Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

Capítulo 26 “Lo Que Sucederá”

Me quedé un rato más en la universidad.

No porque tuviera algo que hacer, sino porque no sabía a dónde ir con todo lo que tenía en la cabeza. Me senté en una de las bancas cercanas a la entrada, viendo cómo el cielo comenzaba a oscurecer lentamente. Los últimos estudiantes salían en pequeños grupos, riendo, quejándose de tareas o revisando el celular sin preocuparse por nada más que el fin de semana.

Yo no podía pensar en otra cosa que no fuera Dea.

En lo cerca que estuvimos.

En cómo el mundo se había detenido por unos segundos. En cómo, si no hubiera sido por Tania, mis labios habrían encontrado los suyos. La idea se repetía una y otra vez, no como una fantasía dulce, sino como una pregunta sin respuesta: ¿qué habría pasado después?

Estaba tan metido en mis pensamientos que no noté cuando alguien se acercó.

Una mano tocó mi hombro.

Di un respingo inmediato, el corazón golpeándome el pecho como si hubiera corrido.

—Perdón, no quise asustarte —dijo Parador.

Solté el aire de golpe.

—No… no pasa nada —respondí—. Estaba distraído.

Giré la cabeza, buscando instintivamente.

—¿Y Haz?

Parador ladeó la cabeza, como si también se lo estuviera preguntando.

—Pensé que estaría contigo. Dijo que tenía algo que decirte.

Se sentó a mi lado, apoyando los codos en las rodillas. Algo en su postura era distinto. No estaba relajado. No estaba jugando.

—Qué raro —murmuré—. No lo vi salir. Bueno… no importa. ¿Nos vamos?

—Sí.

Nos pusimos de pie al mismo tiempo.

—Además —añadió mientras empezábamos a caminar—, necesito contarte algo.

Cruzamos la salida de la universidad, despidiéndonos del oficial de la puerta. El aire nocturno era más frío, más pesado. Parador caminaba en silencio. Se notaba en la tensión de su cuello, en cómo fruncía las cejas, en la forma en que acomodaba una y otra vez los pensamientos que no terminaban de salir.

—Bueno… —dije al final—. ¿Qué pasa?

Se detuvo un segundo. Tragó saliva. Luego habló.

—Como recordarás, yo vine aquí para reparar el collar de Dea —empezó, midiendo cada palabra.

Asentí despacio —Ajá.

—Esto que te diré no se lo he dicho a nadie, ni a mi tío. Solo creo que necesitas saberlo tú.

Con eso, supe que no sería nada bueno. El tono grave en su voz, la forma en que evitó mi mirada un segundo, lo delataba.

—El collar de Dea… —hizo una pausa breve— yo fui quien lo hizo.

Sentí que el suelo se movía un poco bajo mis pies.

—¿Tú lo hiciste? —Pregunté, recordando la conversación en la mansión Pose—. Según escuché una vez, había sido Hefesto. Y además… Parador, tienes nuestra edad. ¿Cómo es posible que la conocieras cuando era niña? ¿Cuántos años tienes realmente?

Parador soltó una risa baja, corta, sin humor.

—Tengo más años de lo que aparento, amigo mío —confesó, encogiéndose de hombros como si fuera un detalle menor—Nunca lo había dicho porque nadie me lo había preguntado. Pero no soy un semidiós.

Lo miré con atención.

—Soy un dios menor. Hijo de Hefesto… y de Afrodita, cuando aún estaban juntos.

Se llevó los dedos a la mandíbula y se dio un pequeño golpe.

—¿Acaso no lo notaron? Digo, con mi absoluta falta de fealdad.

No respondí. No porque no creyera, sino porque, extrañamente, ya no me sorprendía. Después de sueños, sombras y dioses caminando por el pueblo, la realidad había perdido su forma normal.

—Digamos que ser dios hace que los años pasen como los de un perro, pero al revés: tengo muchos, pero aparento pocos—rio de su propia metáfora—Aclarando eso —siguió él, reanudando el paso con un gesto casual—, lo importante es que, a pesar de mis esfuerzos, solo he logrado retrasar lo inevitable.

Se detuvo justo frente a una tlapalería, girándose hacia mí con expresión tensa. Ninguna sonrisa habitual, ni esa mirada de tranquilidad juguetona. Sus ojos se clavaron en los míos, serios, casi suplicantes.

No había bromas. No había ligereza. Su rostro estaba tenso, rígido, como si sostuviera algo demasiado pesado.

—Zoan —dijo—, el collar de Dea se romperá el último día del año mortal.

Sentí un frío profundo recorrerme la espalda.

—Ese día, su poder se desatará, y ella no lo sabrá controlar. El pueblo, la gente, hasta mi tío y yo podríamos desaparecer. No sé qué hacer.

Ahí entendí su miedo, su impotencia. Yo sentí el miedo que él sentía, pero no por mí o por el pueblo, sino por ella. Las preguntas me inundaron la mente, saliendo en ráfaga.

—Eso es en un poco más de un mes —balbuceé, el pánico subiendo—. ¿Y qué le pasará a Dea? ¿Ella lo sabe? Debemos hacer algo, Parador. Decírselo a tu tío, buscar una solución. Ayuda.

Él se calmó visiblemente, enderezando la espalda y recuperando un poco de compostura. Como si decirlo lo hubiera ayudado a calmarse.

—Sí, amigo. Tenemos ese tiempo para encontrar la forma de evitarlo —aceptó, con voz más estable—. Y no quiero creer que la única forma sea ese sueño tuyo. No sé qué le pase a ella; nunca se ha visto algo así. No podemos decirle a mi tío: querrá usar eso contra Zeus sin importarle nada ni nadie. Y no, no lo sabe, Zoan. Si se entera, se pondrá nerviosa, ansiosa, con miedo… y eso solo acelerará el proceso. Así que debes prometerme que no le dirás nada.

Me miró directo a los ojos. Vi un destello brillante, extraño, en los suyos.

—Promételo —insistió, con más fuerza, extendiendo la mano como para sellar un pacto.

Sostuve su mirada.

—Lo prometo —respondí—. Te lo juro.

Lo prometí, tomando su mano con un apretón firme.

—¿Pero ahora qué hacemos? —pregunté, soltándolo—. ¿Dónde empezamos a buscar?

Parador se giró, mirando hacia la mansión en la colina, la silueta imponente recortada contra el cielo. La misma de donde Dea seguramente pensaba en lo que casi sucedía en aquella banca, sin saber lo que se venía.

—No lo sé —admitió, con un suspiro que revelaba su propia incertidumbre—. Pero tenemos tiempo. Aún tenemos tiempo. Encontraremos algo.




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