La noticia llegó en una videollamada, mientras Ren se comía una dona rellena de frambuesa con la boca manchada de azúcar.
—Me ofrecieron un protagónico en una película francesa —dijo de golpe, sin aviso—. Es una historia pequeña, íntima, pero hermosa. Sobre un chico que quiere ser chef… en París.
Lo miré. Estaba nervioso. Y emocionado. Lo conocía demasiado bien como para no notarlo.
—¿París? —pregunté, recostándome en el sillón—. ¿Cuánto tiempo?
—Seis meses. Me dan clases de cocina, de idioma, y tengo que mudarme allá para el proceso. Rodaje incluido. Es… un papel que podría abrirme muchas puertas.
Me quedé en silencio. No porque no quisiera que fuera. Sino porque ya sentía el vacío de no tenerlo en casa.
Seis meses sin sus risas por las mañanas. Sin sus pies fríos en la cama. Sin sus notas pegadas en el refrigerador que decían "Cómeme, te amo" sobre el pan.
—¿Y tú qué opinas? —preguntó, bajando la voz—. Sé que no es el mejor momento. Tú estás a punto de volver a la base…
Y lo estaba. Mi permiso especial de dos semanas se terminaba en dos días. Tenía que empacar y reportarme en la estación aérea. Los entrenamientos como instructor no esperaban a nadie.
Suspiré.
—Cielo… toma el papel.
Su expresión se quebró un poco, sorprendida.
—¿En serio?
—Claro que sí. Es lo que eres. Un actor. Un soñador. Un maldito talentoso —sonreí, levantándome para acercarme y besarle la frente—. Además, París tiene buena comida. Vas a engordar. Me encanta eso.
Él rió, un poco aliviado, un poco nostálgico.
—¿Y nosotros?
—¿Nosotros qué? —tomé su mano y entrelacé nuestros dedos—. Tenemos una marca, tenemos confianza, tenemos videollamadas, tenemos ganas. Sobreviviremos. Y cuando regreses, estaré esperándote. Como siempre.
Ren me abrazó, fuerte. Su rostro en mi cuello. Su respiración agitada.
—Te amo —murmuró, y su voz sonaba un poco a llanto contenido.
—Yo también, amor —le susurré, acariciando su espalda—. Estoy orgulloso de ti. Lo estaré todos los días que estés allá.
...
La noche antes de su vuelo, cociné para él. Un desastre, sí. Pero la intención contaba. Nos sentamos en el suelo de la sala, frente a una película vieja, mientras comíamos pasta que había quedado un poco cruda.
Ren me abrazó por la espalda y apoyó su mentón en mi hombro.
—Voy a aprender a cocinar bien. Y cuando vuelva, tú vas a engordar.
—Lo estoy esperando con ansias —respondí riendo, besándole los nudillos.
...
El aeropuerto estaba lleno, pero en nuestro pequeño mundo, el tiempo se detenía.
—Es solo medio año —dijo, con una sonrisa temblorosa—. Luego estaré de vuelta.
—Y yo seguiré aquí. O volando. Pero soñando contigo.
Se fue. No sin antes darme un beso largo, dulce y profundo. Uno que sabía a despedida, pero también a promesa.
Mientras lo veía pasar por seguridad, supe que aunque el cielo fuera mi hogar… ahora también lo era él.
Y lo esperaría. Cada segundo. Cada día. Hasta su regreso.