La habitación está en penumbra, apenas iluminada por la luz suave que se cuela entre las cortinas cerradas. Ren duerme en mi cama, envuelto en las sábanas, con el ceño levemente fruncido como si aún estuviera procesando el remolino que pasamos.
Acaricio con suavidad su mejilla, sintiendo el leve calor que emana de su piel. La marca en su cuello se ve perfecta, apenas enrojecida, pero brillante bajo mi tacto. Mi corazón se llena de una paz que no había sentido nunca antes. Lo marqué. Él me pidió que lo hiciera. Y ahora está aquí, conmigo. Mi omega.
He dormido poco. Apenas cabeceé en la silla junto a la cama, con su mano entre las mías, atento a cada suspiro, cada movimiento. No quería dejarlo solo ni un segundo. No después de todo lo que ha pasado.
En algún momento, él murmura algo en sueños y se agita. Me levanto enseguida y me siento en el borde de la cama, hablándole en voz baja.
—Shhh… Ya pasó, Ren. Estoy aquí.
Sus pestañas tiemblan, y sus ojos grises se abren lentamente, algo turbios al principio, pero luego se enfocan en mí. Tarda un segundo en ubicarse. Después, sonríe con esa mezcla de timidez y alivio que me desarma.
—¿Damian…?
—Hola, Cielo. —Le acaricio el cabello con ternura—. Aquí estoy.
Ren parpadea, y su mano va directo a su cuello, donde está la marca. La toca suavemente y su mirada se llena de emoción.
—¿Lo hicimos…?
—Sí. Me lo pediste. —Le tomo la mano y la beso—. No sabes cuánto significó para mí. Y cuánto te cuidé anoche.
Se queda en silencio unos segundos. Luego se sienta con algo de dificultad, aún débil. Yo lo ayudo, acomodando almohadas tras su espalda.
—Gracias por estar aquí —susurra—. Por quedarte.
—Siempre voy a quedarme.
Mis palabras lo emocionan, y sus ojos se humedecen. No de dolor. De alivio. De felicidad.
—Siento como si… todo fuera distinto. Como si mi cuerpo finalmente estuviera en paz.
—Lo está —digo con seguridad—. Ya no hay feromonas ajenas, ni vacío. Estás alineado conmigo. Tu cuerpo lo sabe. Y el mío también.
Ren me mira con un amor tan claro que duele.
—¿Fue difícil cuidarme anoche?
Sonrío, acariciando su mejilla.
—No. Fue lo más natural del mundo. Me sentí vivo… necesario. Verte dormir tranquilo fue lo mejor que me ha pasado en meses. Quiero que eso sea siempre así, Cielo. No importa dónde estés ni lo que hagas… voy a estar para ti.
Él asiente, y su voz es apenas un murmullo:
—Y yo para ti.
Nos abrazamos despacio, como si nos estuviéramos reconstruyendo. No hay prisa. Solo la certeza de que estamos donde debemos estar.
Me doy cuenta de que esta es la primera vez que el silencio entre nosotros no significa distancia… sino hogar.