traje porque mi abuela casi me obliga.
Ella dudó. Sacó el celular.
“¿Seguro? ¿No me mientes?”
—Seguro. En serio.
Me senté a su lado, más cerca.
—Aprovechando que estamos solos… ¿te gustaría venir a mi casa? Mi abuela quiere conocerte. No confía mucho en los Pose, pero dice que quiere conocer a la chica que…
Me quedé en silencio un segundo.
Ella me observaba con atención. Su mano libre apretaba la chamarra contra su pecho. Aspiró despacio. Apenas perceptible. Tal vez estaba respirando su olor. Tal vez solo era mi imaginación.
El calor me subió al rostro.
—…que quiere conocerte —terminé—. Y también podríamos estudiar.
Dea empezó a teclear con esa velocidad suya que siempre me impresionaba
Entonces pregunté:
—¿Has intentado mandar audios? ¿Es igual de riesgoso?
Ella desplazó el texto hacia arriba para responder.
Impulsivamente, me acerqué más para leer, mi hombro rozando el suyo. Ella detuvo los dedos un instante, alzando la vista. Yo hice lo mismo. Nuestros rostros quedaron a centímetros: pude ver el leve rubor en sus mejillas pálidas, sentir el aliento suave saliendo de sus labios entreabiertos. Vi mi reflejo en sus ojos azules, vi cómo se abrieron grandes, sorprendida, pero no se apartó. Yo tampoco. El mundo se redujo a ese espacio: su calidez, el aroma sutil a invierno que siempre llevaba, la conexión silenciosa que nos unía sin palabras.