Me desperté con el olor a café recién hecho y frijoles refritos flotando por toda la casa. Ese aroma, tan cotidiano, tan de siempre, me hizo abrir los ojos de golpe, como si por un segundo todo lo ocurrido hubiera sido solo una pesadilla más.
Me incorporé despacio.
Había dormido un poco mejor, pero el sueño seguía ahí, pegado a mí como una sombra. No uno nuevo, sino el mismo de siempre: la daga, la sangre, el cabello blanco. Solo que ahora se mezclaba con otro miedo más real, más cercano. El de mi abuela. El de perder lo único verdaderamente sólido que tenía.
Miré el calendario en la pared: los días se acababan, antes de que el collar de Dea se rompiera por completo y cuando eso pasara, el poder de Dea se desataría… y todos nosotros, el pueblo entero, desapareceríamos. O algo peor. Nadie lo sabía con certeza.
Tenía que encontrar una forma de evitarlo.
Y si no lo lograba, al menos debía sacar a mi abuela de Olimpo antes de que todo colapsara.
Demasiadas cosas. Muy poco tiempo.
Me levanté y bajé las escaleras.
Y entonces la vi.
Ahí estaba ella, como si nada hubiera pasado. De pie, limpiando la mesa, lavando los trastes que se habían quedado sucios de la noche anterior. La bata puesta, el cabello gris recogido, moviéndose con la naturalidad de siempre.
—Abue… —dije, sin pensar, con un tono que mezclaba regaño y miedo—. ¿Qué haces parada? ¿No escuchaste al doctor? Reposo total.
Ella cerró la llave del fregadero con calma. Se secó las manos en la bata y caminó hacia mí sin prisa. Antes de que pudiera decir algo más, me rodeó con los brazos.
—Buenos días, mijo.
Le devolví el abrazo con cuidado, como si aún pudiera romperse. Ella, en cambio, me dio un par de palmadas en la espalda, firmes, tranquilizadoras.
—No soy de cristal —dijo, separándose un poco—. Sé lo que dijo el doctor, pero estar en la cama me hace sentir inútil. Cocinar, moverme… eso me hace sentir viva. Quedarme quieta es cuando de verdad me enfermo.
La miré, y allí estaba: esa sonrisa amplia que no había visto en meses, genuina y llena de vida. Me contagió un poco, a pesar de todo.
—Solo prométeme que no te vas a exigir de más —murmuré—. No quiero que vuelva a pasar algo así.
—Prometido —respondió, sin dramatismo.
Desayunamos en silencio. No incómodo, sino lleno de cosas que no necesitaban decirse. El simple hecho de estar ahí, uno frente al otro, era suficiente.
Antes de salir, la abracé otra vez y le di un beso en la frente. Saqué el pastillero que nos había dado el papá de Tania y acomodé las medicinas del día con horarios claros.
—No te olvides de tomarlas —le dije, entregándoselo.
Ella lo tomó, me persignó y me devolvió el gesto con un beso en la frente.
Ambos sabíamos que las cosas podían romperse en cualquier momento.
—Cuídate, mijo —dijo, con ojos que decían más: “Y no te preocupes tanto”.
Abrí la puerta.
Y casi me estrello contra Haz.
Tenía el brazo levantado, a punto de tocar. Apenas cruzamos miradas, se lanzó hacia mí y me abrazó con fuerza, como si hubiera estado conteniendo eso desde hacía días.
—Perdóname, Zoan —dijo, separándose apenas—. ¿Dónde estabas?
Sus ojos estaban rojos. No fingía.
Cerré la puerta y miré hacia la casa un segundo más de lo necesario. Me costaba dejar a mi abuela sola, aunque supiera que estaba bien.
Con un gesto, le indiqué a Haz que camináramos.
—No me pidas perdón —empecé, apenas cruzamos el patio—. Los dos hemos estado tensos. Yo también lo siento por no contestar los mensajes.
Él negó con la cabeza, restándole importancia con un gesto de mano.
—¿Dónde habían estado? —preguntó, caminando a mi lado—. Vine ayer en la tarde y no estaban. Hasta que Parador me dijo que ya estabas en casa. Me preocupé mucho.
—Perdón por desaparecer y no decir nada —respondí, mirando al frente—. Mi abuela tuvo un infarto el día que discutimos. Estuvo en la clínica, pero ya está en casa y mucho mejor.
Él se detuvo un poco, tomándome del hombro con fuerza, los ojos abiertos grandes.
—Lo siento, Zoan. De verdad —dijo, sincero, la voz bajando—. Me alegro que ya esté bien. Pensé que estabas enojado por nuestra pelea.
—Un poco de las dos cosas —admití, con una media sonrisa—. Pero ya pasó.
Seguimos caminando, el pueblo despertando alrededor: vecinos abriendo puertas, perros ladrando lejanos. Le conté cómo Tania había estado ahí, acompañándome en la clínica.
Su expresión cambió al instante: la mandíbula apretada, los pasos más pesados.
—¿Tania? ¿En serio? —dijo, con sarcasmo cortante—. ¿Esa víbora estuvo contigo?
—Haz, sé que la odias, pero solo fue buena gente —respondí, calmado pero firme—. Me ayudó mucho.
—Claro, ahora es la heroína —murmuró—. Siempre metiéndose donde no la llaman.