Bajé la colina con calma, una sonrisa de oreja a oreja que no podía borrar. No cabía más felicidad en mí. Aún era temprano para la escuela, así que decidí pasar por casa primero, calmar a mi abuela, dejar que viera que había regresado entero, que no tenía nada que temer. Caminé hacia casa acomodándome el cabello con los dedos, todavía sintiendo el cuerpo extraño, distinto. Más firme. Más fuerte.
Al pasar por la casa de Haziel, vi la moto de Ryder estacionada. La Troyana, la chopper negra con alas plateadas dibujadas en los lados, reluciente bajo el poco sol. El corazón me dio un salto extra de alegría. Haziel había regresado, como prometió.
Me acerqué rápido, toqué el timbre, pasé la mano por el tanque de la moto, despacio, como si pudiera sentirla respirar bajo el metal frío.
La puerta se abrió.
Ryder apareció con la misma presencia de siempre. Impecable. Tranquilo. Solo que ahora llevaba la barba más larga, cerrada y negra, marcándole aún más la mandíbula. En una mano, como si fuera parte de él, una botella de cerveza a medio terminar.
—Ey, Zoan —dijo, alzando la botella en saludo—. Qué gusto verte.
Chocamos puños. Intenté absorber su poder sutilmente, pero llevaba guantes de motocicleta negros de cuero.
—Hola, tío Ryder —respondí, entrando cuando me invitó con un gesto.
Entré buscando a Haz con la mirada, primero en la sala, luego en la cocina. Nada.
—¿Qué te trae por aquí tan temprano? —Preguntó Ryder, dándole el último trago a la cerveza antes de dejar la botella en la mesa—. Pensé que hoy tenían examen de recuperación—sentándose en el sillón viejo.
—Aún es temprano —expliqué, sentándome frente a él—. Quise ver a Haz. Tiene mucho que no lo veo.
Sacó otra cerveza de su hielera, la destapó con un movimiento fácil. La escena era un deja-vu.
Era casi idéntica a la última conversación que habíamos tenido.
Solo que ahora era de día.
Solo que ahora yo sabía la verdad.
Ryder bebió un trago corto, luego otro. Abrió una segunda botella y me la ofreció.
Esta vez la acepté.
Por el fin de año.
Por seguir vivo.
Por haberlos salvado.
Después de beber, habló:
—Pensé que Haz estaba contigo —dijo, serio—. Me dijo que volvería el día veinticuatro. Que estaría contigo.
No sonaba a mentira. Pero algo no cuadraba.
—A mí me dijo lo mismo… pero que regresaría hoy porque estaba contigo —respondí, dejando la botella en la mesa.
Ryder murmuró algo, apenas audible.
—Qué extraño…
Lo miré fijamente.
—Además —añadí, sin rodeos—, ¿cómo se supone que confíe en ti, Hermes?
Él sacó otra cerveza, la abrió con la uña sin esfuerzo y bebió en menos de tres segundos.
—Veo que lo descubriste —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Aunque nunca intenté ocultártelo… al menos no a propósito.
Bebió.
—Andar por el mundo diciendo que eres un dios puede ser… peligroso —continuó, voz calmada—. ¿O no has leído la Biblia? Mataron a un mortal solo por hacer trucos y hablar locuras.
No dije nada
—Mira, Zoan —suspiró—. Sí, soy un semidiós. Y lo poco que sé es que algunos creen que tú podrías ser hijo de mi padre.
Lo miré con atención.
—Pero no lo eres —continuó—. Eso está prohibido desde hace siglos. Y además… entre hermanos se siente la conexión. Contigo jamás la sentí.
Hizo una pausa.
—A menos que Zeus la esté bloqueando. Pero no lo creo.
Sacó otra cerveza. Me la ofreció. Negué con la cabeza.
—Ese día solo pensé que ibas a necesitar ayuda —dijo—. Sabía que mi tío estaba bloqueando mi entrada. Y por Haziel supe que estabas enamorado de la chica Medusa.
—Dea —lo corregí con firmeza—. Su nombre es Musdea.
—Lo siento —asintió—. Musdea.
Se levantó y fue al refrigerador.
—Yo soy imparcial, Zoan. Me gusta viajar. Y este Olimpo… es donde me siento más tranquilo. Aquí tengo a Haz. Es como un hijo para mí.
Saqué el anillo y se lo tendí.
—Confío en ti, Hermes…
Él tomó el anillo, colocándoselo sin prisa.
—Llámame Ryder.
—Confío en ti, Ryder —repetí—. Me ayudaste. Pero… ¿por qué?
Destapó otra cerveza
—Te conozco desde hace doce años —respondió—. Aunque no lo parezca, nosotros también amamos y nos encariñamos.—miro hacia la habitación de Haz—Y cómo te dije, no quería ocultártelo. Solo estamos acostumbrados a no decirlo.
—¿Y Haz sabe algo? ¿Él es semidios?
Ryder negó, abriendo una lata de refresco y lanzándomela.