La atención mediática se había ido apagando… o al menos, eso quería creer.
Después de que el nombre del alfa anónimo que me suministró feromonas apareciera filtrado a la prensa —nombre que ni siquiera yo conocía—, me quedó claro que el hospital había vendido la información. No podía probarlo, claro. Pero ¿quién más sabría ese dato?
Damian me preguntó si quería que hiciera algo al respecto. Su voz había sido tranquila, pero su mandíbula estaba tensa y sus ojos brillaban como si el lobo dentro de él le pidiera venganza. Yo simplemente negué con la cabeza.
—Ya bastante tengo con lo que pase —le dije—. No quiero que esto te arrastre a ti también.
Él no estuvo de acuerdo. Lo supe en su silencio, pero me respetó.
Había pasado casi una semana desde eso. Una semana en la que Damian se convirtió en más que mi alfa. Era mi hogar. Mi refugio. Mi paz.
Yo seguía teniendo pesadillas. Algunas noches me despertaba empapado en sudor, con la sensación de que mi cuerpo volvía a rechazar feromonas. Damian no decía nada. Solo me abrazaba, me sostenía, me murmuraba cosas suaves como si me estuviera reconstruyendo a pedacitos.
Aquel día en particular, él desapareció sin decir mucho. Solo me dejó un beso en la frente y una frase que me hizo arquear una ceja:
—No te asustes si vuelvo diferente.
—¿Qué significa eso? —le pregunté.
—Confía en mí —me guiñó un ojo y se fue.
Pasaron horas. Muchas. Me dediqué a repasar guiones, a contestar mensajes de apoyo, incluso a hornear algo (aunque terminé quemando las galletas porque me distraje viendo una entrevista vieja mía). Cuando volvió, era de noche.
Lo escuché abrir la puerta. Estaba un poco despeinado y llevaba su chaqueta de vuelo colgando del brazo. Su sonrisa… su sonrisa tenía un aire infantil, como si hubiera hecho una travesura.
—¿Dónde estabas? —pregunté, caminando hacia él desde el pasillo, con una ceja alzada.
—¿Yo? —contestó con tono teatral— Tuve una cita muy intensa. Bastante íntima, de hecho.
—¿Con quién?
—Con una aguja.
—¿Qué?
Se quitó la chaqueta con cuidado, giró lentamente y levantó la camiseta, dejando al descubierto su costado izquierdo, justo donde comenzaban las costillas. Y ahí lo vi: mi nombre.
Ren.
Con tinta negra, con un trazo elegante pero firme. No era un diseño recargado. Solo eso. Mi nombre, en su piel.
Me quedé inmóvil por varios segundos.
—¿Damian…?
—Quería hacer algo más —dijo, girándose para verme de frente—. Algo que no fuera solo físico, algo que quedara cuando estemos lejos. Ya me dejaste marcarte. Quería ofrecerte algo también. Esto no se borra. Es mío. Y tuyo.
No supe qué decir. Literalmente. Las palabras me temblaban en la garganta.
Me acerqué y pasé mis dedos con cuidado por encima del tatuaje recién hecho. La piel aún estaba roja, sensible. Mis dedos temblaban.
—Estás loco… —susurré.
—Solo por ti.
Sentí un nudo enorme en el pecho. Me lancé a sus brazos sin pensarlo dos veces, hundiendo el rostro en su cuello. Su olor me envolvió como una manta. Sentí un cosquilleo en mi marca. Como si el contacto con mi alfa aliviara mi cuerpo de un dolor que no existia.
—No tenías que hacer esto —murmuré contra su piel—. Pero me encanta que lo hayas hecho.
Me apretó contra sí con fuerza, su cuerpo sólido y cálido, su respiración tranquila.
—No soy bueno con las palabras, Cielo. Pero quiero que tengas certeza. Esta vida, esta piel, es tuya también.
—Damian…
Lo besé. Lento. Profundo. Como si pudiera grabar ese momento en mí para siempre. Y mientras lo hacía, sentí que algo dentro de mí se curaba. Como si la tinta que llevaba su cuerpo también me tatuara el alma.
Después, nos acostamos en el sofá, él con su cabeza apoyada sobre mis piernas. Le acaricié el cabello en silencio mientras él cerraba los ojos, con una sonrisa suave en los labios.
Y pensé que, incluso en medio del caos, incluso con el dolor y las cicatrices… el amor seguía siendo la tinta más permanente.