Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

Capítulo 30 “Anillos, Silencios y Verdades que No Encajan”

La luz del amanecer se filtró por las ventanas altas de la clínica, chocando contra mi cara con un brillo pálido que me despertó de golpe. Me incorporé despacio en la banca dura, el cuello tieso y la espalda hecha un nudo de dormir en una posición imposible. Tania estaba a mi lado, acurrucada bajo la cobija que su papá nos había dejado, respirando tranquila con el cabello revuelto cayéndole sobre la frente.

Me levanté con cuidado para no despertarla, estirando las piernas entumecidas. Me acerqué al cuarto de mi abuela; la puerta estaba entreabierta. El doctor salió justo entonces, con ojeras marcadas y el cabello gris desordenado, ajustándose la bata.

Me sonrió cansado, poniéndome una mano en el hombro.

—Está mejor —dijo en voz baja—. Despertó un rato en la madrugada, preguntó por ti. Ahora duerme profundo, pero estable. Puedes pasar, pero no la despiertes.

Le agradecí con un nudo en la garganta, asintiendo. Entré sigiloso. Me senté junto a la cama, tomando su mano con cuidado. Le apreté los dedos, como si pudiera transmitirle fuerza.

—Abuela… perdón por no cuidarte mejor —susurré—. Todo va a estar bien. Te lo juro.

No respondió, solo su pecho subiendo y bajando suave. Me quedé así un rato, la cabeza apoyada en el borde de la cama, escuchando el pitido rítmico. El miedo aún estaba allí, un peso en el estómago, pero verla estable me daba un respiro pequeño.

Escuché pasos detrás. Tania se asomó, frotándose los ojos, con la cobija aún sobre los hombros como una capa improvisada.

—¿Cómo sigue? —preguntó en voz baja, acercándose.

—Mejor —respondí, sin soltar la mano de mi abuela—. Dormida.

Ella asintió, sentándose al otro lado de la cama. Miró a mi abuela un momento, con expresión suave.

—Tengo que ir a la uni —dijo al fin, mirando el reloj del pasillo—. La primera hora empieza en media hora. Pero vuelvo en cuanto termine, ¿sí? Traigo comida.

Asentí, pero antes de que se fuera, la detuve tomándole el brazo.

—Tania… espera. Por favor, no le digas nada a nadie de esto. Ni a Haziel, ni a Parador, ni… a nadie. Quiero mantenerlo en secreto por ahora. No quiero que vengan aquí, que pregunten, que… no sé. Solo quiero estar tranquilo con ella.

Me miró un segundo, como si entendiera más de lo que decía. Sus ojos se suavizaron, y apretó mi mano un instante.

—Claro, Zoan —respondió seria, sin dudar—. Ni una palabra. Te lo prometo.

Me dio un abrazo rápido y se fue con pasos ligeros, la cobija doblada bajo el brazo.

Salí de la clínica un rato después. Necesitaba ropa limpia, algo de comer para el día, y cerrar bien la casa. Caminé las cuadras con la cabeza baja, evitando miradas de vecinos curiosos que ya asomaban en sus puertas. Olimpo era pequeño; seguro corrían rumores sobre la ambulancia anoche.

Al entrar a la casa, la escena seguía intacta: la puerta abierta, la silla tirada. Recogí todo con movimientos automáticos. En el suelo, vi mi celular. Lo levanté y lo encendí.

La pantalla explotó en notificaciones.

Mensajes de Haziel:

H: Zoan, ¿dónde andas? No fuiste a clases. ¿Estás enojado por lo que dije anoche? Perdón… Habla conmigo, por favor.

Más de él:

H: En serio, me preocupas. ¿Todo bien?

De Parador:

P: Zoan, me contó Dea que no fuiste hoy. Yo tampoco fui, sigo buscando. Avísame si necesitas algo.

Y de Dea:

D: Zoan, ¿estás bien? No fuiste hoy. ¿Estás enojado conmigo por lo que dije ayer? No quise lastimarte. Por favor, respóndeme.

Leí todo una vez, el pecho apretado. No quería saber nada de ellos ahora. No quería explicar, ni pelear, ni fingir que todo estaba bien. Apagué el celular y lo metí en la mochila con ropa limpia y unas tortas que preparé rápido.

Salí de la casa y apenas crucé la calle, escuché el rugido familiar de una moto. Me giré y ahí estaba Ryder, frenando justo frente a mí. Su chopper negra con alas plateadas brillaba bajo el sol matutino. Levantó la visera del casco y me sonrió con esa calidez suya.

—Ey, Zoan —dijo, apagando el motor—. Me enteré de lo de tu abuela. El pueblo es pequeño, ya sabes.

Suspiré. El secreto ya tenía su primera grieta.

—¿Quién te dijo?

—Una enfermera es prima de un amigo —explicó, encogiéndose de hombros—. No te preocupes, no anda contando. Vine a ver si necesitabas algo.

Me miró un segundo y señaló la moto con la cabeza.

—Sube. Te llevo de vuelta a la clínica.

No discutí. Subí atrás, agarrándome de donde pude, y arrancamos. El viento me golpeó la cara mientras recorríamos las calles empedradas, despejando un poco la cabeza nublada.

Llegamos a la clínica en minutos. Aparcó y, en vez de irse, apagó el motor y se bajó, quitándose el casco.

—¿Te acompaño un rato? —preguntó, colgando el casco en el manubrio.




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