Las alarmas de seguridad de la base aún sonaban cuando Damian cruzó los portones en su motocicleta militar.
Nadie logró detenerlo.
Los gritos de sus camaradas, las órdenes por radio, las luces encendidas… todo era ruido de fondo.
No podía escuchar otra cosa que no fuera el llamado desgarrador de su omega.
El vínculo le ardía en el pecho. Era como si un hilo invisible tirara de sus entrañas, apuntando hacia el sur, hacia la ciudad, hacia Ren.
Hacía semanas que la tensión había ido creciendo, una comezón constante, un vacío extraño. Pero ahora era un incendio.
Y él se estaba quemando.
Su lobo había despertado del todo.
No era el Capitán Damian Sorel.
Era el alfa.
Era el que no permitiría que nadie más tocara a su pareja.
—¡Quítate del camino! —rugió cuando dos soldados intentaron detenerlo cerca del hangar.
Hubiera derribado a quien fuera…
Pero entonces una voz retumbó detrás de él.
—¡Sorel!
El general de escuadrón, su superior más cercano, un hombre rudo y de mirada severa, lo observó desde las sombras del muro de concreto.
—¿Es tu pareja, Sorel? —preguntó sin levantar la voz.
Damian apretó el manillar de la moto.
—Sí, señor. Es mi omega. Necesito verlo. Ahora.
El general asintió lentamente.
—Entonces ve. Haz lo que un alfa debe hacer.
...
El hospital era un caos de cámaras, reporteros y fans agolpados. Damian no se detuvo.
Las puertas se abrieron de golpe bajo su peso.
Los guardias intentaron detenerlo, pero un gruñido bajo y feroz salió de su pecho.
—¡Soy su alfa! ¡Mi omega está aquí! ¡Nadie va a detenerme!
Las enfermeras retrocedieron al sentir la ola de feromonas dominantes que Damian liberaba sin control.
El olor era una advertencia: propiedad marcada, peligro inminente.
El corazón le latía con fuerza. Las luces parpadeaban. Los pasillos se hacían eternos.
Y entonces, lo olió.
Su aroma.
Pero no era puro.
No era solo Ren.
Había algo más. Algo ajeno.
Damian se detuvo en seco. El estómago se le revolvió.
—No… —susurró, el rostro deformado por una furia animal.
Empujó la puerta de la habitación.
Y allí estaba.
Ren.
Pálido. Inconsciente. Hundido en las sábanas blancas. El monitor marcaba su pulso débil.
Damian caminó hacia él. Lo tomó de la mano.
El olor a feromonas ajenas le taladró el cráneo.
Era insoportable.
Un alarido gutural escapó de su garganta. El lobo dentro de él se revolvió, rabioso, celoso, dolido.
—¿Quién fue…? —bramó.
—¡Señor, cálmese! —gritó un doctor que entró con tres enfermeros detrás—. ¡No fue lo que usted cree!
Damian giró con los ojos inyectados.
—¡Él es mío! ¿Quién se atrevió a tocarlo?
—¡Fue un procedimiento de emergencia! —respondió el doctor, alzando las manos—. ¡Su omega estaba muriendo por la ausencia de su alfa! El cuerpo rechazó el vínculo, necesitaba estabilización. Solo fueron feromonas, no contacto físico.
Damian apretó los dientes.
Su mirada regresó a Ren.
Tan frágil. Tan ajeno a lo que ocurría.
Y, sin embargo, su cuerpo seguía temblando por dentro.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó, con la voz rota.
El doctor se acercó lentamente.
—Su organismo está colapsando. El lazo con usted lo mantiene débil pero aferrado a la vida. Si quiere que despierte… debe eliminar toda traza del otro alfa.
—¿Cómo?
Él lo miró con solemnidad.
—Debe cubrirlo con su olor. Su presencia. Sus feromonas. Envolverlo por completo. Dejar claro para su omega… que usted está aquí. Que no hay nadie más.
Damian se sentó al borde de la cama.
Le acarició el rostro.
—Te juro… que nunca más estarás solo —susurró.
Y entonces… su alfa se hizo cargo.