La madrugada en la clínica se sentía aún más fría y quieta, solo interrumpida por las pláticas de las enfermeras que tenían turno nocturno. Me había quedado dormido en la silla, con la cabeza apoyada en el borde de la cama de mi abuela y su mano entre las mías. De pronto, sentí que sus dedos se movieron apenas. Abrí los ojos de golpe.
—Abue… —susurré, incorporándome rápido—. ¿Cómo te sientes?
Ella sonrió débilmente y apretó mi mano con la poca fuerza que tenía.
—Mijo… perdóname —dijo con voz ronca—. Por asustarte tanto. Por no cuidarme como debía. A mi edad ya debería saber cuidarme.
Las lágrimas me picaron en los ojos. Negué con la cabeza.
—No, abue. Perdóname tú a mí. Yo soy el que debería cuidarte. Te prometo que de ahora en adelante voy a estar más atento. Nada de dejarte sola tanto tiempo, nada de descuidar tus medicinas, tus citas, nada.
Ella soltó una risita suave, como si mi preocupación le hiciera gracia.
—Y yo prometo lo mismo contigo, mijo. Tú también te descuidas. Comes mal, duermes poco… Vamos a cuidarnos los dos, ¿eh? Como siempre.
—Como siempre —repetí, besando su mano arrugada.
Después de eso, platicamos un rato, hasta que volvió a dormirse.
Volví a recargarme en la silla, agotado, y terminé quedándome dormido hasta que el sol empezó a filtrarse por las persianas.
Al amanecer, Tania apareció por la puerta con una bolsa de papel y dos cafés en vasos desechables. Traía el pelo recogido en una coleta desordenada, ojeras profundas, pero me sonrió como si estuviera feliz de verme.
—Te traje desayuno —dijo bajito, sentándose a mi lado—. Pan dulce y café. No es gran cosa, pero…
—Gracias, Tania. De verdad —tomé el café caliente con las dos manos—. No sé qué haría sin ti estos días.
Ella se encogió de hombros, pero noté que se sonrojó un poco.
—No es nada. Para eso son los amigos, ¿no? Se ve ya mejor. —dijo mientras veía a mi abuela. Yo asentí.
Comimos en silencio un rato. De pronto, mi abuela volvió a moverse en la cama y abrió los ojos otra vez.
—¿Tania? —preguntó, reconociéndola al instante, la voz aún ronca pero con un toque de sorpresa alegre—. Ay, niña, cuánto has crecido…y que hermosa estas.
Tania se rio suavemente, acercándose a la cama con una sonrisa amplia.
—Buenos días, doña —dijo, tomando su mano libre con gentileza—. ¿Cómo se siente?
Mi abuela la observó un momento, luego me miró a mí y volvió a mirar a Tania. Una sonrisa traviesa se le dibujó en la cara.
—Se ven muy bien juntos, ¿saben? Desde chiquitos siempre supe que terminarían casados. Siempre andaban pegaditos, como imanes.
—Abue… —protesté—. Tania es solo mi amiga.
Tania bajó la mirada al café y se puso roja como tomate, sin decir nada.
Mi abuela soltó una carcajada débil que terminó en tos. Justo en ese momento entró el doctor, con la carpeta en la mano.
—Buenos días a todos —dijo, revisando los signos vitales—. Tengo buenas noticias. Los análisis salieron bien, la presión está estable. Hoy mismo puede irse a casa, doña. Solo reposo, medicinas y alguien que la cuide de cerca.
Suspiré aliviado. Mi abuela aplaudió con las poquitas fuerzas que tenía.
Tania miró su reloj.
—Me tengo que ir a la universidad, que ya es tarde —dijo—. Me da gusto verla ya mejor y cuídese, doña. Y tú también, Zoan.
Se acercó a mí para despedirse. Y entonces hizo algo que nunca había hecho: me dio un beso en la mejilla. Un beso largo, húmedo, que me dejó helado. Sentí su aliento cálido y el roce suave de sus labios un segundo más de lo normal.
—Cuídate, Zoan —susurró, y salió rápido, como si ella misma se hubiera sorprendido.
Mi abuela solo sonrió, igual el doctor.
—Esa muchacha creció demasiado rápido… y parece bien enamorada de ti, mijo.
El doctor asintió y tal vez mi mirada de “¿algo más?” le indico que era una conversación privada, se despidió y salió.
—No empieces, abue —murmuré, pero no pude evitar sonreír al ver que ya estaba bien como para hacer bromas.
En la tarde, el papá de Tania pasó por la clínica con su camioneta y me ayudó a llevar a la abuela a casa. Entre los dos la llevamos a su cuarto, la acomodamos en su cama, y él se quedó un rato asegurándose de que todo estuviera en orden antes de irse.
—Gracias, don —le dije de corazón.
—Para eso estamos, muchacho. Cuida a tu abuelita.
Cuando por fin nos quedamos solos, me senté en la sala con el celular en la mano. Lo saqué. La pantalla estaba llena de notificaciones nuevas. Todas de Haziel.
H: Zoan, en serio, ¿dónde estás? Pasé por tu casa hoy después de clases y no había nadie. Ni tú, ni tu abuela. La puerta estaba cerrada con llave, todo oscuro. ¿Se fueron de viaje o qué?
H: Responde, por favor. Me estoy preocupando de verdad.