Las sirenas se escucharon primero como un eco lejano, casi confundido con el ruido de la noche. Un lamento distante que parecía no pertenecer a mi realidad. Pero poco a poco fueron acercándose, creciendo, atravesándome los oídos hasta volverse imposibles de ignorar.
Yo seguía ahí.
Arrodillado junto a mi abuela.
Su mano seguía dentro de la mía, pequeña, frágil, demasiado liviana. No dejé de hablarle ni un segundo. Le decía cualquier cosa: recuerdos, tonterías, promesas que no sabía si podría cumplir. Mi voz salía rota, atropellada, como si las palabras fueran lo único que me mantenía en pie.
A veces sus párpados caían, lentos, pesados, y el pánico me recorría entero. Entonces acercaba mi mano a su rostro, deslizaba los dedos por su mejilla, con cuidado, como si fuera de cristal.
—Abuela… mírame —le pedía—. No te duermas, ¿sí? Estoy aquí. Ya vienen.
La puerta de la casa seguía abierta. El aire frío entraba sin pedir permiso, pero yo no lo sentía. El tiempo se había estirado de una forma absurda, cruel. Cada segundo duraba demasiado. Demasiado para pensar. Demasiado para recordar.
Deseé, con una desesperación que me quemaba el pecho, tener otro poder. Cualquiera. El de curar. El de detener el tiempo. El de arreglar corazones rotos, literal y metafóricamente. ¿De qué me servía copiar habilidades o ver fragmentos del futuro si no podía salvar a la única persona que siempre había estado conmigo?
Las palabras de Haziel regresaron, claras, insistentes. Como si recién ahora estuviera entendiendo su peso. Y, por primera vez, me parecieron terriblemente lógicas.
Si Dea no hubiera aparecido.
Si no hubiera entrado en mis sueños.
Si nada de esto hubiera pasado…
Tal vez mi abuela estaría bien.
Seguí hablándole, aferrándome a su mano como si soltarla fuera permitir que se fuera. Pero de pronto sentí algo distinto. Un vacío sutil. Sus ojos se cerraron del todo.
—No… no, no —susurré primero, negándolo—. Abuela, despierta.
Intenté abrirle los párpados con cuidado. Le hablé más fuerte. Le apreté la mano. Le toqué la mejilla, un poco más desesperado.
Nada.
Las lágrimas comenzaron a correr sin permiso. El aire se me atoró en la garganta y el grito salió solo, crudo, salvaje.
—¡No te vayas! ¡Por favor! —grité, sintiendo que el pecho me iba a estallar—. ¡Eres lo único que tengo!
El miedo no se fue con el grito. Se quedó. Creció.
Entonces llegaron.
Todo se volvió movimiento. Voces firmes. Pasos rápidos. Manos que me apartaron con urgencia. Yo apenas reaccioné cuando me empujaron a un lado. Me quedé tirado, observando, incapaz de comprender.
La acomodaron en el suelo. Sacaron un aparato que reconocí al instante, aunque nunca lo había visto tan cerca. Las paletas. La electricidad.
Cada descarga sacudía su cuerpo, levantándolo apenas del suelo. Cada una me atravesaba también a mí.
—¡Abuela! ¡No! —me escuché gritar—. ¡Por favor, no te vayas!
En el último intento, uno de ellos se inclinó sobre su pecho. Su expresión cambió apenas. Fue mínimo, pero lo vi.
—Tiene latido —dijo.
El mundo volvió a respirar.
No me di cuenta cuándo la subieron a la camilla, ni cuándo me hicieron subir con ella. Solo recuerdo las luces pasando rápido sobre mí, las preguntas lanzadas al aire, mi voz respondiendo sin pensar, como si alguien más hablara por mí.
Llegamos a la pequeña clínica del pueblo.
La ingresaron a un cuarto y me pidieron que esperara afuera.
Obedecí.
Me senté sin saber cómo había llegado hasta ahí. No traía nada conmigo. El celular había quedado tirado en el suelo de la casa. No recordaba si cerré la puerta. No sabía si los vecinos habían salido a mirar. Nada de eso importaba.
Solo podía ver, una y otra vez, su cuerpo sacudiéndose con cada descarga.
Y me odié por pensar en Dea.
Por recordar su mensaje. Su rechazo. Por recordar a Haziel y todo lo que había dicho. Me sentía miserable por siquiera permitir que esos pensamientos compartieran espacio con el miedo de perder a mi abuela.
Entonces otra sirena, distinta, iluminó el pasillo con destellos azules y rojos.
La puerta se abrió y Tania corrió hacia mí, ojos llorosos, abrazándome fuerte antes de que pudiera reaccionar.
—Zoan, ¿estás bien? ¿Está ella bien? —preguntó, la voz entrecortada, apretándome con brazos que temblaban.
La abracé de vuelta, lo necesitaba. No me importaba si era Tania.
—Sí… está dentro —murmuré, la voz ronca—. No sé todavía.
A nuestro lado apareció su padre.
El Sargento Villaseñor.
Llevaba su uniforme impecable, bigote tupido, postura firme pero con preocupación genuina en los ojos.
—Hice lo que pude para que llegaran rápido —dijo, poniéndome una mano en el hombro. Su voz, cuando habló, era casi idéntica a la de cuando lo soñé.