El 24 de diciembre llegó demasiado rápido… y no habíamos encontrado absolutamente nada.
Solo quedaban unos días.
Olimpo se había transformado en un espectáculo de luces: fachadas adornadas con series parpadeantes, árboles de Navidad visibles a través de las ventanas, familias regresando al pueblo para reunirse o saliendo hacia otros lados para celebrar.
La gente sonreía más, saludaba en las calles, pero yo apenas lo notaba. Mi mente estaba en otro lado: en Dea, en el collar, en el tiempo que se escapaba.
En uno de los días que estaba conmigo, Tania se acercó a mí, se veía agotada. No solo por caminar y buscar sin sentido, sino por cargar con algo que, para ella, seguía siendo absurdo. Se dejó caer en la silla de la biblioteca, frotándose los ojos.
—Zoan, me voy unos días a la ciudad con mi familia —dijo, con voz agotada—. Mi mamá insistió en pasar Navidad allá. Con primos, tíos, lo de siempre.
Asentí. Sentí un alivio que me dio culpa al instante. En las últimas semanas se había acercado demasiado. Nunca la dejé terminar sus frases, nunca la rechacé del todo, solo fui dando pasos hacia atrás. Tampoco le había dicho nada a Dea. ¿Para qué? Solo iba a enredarlo todo más.
—Pásala bien —respondí—. Y cuídate.
Me abrazó con fuerza y me besó la mejilla.
—Tú también… y ojalá encuentres eso que tanto buscas.
Solo asentí. Se fue este mismo día.
Por la tarde, Parador me escribió.
P: Voy a pasar Nochebuena con Dea. Está muy mal, Zoan. Apenas come, duerme todo el día y el collar… está más agrietado. He intentado repararlo, pero no puedo. No quiero dejarla sola. Mi tío empieza a sospechar.
Le dije que entendía. Que cualquier cosa me avisara.
Luego le escribí a Dea.
Z: ¿Cómo estás hoy? Parador me dijo que te va a acompañar. Dice que estás mal. No me habías dicho nada. ¿Has usado tu poder?
Tardó unos minutos.
D: No quería preocuparte. Sé lo que están haciendo ustedes tres todos los días. No soy ingenua, Zoan. Sé que les preocupa mi collar.
D: Me siento muy débil. El collar quema todo el tiempo. Es como si me estuviera absorbiendo poco a poco. Y no, no he usado el poder. Como te lo prometí.
Sentí un nudo en el pecho.
Z: Perdón por no decirte todo antes. Aguanta, por favor. Estamos cerca de encontrar algo. Te extraño.
D: Los entiendo. De verdad. Yo también te extraño… mucho. Pero tengo miedo, Zoan.
No supe qué responder. Todo va a estar bien sonaba falso, casi cruel.
Solo escribí que estaba con ella, que encontraríamos algo.
Cerré el chat y miré el cielo oscurecerse.
Haziel tampoco había dado señales. Su celular seguía en buzón. Prometió volver con respuestas para Navidad, pero nada. Su casa seguía oscura y vacía cuando pasaba por allí.
La cena con mi abuela fue sencilla, pero cálida. Pollo rostizado que compramos en el mercado, relleno de fruta seca que olía increíble. La mesa tenía mantel nuevo, dos velas que encontré en el cajón, sidra en vasos que solo usábamos estos días y el 31.
—Brindemos, mijo —dijo ella, alzando su vaso con manos temblorosas—. Por la salud. Porque el próximo año sea mejor.
Chocamos los vasos.
Bebí más de lo normal. El alcohol apagaba un poco la preocupación. Hablamos de todo y de nada: de cuando yo creía en los Reyes Magos, de mi papá y sus bromas, del pueblo cuando era más bonito. A veces preguntaba por mi mamá; nunca respondía igual. A veces decía que ojalá estuviera bien, otras se enojaba. Reímos. Lloramos un poco al recordar lo que vivimos. Fue una buena Nochebuena, aunque el miedo a que todo desapareciera en pocos días me hacía dar tragos largos para no pensarlo.
El día siguiente llegó sin que yo hubiera dormido. Recibí el 25 de diciembre con alcohol y pensando en cómo sacar a mi abuela de aquí antes de que todo se destruyera. Pensaba en mis vecinos, en compañeros de clase, en Tania y sus papás, en todos celebrando y bebiendo sin saber que teníamos los días contados. Me reí para no llorar, solo en la cocina con una cerveza en la mano.
Mi abuela seguía dormida, así que salí al patio a tomar aire. El frío de la mañana era intenso, cortante, llenándome los pulmones y calmando un poco la ansiedad. Miré hacia la colina, hacia la mansión. Imaginé a Dea sola en su cuarto, Parador intentando hacerla reír. Imaginé el collar rompiéndose
Las piernas me fallaron y me dejé caer al suelo. Todo era demasiado. Lloré, pidiéndole a lo que fuera que esto no pasara. Era una carga que no había pedido, que no quería. Las lágrimas salieron sin control, el miedo envolviéndome por fin.
No sé cuánto tiempo quedé ahí, las manos hundidas en la tierra, lágrimas rodando. Entonces escuché el ruido de un camión deteniéndose frente a la casa. Era de paquetería. Raro que trabajaran hoy y tan temprano.
El repartidor bajó con un paquete amarillo, preguntó si yo era Zoan Cervantes. Asentí, firmé rápido, tomó la foto para confirmar y se fue deseándome feliz día.