Zoan Y La Chica Del Cabello Blanco

Capítulo 39: “El Ritual de Pandora”

Dea se sintió un poco mejor después de que Parador le tomó la mano. El brillo sutil en su tatuaje pareció aliviarla un instante: su respiración se estabilizó, los hombros bajando apenas. Parador le pasó su celular con cuidado. Ella, sin soltar el collar que apretaba con dedos blancos por el esfuerzo, escribió lento, cada tecla costándole más que la anterior. Terminó y arrastró el teléfono por la sábana hacia él.

Parador leyó en voz baja.

—Pregunta qué hacemos aquí. Y cómo lograste entrar.

La miré. Sonreí, aunque sentí que la sonrisa me temblaba. Quise tomarle la mano, pero ninguno llevaba guantes. Me incliné junto a Parador, cerca de la cama, y le expliqué todo: el libro que Haziel envió, la solución del ritual, que teníamos que hacerlo hoy o nunca. Ella movió la cabeza despacio, negando, los ojos llenos de miedo puro. Insistí, la voz baja pero firme: teníamos que intentarlo, o todo —el pueblo, nosotros— se acabaría.

Ella siguió negando, débil pero decidida, tecleando con dedos temblorosos.

“No. Es peligroso. Para ti”.

—Dea, mira cómo estás —respondí, la voz quebrándose un poco—. Estás muriendo. Poco a poco. No puedo dejar que sigas así.

Hice una pausa, tragando el nudo.

—Dea… te amo. Desde que te soñé la primera vez. Desde que te conocí bajo la lluvia. Me enamoré de ti, y no puedo… no puedo verte desvanecerte.

Sus ojos se abrieron más, brillando con lágrimas contenidas. Los desiguales —negro profundo y blanco puro— me miraron fijo, como si absorbieran cada palabra. Tomó el celular de nuevo, tecleando con esfuerzo visible.

Parador se levantó y se apartó un poco, dejándome más cerca de ella.

“Yo también te amo. Pero no puedo dejarte hacer esto”.

—Sí puedes —insistí, firme, tomando su hombro cubierto por la sábana.

Dea escribió otra vez.

¿Y si te pasa algo?

—Confía en mí —dije—. Así como yo confío en ti.

Le apoyé la mano en el hombro, con cuidado. Sentí el hueso bajo la sabana. Demasiado marcado.

Ella sostuvo mi mirada. Luego escribió de nuevo.

Perdóname, Zoan. Intenté reparar el collar. Usé mi voz… y fallé. Tuve miedo. Me dolia mucho. No cumplí mi promesa. Lo empeoré todo.

Deslicé la mano por su hombro en un gesto lento, tranquilizador. Parador también había leído el mensaje. En su rostro había la misma confusión que sentía yo.

—Tranquila —le dije—. No estoy enojado. Pero por eso mismo tenemos que hacerlo. Sé que tienes miedo… —bajé la voz—. Miedo de que pase lo mismo que con tu madre.

Dea abrió los ojos, sorprendida.

—Lo sé —continué—. Y lo siento. Pero te juro que conmigo no va a pasar.

Ella respiró con dificultad. Escribió una última vez.

Está bien. Confío en ti. ¿Qué debo hacer?

Me levanté junto a Parador. Él ayudó a Dea a sentarse despacio, acomodando almohadas detrás para sostenerla.

Parador explicó calmado pero serio: durante el entrenamiento, notó que cuando yo absorbía su poder, sentía como si le jalara esencia del cuerpo.

Dea no debía bloquearlo, aunque doliera. Tenía que dejar fluir, sin gritar ni soltarse hasta que yo terminara.

Se giró hacia mí.

—Y tú —dijo, voz baja—. Pase lo que pase, no uses tu voz. Ni murmullo, ni grito. Cualquier sonido puede volverse letal con su poder dentro. Termina lo que empieces.

Asentí, el pulso acelerado.

Dea hizo lo mismo, débil pero decidida.

Parador trajo dos sillas, colocándolas frente a la cama. Me puse en medio. Tomé la mano de Parador primero: el flujo cálido y viscoso entró, como pegamento llenándome las venas, estabilizándome.

Antes de tomar la de Dea, la miré a los ojos. Se veía aterrorizada, pero con un brillo de confianza en mí.

—No tengas miedo —murmuré—. Te juro que después de esto… por fin estaremos juntos.

Ella abrió los ojos más, sorprendida, y luego los suavizó, curvando los labios en una sonrisa pequeña, genuina a pesar del dolor.

Jalé aire profundo. Cerré los ojos. Entrelacé mis dedos con los suyos: su mano fría, casi esquelética, huesos prominentes bajo la piel fina.

El frío me atravesó al instante.

Fue como si me llenaran de hielo por dentro. Como si millones de alfileres se clavaran en mi garganta. Sentí mordidas ardientes en el brazo, como serpientes inyectando veneno que primero quemaba y luego congelaba.

No pude abrir los ojos, por más que lo intenté. Apreté los dientes con tanta fuerza que creí romperlos. Mis manos se cerraron sobre las suyas, con un impulso que no pude controlar. El dolor era insoportable. De un lado de mi cuerpo estaba todo lo que Dea llevaba soportando durante semanas. Del otro, el poder de Parador, intentando sostenerme… y no alcanzando.

Intenté gritar. Me mordí la lengua. El sabor metálico de la sangre me llenó la boca.




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