Llegamos al salón, y los días ausentes habían sido un infierno. Aunque algo se había resuelto con mi abuela, aún quedaban demasiadas cosas por arreglar. Estaba de vuelta, pero con más peso encima. El tiempo no ayudaba; cada hora que pasaba era una menos para encontrar una solución al collar de Dea.
El lugar ya estaba casi lleno. Algunos compañeros murmuraron al verme entrar, miradas curiosas que se desviaban rápido. Mis amigos estaban en sus sitios habituales, como si nada hubiera cambiado. Dea en el centro, junto a Tania y mi asiento vacío. Haziel y Parador al fondo, junto a las ventanas. Haziel se dirigió directo a su lugar, pero noté la tensión: Parador le sonrió con calidez, extendiendo la mano para un roce casual en el brazo. Haziel se sentó sin corresponder, cruzando los brazos y mirando al frente, la mandíbula apretada. Parador frunció el ceño un segundo, confundido, antes de acomodarse también.
Dea me vio entrar y sus ojos se abrieron grandes, iluminándose al instante. Se incorporó un poco en la silla, la boca entreabierta como si fuera a decir algo. Me asusté; levanté la mano rápido, poniéndome el dedo en los labios en señal de silencio. Ella se dio cuenta de lo que iba a hacer, cerrando la boca con un gesto cómico de sorpresa, y en su lugar me dedicó una sonrisa amplia.
Me acomodé en mi asiento, Tania sonriendo de reojo sin decir nada, como disfrutando el momento. Apenas volteé para saludar a Dea, ella ya me extendía su teléfono.
“¿Estás bien? No viniste en dos días. ¿Te enojaste conmigo?”
Volteé hacia ella; tenía las cejas fruncidas en preocupación genuina, los labios apretados.
Sonreí para tranquilizarla, inclinándome un poco.
—Sí, estoy bien —susurré—. Y discúlpame por no venir. No me enojé contigo, Dea. Fue algo con mi abuela.
Ella empezó a teclear de nuevo, los dedos veloces. La detuve con un gesto suave en su brazo.
—Ella está bien, tranquila —agregué—. Hablamos cuando terminen las clases, ¿vale?
Movió la cabeza asintiendo rápido, los hombros relajándose visiblemente. En ese momento entró el profesor, ajustándose el saco. Me miró directo y me indico que me quedara al final. Asentí.
Terminaron las clases con el anuncio habitual: día de exámenes, entrega de calificaciones. Haziel y Parador se acercaron a nosotros, pero la tensión entre ellos era palpable. Haziel se despidió de mí con un abrazo rápido, ignorando por completo los saludos de Dea y Tania. Ni siquiera las miró
Parador intentó acompañarlo.
—Necesitamos hablar —le dijo.
—No —respondió Haz—. Tengo algo que arreglar.
Y se fue.
Parador se quedó con expresión apagada, triste, despidiéndose de nosotros tres con un gesto vago. Tania se ofreció a acompañarlo, enlazando su brazo con el suyo para consolarlo, y se fueron juntos.
El salón se vació rápido, muchos despidiéndose de Dea.
El profesor me repitió que me esperaba en dirección. Le dije a Dea que me esperara mientras hablaba con él. Ella tomó su mochila, se acomodó la chamarra negra con cuidado y salió del salón.
Fui a dirección. El profesor me esperaba con libros regados y proyectos por calificar, la mesa un caos organizado.
Me preguntó primero por las faltas. Le conté lo de mi abuela, breve pero honesto. Dejó de ser profesor por un momento: se quitó los lentes, frotándose los ojos.
—Iré a verla después —dijo, con voz paternal—. Dile que se cuide.
Volvió a su postura habitual y explicó el problema: por las faltas mías, de Parador, de Haziel y el ingreso tardío de Dea, no habíamos entregado el proyecto. Aunque Tania pidió extensión, ya no había tiempo. El proyecto valía el 50% de la calificación final. Así que, aunque sacáramos 10 en el examen, tendríamos que presentarnos al de recuperación. Solo había un día disponible: el 31 de diciembre.
Acepté, sintiendo otro peso más. Salí con el peso de otra mala noticia encima pero puse cara neutral. Dea me esperaba.
Dea estaba sentada afuera, sola. El vapor de su respiración salía en pequeñas nubes blancas mientras frotaba sus manos con los guantes de tela.
Me senté junto a ella y suspiré profundo. Ella me miró, esperando. Antes de que escribiera, hablé:
—Estamos reprobados. Todos. Tendremos que venir el último día del año a la escuela—expliqué, rascándome la nuca—. No entregamos el proyecto a tiempo.
Dea parecía sorprendida. Tecleó rápido.
“Mi primera vez reprobando. Eso es… divertido”.
—¿Divertido? —repetí, alzando una ceja—. Bueno, sí, creo que sí lo es.
Ella asintió
“Sí, además es un buen pretexto para que mi tío me deje salir y…”
—Eso es cierto —interrumpí, entendiendo—. ¿Y?
“…podré pasar el último día del año contigo y con los demás. No encerrada, sin hacer nada”.
La miré, y su rostro se había sonrojado levemente, la expresión de felicidad pura. Yo también sonreí.
—No lo había pensado así —admití—. Entonces… sí. Será divertido.