Lo primero que hice después fue marcarle a Parador.
El teléfono sonó varias veces antes de que contestara, su voz sonando cansada pero alerta.
—Zoan —dijo directo—. ¿Qué pasa?
—Encontré algo —le dije sin rodeos—. Haziel mandó un libro. Ese libro… me dio la solución.
Hubo un silencio breve al otro lado.
— ¿Haziel? —Preguntó al fin—. ¿Dónde está?
Le conté lo de la carta, el paquete, la forma en que el libro se había activado. Mientras hablaba, noté que Parador no interrumpía, pero tampoco sonaba convencido. Cuando terminé, soltó un suspiro lento.
—Eso no me gusta —admitió—. —Es el libro que buscaba —dijo al fin, la voz más baja—pero no se encuentra “por ahí”. No existe en librerías comunes. Solo hay uno y está en las bibliotecas de las casas de Poseidón, Zeus y Hestia. Es un libro errante. Cuando alguien lo usa, se vuelve piedra durante años… y luego aparece en otra casa olímpica.
Y no cualquiera lo abre sin la llave de un dios.
Pensé en el anillo, en Ryder dándomelo aquel día. No era coincidencia.
—El anillo lo encontré por suerte —intente que sonara real.
Hubo una risa corta, incrédula.
—Claro —dijo—. Y yo soy humano.
—No tengo tiempo para convencerte —respondí—. Hay cosas más importantes.
Eso lo hizo callar.
—Ven a casa —le dije—. Necesitamos planear esto.
—Hoy no puedo —respondió, con voz tensa—. Dea está muy mal. Apenas come, duerme todo el día. El collar… se ve peor. Más grietas. Intenté repararlo otra vez y nada. Mi tío está aquí, vigilando de cerca. No quiero dejarla sola.
Apreté el celular con fuerza.
—Está bien —dije—. Mañana entonces.
Colgamos. Me quedé con el teléfono en la mano un rato, mirando la pantalla apagada.
Intenté dormir. El ritual, la historia, la sangre, el libro… todo me había dejado exhausto. Siempre era igual: cada vez que algo relacionado con poder pasaba, mi cuerpo pagaba el precio. Me pregunté, no por primera vez, cómo demonios iba a sobrevivir a lo que venía.
Escuché a mi abuela empezar a hacer sus deberes, pero el cansancio me arrastró.
Dormí casi todo el 25.
Desperté el 26 con la sensación extraña de calma. El sueño recurrente volvió, pero esta vez no pesaba tanto. Tal vez saber que había un plan cambiaba algo.
Desperté al día siguiente con la luz entrando fuerte por la ventana. Parador llegó temprano, con ojeras marcadas pero su sonrisa habitual, aunque más forzada.
Lo invité a pasar y le di café. Presenté a mi abuela como un compañero de clase; omití que era un Pose. Ella lo saludó con calidez, tomando su mano.
Cuando ella le tomó la mano para saludarlo, el tatuaje de Parador brilló apenas un segundo. Mi abuela se irguió, como si el dolor en la espalda se hubiera evaporado. Parpadeó, confundida… y siguió con sus cosas, con más fuerza que antes.
—¿Qué hiciste? —pregunté cuando subimos a mi cuarto.
—Algo que puedo hacer a menor escala —explicó—. Puedo aliviar dolores. No curarlos. Solo… hacerlos más llevaderos.
No tenía idea de que pudiera hacer eso. Parador siempre guardaba algo más.
Entró a mi habitación, la recorrió con la mirada y soltó una carcajada.
—Tal y como dijo Haz… este cuarto es un desastre.
Resoplé y jalé una silla.
Tome un cuaderno y empecé a explicarle lo del libro, la historia de Euríale, el ritual. Le dibuje los mismos dibujos que había visto.
—Tú creaste el collar —dije—. Lo sé.
Parador acomodó la camisa con calma.
—No quería decirlo. Pero es uno de mis mejores trabajos.
Eso me tranquilizó. No me mintió. Continué hasta llegar al ritual.
Parador analizó los dibujos en silencio. Su expresión cambió. Se volvió seria. Tensa.
—Ya sé lo que estás pensando —dije antes de que hablara—. Soy demasiado débil.
Se frotó la nuca.
—Tan obvio fui, ¿eh? —murmuró—. No me preocupa tanto mi poder. El problema es el de Dea.
Miró al suelo un segundo.
—No creo que lo comprendas del todo —continuó—. Significa silencio absoluto. Mientras lo tengas, no podrás usar tu voz. Cualquier sonido… puede volverse real. Mortal. Un suspiro, un grito, una palabra mal dicha… y todo se rompe.
—Lo sé —respondí sin dudar—. Y aun así voy a hacerlo.
Se quedó callado.
—Lo he pensado. Será doloroso y difícil, pero tengo que hacerlo. No solo por ella. Por mi abuela, por ti, por Haz, por Tania, por todos en el pueblo. Si me quedo con los brazos cruzados, todos mueren.
Él me miró fijo, evaluando.
—Puedes morir, Zoan —dijo al fin, serio—. Aun si lo logras, el agotamiento puede ser extremo. Podrías no soportarlo.