Los días siguientes se mezclaron en un solo bloque borroso de clases, exámenes y silencios incómodos.
Haziel apenas hablaba. Ocupaba su lugar de siempre, tomaba apuntes con precisión mecánica y solo abría la boca si el profesor se dirigía a él. Al terminar la clase, salía rápido. Se despedía de mí con un gesto breve, de Parador con una amabilidad forzada, y evitaba por completo a Dea y a Tania. Ni una palabra. Ni un cruce de miradas.
Parador, como siempre, intentaba sacarle una sonrisa, provocar una broma, coquetearle como antes. Haziel respondía con medias sonrisas que no llegaban a los ojos y cambiaba de tema
Dea y yo solo hablábamos de la escuela: apuntes, tareas pendientes, el clima que se ponía más frío. Nada personal. Ella tecleaba respuestas cortas, yo asentía, y el silencio entre nosotros crecía un poco más cada día.
Yo me hundí en lo mío: estudiar hasta tarde, buscar pistas desesperadas sobre el collar en libros viejos y páginas ocultas de internet, cuidar a mi abuela con atención obsesiva —medicinas a hora, comidas ligeras, reposo estricto—. Necesitaba distraerme, llenar la cabeza con cualquier cosa que no fuera el rechazo de Dea o la distancia de Haziel. Necesitaba creer que había tomado la decisión correcta al poner pausa en lo nuestro.
Llegó el último día de clases. El examen final de la materia más pesada del semestre. El salón estaba cargado de nervios.
Cuando entregamos los exámenes, el profesor sonrió por primera vez en meses.
—Resultados en una semana, en la página de la escuela —dijo mientras guardaba sus cosas—. Pasen felices fiestas.
Al día siguiente, nos reunimos en la estación de camiones.
Parador parecía devastado: ojos rojos, como si hubiera llorado toda la noche, las manos metidas profundo en los bolsillos.
Haziel llegó con la mochila al hombro, la expresión neutra pero los ojos hinchados.
—Ya me voy —dijo simplemente, mirando al grupo—. Mi tío me espera en la ciudad para irnos de vacaciones.
Parador se lanzó a sus brazos sin pensarlo, envolviéndolo fuerte.
—¡Te voy a extrañar tanto! —murmuró, la voz quebrada—. ¡Prométeme que vas a escribir!
Haziel lo abrazó de vuelta, fuerte, por primera vez dejando caer la guardia. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
—Claro, grandulón. Y tú prométeme que no vas a estar conquistando a otros.
Parador soltó una risa entre lágrimas.
Luego Haziel me miró a mí. Nos abrazamos sin palabras, fuerte, como antes de todo esto.
—Cuídense —murmuró, palmeándome la espalda.
Asentí. Sentí el ardor en los ojos. En tantos años, era la primera vez que se iba así… y algo en el pecho me decía que no sería un adiós corto.
Haziel miró a Dea y a Tania durante un segundo largo. No dijo nada. Ni una palabra. Ni una mirada más. Subio al camión. El motor arrancó, y se alejó, dejando una nube de polvo.
Parador se apartó unos pasos, secándose las lágrimas con la manga. Tania frunció el ceño.
—¿Qué le pasa? ¿Por qué se comporta así?
Dea escribió en su celular y me lo mostró.
“No entiendo. Pensé que le caía bien. ¿Hice algo mal?”
Negué.
—No lo sé —respondí—. Pero dijo que traería soluciones. Que regresaba en Navidad.
Más tarde acompañé a Dea hasta la barrera. Me explicó que no podría salir hasta el día 31; su tío no le veía motivo para hacerlo y no se iba a arriesgar. No nos veríamos en esos días, pero podríamos seguir hablando. Le recordé su promesa. Ella asintió y dijo que le pediría a Parador que escondiera su celular durante el día.
Volví a intentar abrazarla. Ella me detuvo tomándome de la mano, sosteniéndola un segundo como si no quisiera soltar. Pero le mostré: tenía los guantes puestos y mi chamarra más abrigada, la grande que usaba en los días más fríos. Subí la capucha con cuidado.
—Ves. Sin contacto —dije, la voz baja.
. Ella buscó alguna grieta donde se viera piel, inspeccionando con atención.
—Dea —dije—. No te voy a ver hasta el 31. Por favor.
Dudó un segundo. Luego también se subió la capucha y se acercó.
Me dejó abrazarla.
Fue la primera vez que sentí lo delgada que era. Sus manos me apretaron la espalda con fuerza inesperada, y escuché cómo inhalaba varias veces, profundo, absorbiendo mi aroma como si quisiera guardarlo. Duramos minutos así, envueltos en el frío de la tarde, el viento susurrando alrededor. Me alejé solo del torso, nuestros rostros cerca, el aliento mezclándose. Tuve el impulso de nuevo de besarla, fuerte y claro, pero solo hablé.
—Eres hermosa —le dije.
Ella curvó los labios en una sonrisa pequeña, los ojos brillando bajo la capucha.
Nos separamos despacio. Ella escribió rápido en su celular.
“Yo también te extrañaré mucho”.
Se dio la vuelta y subió la colina, hacia la mansión.
Los días siguientes hablamos poco. Dea se sentía débil, agotada. El collar le ardía, como si le estuviera drenando la vida. “Me duele más cada día”, tecleaba una noche.. Yo respondía con ánimo forzado, contándole tonterías del pueblo para distraerla, pero el miedo crecía en mí.