El sueño volvió.
Tenía que hacerlo.
Como si no me permitiera descanso hasta que todo se resolviera… o hasta que todo se fuera, sin rodeos, directo a la mierda.
No había punto medio. Nunca lo había.
Corría hacia Dea.
Ella avanzaba sin prisa, como si no me escuchara. A mi alrededor, el mundo se aclaraba a golpes: primero la nada, luego la universidad, los pasillos, las escaleras. El empujón. Su cuerpo cayendo. La daga rodando por el suelo. Dea en mis brazos, la sangre tiñendo su cabello blanco en rojo vivo.
Busqué su cuello por instinto.
El collar no estaba.
No supe si en mis sueños siempre lo omitía… o si el ritual, de algún modo, había funcionado. Ahí solía terminar todo. Siempre. Pero esta vez no.
Sin esfuerzo, sin transición, el mundo se volvió blanco. Giré sobre mí mismo, alerta, y entonces la vi: la sombra enorme, recortada contra la nada, con esos ojos brillantes clavados en mí.
—¿Qué quieres ahora? —grité, sin miedo esta vez, solo rabia—. ¿Por fin me dirás quién eres… padre?
No sentí miedo. Estaba harto de sentir miedo. Quería respuestas.
La sombra rió. Lento. Forzado. Intentando sonar burlón, pero no se sentía así.
—Ja… ja… ja… ¿padre? —se inclinó hacia mí; las sombras que lo formaban se agitaban como animales inquietos—. Tan ingenuo como siempre, Zoan. Yo no soy tu padre. Solo te engañé. Fuiste un peón útil. No tienes poder para ver el futuro. Solo te mostré lo que necesitaba que vieras. Lo que tenías que hacer. Jugando con tu inconsciente, fácil de moldear.
—¿Entonces quién es mi padre? —exigí, dando un paso adelante—. ¿Zeus? ¿Eres Hades? No soy tu peón. No mataré a Dea.
La risa volvió, pero ahora sonaba familiar, demasiado, como si la conociera.
—¿Zeus… tu padre?— Escupió, la voz vibrando con odio—. Ese maldito no debería tener hijos. Solo mira lo que me hace…
Se frenó, como arrepintiéndose. Pero era obvio: era un hijo de Zeus y resentido.
—No eres hijo de ninguno —continuó, las sombras agitándose—. Ni siquiera sé quién es tu padre real. Y harás lo que te diga, aunque no lo quieras.
—No —señalé con el dedo, temblando de rabia—. Voy a detener esto. Y cuando todo termine, te buscaré. Y acabaré contigo.
Por un segundo, su voz perdió dureza.
—¿Acabar conmigo? —murmuró—. Después de todo… tus palabras… duelen.
Me desconcertó.
—¿Qué? —Fruncí el ceño—. ¿Quién demonios eres?
—Soy…
No terminó.
El águila apareció de nuevo, descendiendo como un rayo, alas extendidas, garras listas. Atacó la sombra con furia divina, desgarrándola en jirones negros que se disipaban gritando. Luego se volvió hacia mí, garras extendidas. Sentí el impacto en la mente, un dolor cegador, como si me arrancaran algo del alma.
Desperté jadeando, pero no con sudor ni miedo. Era como determinación pura. Miré el reloj, era tarde. Me sentía de alguna forma más fuerte, como si estuviera cargado de poder. El celular estaba descargado en la mesita. No había tiempo para cargarlo… pero algo me decía en mi mente que lo tocara, que intentara cargarlo como si pudiera, lo toqué.
Me concentre como Parador me había enseñado, la sensación era distinta al poder de reparar, este se sentía como un hormigueo en los dedos, contracciones en el brazo, como corriente eléctrica subiendo. El celular cargó en segundos, el dibujo de la batería mostrando que ya estaba al 100%.
Separé la mano. Una línea fina de electricidad saltó de mis dedos al techo, directo a la grieta en forma de rayo, chispeando un instante antes de desvanecerse.
Entendí.
No era hijo de Zeus. Pero el águila me había tocado. Y con eso bastaba. Había copiado su poder.
Podía copiar poderes en sueños.
Y Zeus estaba husmeando en ellos, evitando que la sombra hablara de más.
Pensé que me sentiría agotado.
Fue lo contrario.
Me sentí más fuerte… mientras duró.
Me levanté, me bañé rápido, bajé. Mi abuela ya estaba en la cocina, preparando desayuno con movimientos lentos.
Bajé y la abracé por detrás, cuidadoso.
—Buenos días, abue.
Desayunamos juntos. Hablamos de cosas pequeñas, irrelevantes. Le ayudé con los quehaceres, preparé sus medicinas, arreglé lo que pude. Me tomé el tiempo. Demasiado.
—Voy a salir —le dije al final—. Volveré hasta mañana. Estaré con el amigo que te presenté.
Me observó con atención.
—Cuídate —dijo. Me persignó con manos temblorosas. Me besó la frente.
Respondí igual. La abracé.
—Te amo —le dije, con la voz rota—. Siempre voy a cuidarte. Eres la mejor abuela del mundo. Mejor que cualquier madre.
Su abrazo se cerró con fuerza.
—Parece despedida, mijo —susurró—. Parece que no vas a volver.