No pude dormir esa noche.
Me quedé tendido en la cama, con la vista fija en el techo agrietado de mi cuarto, siguiendo con los ojos las sombras que se deslizaban lentamente cada vez que un coche pasaba a lo lejos y la luz de una farola se colaba por la ventana. Contaba esas sombras como si fueran segundos, como si hacerlo pudiera traer algo de orden al caos que llevaba dentro.
Las palabras de Parador no dejaban de repetirse en mi cabeza.
Mes y medio.
Solo mes y medio antes de que el collar de Dea se rompiera por completo. Antes de que su poder divino se liberara sin control. Antes de que todo lo que conocíamos pudiera desaparecer.
El recuerdo del casi beso del día anterior ardía todavía en mis labios. No como un deseo, sino como una herida abierta, un “qué hubiera pasado si” que se negaba a cerrarse. Y, por si fuera poco, el sueño volvía una y otra vez: la daga negra, pesada en mi mano; la sangre empapando su cabello blanco; mis dedos temblando mientras intentaba detener algo que ya había ocurrido.
Me sentía atrapado.
Como si alguien hubiera tejido una red invisible a mi alrededor y, con cada hora que pasaba, la apretara un poco más. Cada minuto sin una respuesta era un nudo nuevo que se cerraba en mi pecho. Llegó un punto en el que respirar dejó de ser automático; tenía que recordarme hacerlo.
Me levanté varias veces. Caminé descalzo por la casa, cuidando cada paso para no despertar a mi abuela. Abrí la llave de la cocina y bebí agua que sabía a metal viejo. Me apoyé en la pared, cerré los ojos, intenté pensar en cualquier cosa que no fuera Dea, el collar, el sueño.
Nada funcionó.
La preocupación no era solo un pensamiento; era un peso físico, como si alguien me hubiera colocado una mochila llena de piedras.
Al día siguiente llegué a la universidad con los ojos hinchados y la cabeza latiendo al ritmo de un dolor constante. Todo parecía más ruidoso, más brillante, más ajeno.
Dea no estaba.
Su asiento permaneció vacío durante todas las clases. Un hueco silencioso que nadie comentó en voz alta, pero que todos notamos. Tania lanzó un par de miradas hacia ese lugar, como si esperara que Dea apareciera de repente.
Haziel tampoco fue. Parador tampoco.
Tres ausencias. Demasiadas.
—¿Dónde están todos? —preguntó Tania al fin—. ¿Le hiciste o dijiste algo a Dea?
La miré con un enojo que no intenté disimular. El recuerdo de cómo había interrumpido el momento más importante de mi vida seguía fresco.
—¿Qué? —Respondió, frunciendo el ceño—. ¿Por qué me miras así?
—No lo sé, Tania —dije, girando hacia el pizarrón—. Déjame escuchar la clase.
Ella se recargó en su asiento, cruzándose de brazos. No volvió a hablar, pero sentía su mirada de vez en cuando, pesada, inquisitiva.
No entendí nada de lo que dijeron los profesores. Las palabras pasaban de largo. Todo era ruido. Mi mente estaba atrapada en las mismas preguntas: ¿dónde estaba Dea?, ¿por qué no habían ido Haz y Parador?, ¿qué demonios íbamos a hacer?
Cuando la clase terminó, tomé mis cosas y salí sin despedirme de Tania.
Marqué primero a Haz. No contestó.
Fui directo a su casa.
Lo encontré dormido, sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. La laptop descansaba sobre sus piernas, todavía encendida. Varias ventanas abiertas llenaban la pantalla. Me acerqué y leí algunos títulos al azar:
Reparación de artefactos mágicos.
Dioses olímpicos.
Artefactos en venta.
Sistemas de sellado antiguo.
Le moví el hombro con cuidado. Haz despertó de golpe, mirándome como si yo fuera una intrusión indeseada.
—¿Qué haces aquí? —fue lo primero que dijo.
Cerró la laptop y se puso de pie.
—No fuiste a clases hoy —respondí, sentándome en la silla de su escritorio—. Y ayer no te vi irte. Estaba preocupado.
Rodeó la habitación buscando el cargador, evitando mirarme.
—¿En serio? —su voz estaba cargada de sarcasmo. — ¿Preocupado por mí?
—En serio, Haz —insistí, inclinándome hacia adelante—. ¿Estás bien?
Soltó una risa seca. No había humor en ella.
—¿Cómo crees que estoy, Zoan?
Se dejó caer en la cama.
—Todo esto es una absoluta mierda.
—¿Qué? —me sorprendí.
—Lo que oyes —continuó, las palabras saliendo más rápido ahora—. Se supone que nos iríamos apenas termináramos la universidad. Tú y yo, lejos de este pueblo de mierda, como siempre planeamos desde niños.
Hizo una pausa, mirando al techo.
—Y ahora parecemos más atrapados que nunca. Como si estuviéramos cavando un hoyo y echándonos la tierra encima, buscando un tesoro que no existe.
Tomó la laptop y me mostró la pantalla.
—Estoy buscando cómo arreglar el problema de una chica que apenas conozco, tratando de ayudar a un amigo que cada día parece más perdido… y a un supuesto hermano que ya no sabe ni qué quiere.