Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

Capítulo 28 “Cuando Todo Duele al Mismo Tiempo”

Esa noche llegué a casa tarde, con la cabeza pesada como si cargara una piedra en la nuca y el cuerpo agotado, como si hubiera corrido kilómetros sin parar. El aire frío de noviembre se colaba por la chamarra, pero no era eso lo que me helaba por dentro. Era todo: el casi beso interrumpido, las palabras de Haziel resonando como un eco amargo, la amenaza del collar rompiéndose en un mes y medio. Caminé despacio hasta el patio, deteniéndome frente al altar improvisado que mi abuela había armado con los restos del limonero quemado. La foto de mi abuelo estaba allí, enmarcada con cuidado, rodeada de velas apagadas y flores marchitas que ella cambiaba cada pocos días. Me quedé mirándolo un rato largo, su rostro serio, esa expresión que nunca supe si era dureza o cansancio de la vida. Pero como si pudiera darme respuestas. “¿Qué harías tú, abuelo?”, pensé, tocando el marco con dedos fríos esperando una respuesta imposible. Como si de alguna forma él pudiera decirme qué hacer. Cómo arreglarlo todo. Cómo evitar que el mundo se siguiera rompiendo en pedazos cada vez más pequeños.

Entonces el teléfono vibró.

El sonido fue suave, pero suficiente para sacarme de mis pensamientos. Bajé la mirada.

Era Dea.

El corazón me dio un vuelco. Sentí ese impulso automático de esperanza, pequeño, ingenuo. Tal vez quería hablar. Tal vez había cambiado de opinión.

Abrí el mensaje.

D: Zoan… he estado pensando todo el día.
D: Lo de ayer no deja de darme vueltas en la cabeza y necesito ser honesta contigo.
D: No puede volver a pasar.
D: Lo que ocurrió fue un error. Uno que no debimos permitirnos.

Tragué saliva.

D: No porque no significara algo, sino precisamente por eso.
D: Me asusté. Me asusta lo que siento cuando estoy cerca de ti. Me asusta lo fácil que es olvidarme de todo cuando me miras así.
D: Pero ahora mismo no puedo darme ese lujo.

El frío de la noche se me metió bajo la piel.

D: He pensado mucho, Zoan. Más de lo que debería.
D: Y creo que lo mejor, lo más seguro para ambos, es que solo seamos amigos.
D: No quiero complicar más las cosas. No quiero ser una carga. No quiero que nada malo pase por mi culpa.

Leí las palabras una vez.

Luego otra.

Luego otra más.

Tres, cuatro, cinco veces.

Cada lectura dolía distinto, pero ninguna menos.

Mis dedos se movieron solos hacia el teclado.

Z: Dea, espera. No es una complicación.
Z: Lo que sentí fue real. Lo que pasó fue real.
Z: Podemos hablarlo, por favor. No tienes que decidir esto sola.

Me quedé mirando la pantalla.

Borré.

Escribí de nuevo.

Z: ¿Es por lo que dijo Tania?
Z: Porque nada de eso es cierto.
Z: Jamás jugaría contigo. Nunca.

Volví a borrar.

Las palabras de Parador aparecieron en mi mente, claras y crueles: cualquier emoción fuerte acelera el deterioro del collar. Estrés. Miedo. Culpa. Discusiones. Presionar.

Cada mensaje podía estar robándonos tiempo.

Cada palabra mal puesta podía quitarnos días.

Respiré hondo.

Mis dedos temblaban cuando escribí lo último.

Z: Entiendo.
Z: Si eso es lo que quieres, está bien.
Z: Amigos.

Mentí.

Nada estaba bien.

Nada lo había estado en días.

Las líneas azules aparecieron casi de inmediato.

No hubo respuesta.

Me quedé mirando la pantalla apagarse sola, como si eso cerrara algo que no estaba listo para terminar.

Guardé el celular, sintiendo las manos temblar. Me quedé allí un rato más, frente al altar, como si el abuelo pudiera consolarme desde la foto. El viento movió las flores secas, y un escalofrío me recorrió la espalda.

Entonces escuché un ruido fuerte dentro de la casa: un golpe sordo, seguido de algo cayendo al suelo.

No fue un ruido fuerte al inicio. Fue seco. Hueco. Un sonido que no pertenecía a la casa.

Corrí hacia la puerta del patio. La empujé con fuerza y entré.

—¿Abuela? —llamé, con la voz quebrándose—. ¿Abuela?

La mochila se me resbaló del hombro y cayó al suelo.

La encontré en la cocina.

Estaba tirada junto a la mesa amarilla de siempre. La misma donde desayunábamos juntos. Su cuerpo estaba ladeado, rígido. El rostro pálido. Respiraba con dificultad.

—¡Abuela! —grité, cayendo de rodillas a su lado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.