Amanecí con olor a mantequilla y café recién hecho. París tenía esa costumbre suya de vestirse de postal incluso en días lluviosos. Desde la ventana de mi departamento temporal en Le Marais, podía ver a la panadera de enfrente regañar a un gato gordo que intentaba robarse una baguette. Era, extrañamente, la paz más ruidosa que había sentido en semanas.
Pero hoy no había tiempo para romanticismos matutinos: el primer día oficial de rodaje comenzaba.
Mi celular vibró. No era Damian todavía, pero sí un mensaje de Eve.
“Te paso a buscar en 10. Ponte algo presentable. Y desayuna algo que no sea croissant, por el amor de Dior.”
Reí mientras mordía… justamente un croissant. Rebelde hasta el final.
El set estaba ubicado en un antiguo restaurante cerrado por remodelación, con una cocina de acero inoxidable que parecía más limpia que un quirófano. El director, Étienne, era un tipo peculiar: hablaba rápido, gesticulaba más rápido aún y parecía tener una obsesión con que todos los huevos rotos fueran auténticos en pantalla. “Nada de dobles de cocina”, decía con orgullo.
La película contaba la historia de Luca, un chico de familia conservadora que quería convertirse en chef en secreto, escapando de las expectativas de su padre militar. Sí, el guion tenía una ironía que no se me escapaba… y que me hacía pensar en Damian cada vez que ensayaba mis líneas.
—¡Silencio en el set! ¡Primera escena! —gritó Étienne con su típico dramatismo.
La claqueta sonó.
—Cámara… ¡acción!
...
Horas más tarde, cuando por fin pude tener un respiro, saqué el celular. La marca entre mi cuello y clavícula seguía allí, suave y cálida como una caricia permanente. Había algo reconfortante en tenerla. Como un recordatorio constante de que, incluso a kilómetros de distancia, no estaba solo.
Y esa distancia, curiosamente, se volvía más llevadera desde que Damian y yo nos habíamos vinculado por completo. Las llamadas eran rutinarias. Las videollamadas, más íntimas. Y, gracias al director —que, sorprendentemente, había sido muy comprensivo desde el escándalo de las feromonas—, tenía algunos fines de semana libres al mes para viajar.
Solo que… no habíamos coincidido en dos meses.
La agenda estaba loca. Él en la base, lidiando con decisiones sobre su futuro. Yo aquí, aprendiendo a flambear sin incendiarme las cejas.
Y aun así… seguíamos conectados.
Esa noche, ya de regreso en el departamento, con una mascarilla de aguacate en el rostro y dos heridas de cuchillo (mínimas) en los dedos, le marqué por videollamada. No respondió al instante, pero cuando lo hizo, comenzaba a ponerse una camiseta blanca, pero alcancé a ver parte del tatuaje que se había hecho con mi nombre. Nunca me cansaría de verlo.
—Hey, chef estrella —dijo con su sonrisa torcida—. ¿Quemaste algo hoy?
—Solo mi ego. El chef instructor gritó “¡renuncia!” tres veces. Creo que fue su forma de motivarme.
Damian se rió con ese tono grave que me daba escalofríos.
—Yo quemé mi cena. Literalmente. Creo que extraño tu pasta.
—No mientas.
Nos miramos un momento en silencio, dejando que nuestras marcas hicieran el resto. Eran momentos como ese en que entendía por qué la gente decía que un vínculo era más que feromonas. Era compartir incluso los segundos sin palabras.
—El director te mandó saludos —dije, acomodándome en el sillón.
—¿Ah sí? Qué miedo. ¿Se enteró que casi te desmayas con el foie gras?
—¡Fue una reacción artística!
Ambos reímos.
Pero pronto, Eve entró al departamento y me hizo una seña desde la puerta.
—Tenemos la entrevista con Le Cinéma Français en veinte minutos —me recordó.
Suspiré.
—Amor —dije en tono lastimero—, tengo que irme. Pero te marco en cuanto termine, ¿sí?
Damian asintió.
—Cuídate, mi Cielo. Y no incendies París.
—No prometo nada.
Corté con una sonrisa. Pero cuando la pantalla se apagó, sentí ese vacío breve y familiar. No era soledad. Era… nostalgia anticipada. Amor que se quedaba.
Y aunque los días eran largos y nuestras vidas distintas, sabía que la distancia no nos quebraba.
Solo nos afinaba. Como al buen vino.
O como un buen guion.