Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

Capítulo 36: “El Lamento de la Gorgona”

Leí el título y el libro siguió revelando su secreto, letra por letra, como si las palabras surgieran de la nada, grabadas por una mano invisible.

“EL LAMENTO DE LA GORGONA.”

La Gorgona Euríale, una de las tres hermanas gorgonas, contempló con horror cómo Perseo, el héroe favorecido por los dioses, decapitó a Medusa. El grito que brotó de su garganta no fue humano: fue un lamento que hizo temblar la tierra, que congeló ríos y marchitó bosques enteros. Miles de hombres cayeron muertos solo por oírlo, sus cuerpos petrificados en expresiones de agonía eterna. Euríale juró venganza. Persiguió a Perseo a través de mares y montañas, cruzando siglos, sin descanso. Veía la cabeza de su hermana usada como trofeo, como escudo contra enemigos, y cada visión avivaba su furia.

Intentó todo. Emboscadas en la noche, ataques directos bajo la luna. Pero Perseo huía o contraatacaba, protegido por los dioses que lo habían armado.

Cuando intentaba enfrentarla, descubría la verdad: Euríale no era Medusa. No era mortal. No podía ser vencida.

Así pasaron siglos… milenios.

Hasta que una noche, cuando Perseo dormía confiado en su campamento, Euríale se acercó sigilosa. Tomó su espada de metal negro —forjada en los abismos, letal contra criaturas como ella— y alzó el brazo para acabar con él. El filo descendió.

Pero Zeus, su padre, intervino. Un rayo cegador partió el cielo, destrozando la espada en mil fragmentos. Euríale huyó con solo la punta rota, runas blancas brillaban sobre ella, como si el mismo destino se negara a dejar morir esa historia.

Después de eso, Perseo desapareció.
Los dioses se ocultaron entre los hombres.
Los semidioses aprendieron a fingir normalidad.
El mundo se llenó de ruido… y Euríale se quedó sola.

Pasaron eras. Un día, una joven perdida llegó a su escondite. Euríale la ayudó, la cuidó sin preguntar. La mujer estaba embarazada, vulnerable. En un momento de confianza, confesó ser descendiente lejana de Medusa. Euríale no creyó, pero guardó silencio. Los meses transcurrieron. Al nacer la bebé, Euríale vio el parecido: ojos negros profundos, piel blanca como nieve, mechones blancos en el cabello. Pero la niña era frágil, lloraba sin cesar, comía poco, se debilitaba día a día.

Entonces Euríale tomó la decisión que sellaría su destino.

Arrancó una serpiente de su propia cabeza.
La cortó con la punta de la espada de Perseo.

La serpiente se volvió blanca.
La espada desapareció.

Hizo que la bebé la tragara.

Uno de los ojos de la niña se volvió blanco. Recuperó algo de color. Algo de fuerza.

Pero cuando lloró… la cueva tembló.

Una roca cayó.
La madre murió.

Euríale gritó de terror. De culpa. De arrepentimiento. Y rezó al único dios que aún podía cuidar de una criatura nacida del mar del destino.

Poseidón respondió.

Aceptó ayudarla con una condición cruel: Euríale desaparecería. De la vida de la niña. De la vista de los dioses. Del mundo.

Ella aceptó.

Poseidón creó un collar blanco y negro, como los ojos de la niña. Un artefacto para contener lo incontenible.

Funcionó.

Antes de irse, Euríale pidió un último regalo: darle un nombre.

—Musdea —susurró.

Y se fue para siempre.

El libro quedó en silencio.

Todo encajó.

Ahora todo tenía sentido. La daga de mis sueños era la punta rota de la espada de Perseo. El semidiós que mataba serpientes y monstruos. Pero aún no decía cómo reparar el collar. Como si leyera mi desesperación, las letras regresaron.

Parador.
Hijo de Hefesto y Afrodita.
Creador del Collar de Contención.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

Parador no solo lo había reparado.
Lo había creado.

El texto continuó.

Parador supera a Hefesto en la creación de artefactos de contención.
Pero todo límite existe.
Y todo sello se rompe.

Mis manos temblaron.

Las palabras aparecieron.

El Collar de Contención se romperá.
No existe reparación.

Sentí la esperanza evaporarse, un frío en la espalda.

—¡No puede ser! —Grité al libro—. ¡Debe haber una solución!




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