Zona de Vuelo [omegaverse]

Capítulo 29 – Donde el aroma me pertenece

—No me escuchas todavía… pero estoy aquí —susurró Damian, cerrando la puerta del hospital y bajando las luces con cuidado. Solo la tenue lámpara de la esquina iluminaba el rostro pálido del omega—. Estoy contigo. Ya no vas a estar solo, ¿me oyes? Nunca más.

Se acercó a la cama, despacio, casi con reverencia. El vínculo aún dolía, como un cordón tirante entre su pecho y ese cuerpo inconsciente. Ren respiraba, sí, pero era una respiración débil, flotante, ajena.

Damian se inclinó y apoyó la frente en la almohada, junto al rostro de su omega.

—No tienes idea de lo que sentí. De lo que fue enterarme por la televisión que te habías desmayado. Sentir cómo mi pecho se vaciaba de golpe. ¿Cómo soportaste todo esto tú solo?

El alfa retiró con cuidado la sábana delgada que cubría a Ren. El omega apenas se movió. Estaba tibio, pero su piel tenía ese matiz grisáceo de quien había estado demasiado tiempo sin el vínculo vivo. Sin el lazo constante.

—Tu olor… no está completo. No estás tú aquí, no del todo. —Damian tragó saliva, con los ojos enrojecidos—. Necesitas el mío, ¿no es cierto? Estás esperando que vuelva. Que te cubra como antes. Que te envuelva. Que te proteja.

Sin quitarle los ojos de encima, se quitó la camiseta. El pecho amplio subía y bajaba con una mezcla de ansiedad, culpa y deseo salvaje de marcar, de borrar todo lo que no fuera suyo.

Se tumbó junto a él, dejando que su piel tocara la de Ren. El calor corporal comenzó a mezclarse.

Se inclinó y lo abrazó, envolviéndolo con sus brazos, con sus piernas, con su aliento.

Soltó sus feromonas. Todas.

El olor a madera cálida, y café tostado llenó la habitación.

El cuerpo de Ren se estremeció.

—Eso es… —murmuró Damian contra su cuello—. Recuérdalo. Recuérdame.

Te prometí que eras mío, y no lo olvidé.

Prometí no fallarte, y aunque lo hice… vine por ti.

Tú… tú eres mi hogar, Ren.

Acarició su rostro con la yema de los dedos. Lentamente, trazó la línea de su mandíbula, su cuello expuesto, el hueco frágil de la clavícula.

El aroma ajeno comenzaba a desvanecerse. Era como si el suyo lo empujara fuera.

Lo reclamaba.

Lo protegía.

Lo sanaba.

Y entonces, el corazón de Ren dio un salto.

—Mmh… —el sonido fue apenas un murmullo, un roce de voz.

Los párpados se movieron. Los dedos se crisparon sobre la sábana.

—Eso, mi Cielo… ven conmigo. Aquí estoy.

Los ojos grises se entreabrieron. La mirada perdida tardó unos segundos en enfocarlo.

Cuando lo hizo, Ren parpadeó varias veces, con lágrimas brotando al instante.

—Damian… —su voz era ronca, quebrada—. ¿Eres tú…?

—Sí —susurró el alfa, pegando su frente a la suya—. Estoy aquí. Llegué tarde, pero no me fui.

Ren comenzó a temblar.

— Lo siento...no quería distraerte de tu misión...

—Shh… —Damian lo estrechó más—. No digas eso. Me volví loco. Crucé la ciudad sin pensar. Quise derribar el hospital para estar contigo. Cuando supe que estabas débil… que habían usado a otro alfa…

Los ojos verdes se oscurecieron. La mandíbula se tensó.

Ren, aún débil, alzó una mano y la apoyó sobre su pecho.

—No me odies. Dijeron… que era la única forma de salvarme si tu no estabas cerca. Pero yo no quería que fuera otro. Yo solo quería que fueras tú…

Damian se inclinó y lo besó. No fue un beso apasionado, sino uno lento, doloroso, lleno de ausencia acumulada.

Fue un beso de reencuentro, de alivio, de perdón.

—Me hacías tanta falta… —murmuró Ren entre lágrimas—. Extrañaba tu voz. Tu olor. Tus brazos. Tu todo.

—Y tú me hacías falta a mí —contestó Damian, tomándole la cara entre las manos—. Estuve sobreviviendo… pero no viviendo. No desde que me marché a la base. No desde que te vi por última vez con la cara empapada de tristeza.

Ren hundió el rostro en su cuello, como si necesitara respirarlo hasta el alma.

Damian lo cubrió como si el mundo fuera a quitarle a su omega en cualquier instante.

Pero ahora no.

No esta vez.

—Voy a quedarme contigo, ¿me oyes? —dijo Damian, con el tono que solo un alfa marcado por el vínculo podía usar—. Aunque la tierra tiemble, aunque el mundo se hunda. No me separo de ti.

Ren lo miró, entre risas y sollozos.

—Sabía que volverías… porque desde que vi tus ojos en el teatro supe que eramos destinados. Ahora nuestro vínculo se hizo más fuerte.

Mi omega, siempre volveré a ti. Tú eres el único cielo que siempre querré volver a volar.

Silencio.

Solo sus respiraciones sincronizadas.

Solo su olor entrelazado, como una promesa eterna.




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