Zona de Vuelo [omegaverse]

Capítulo 40 – Alfa a la vista

Era sábado por la tarde y el cielo de París se sentía extrañamente pesado, como si presintiera que algo importante estaba por suceder. Yo, en cambio, solo sentía cansancio. Había terminado la grabación de una escena de cocina tan intensa que me dolían músculos que no sabía que existían. Me encontraba sentado en las escaleras del set, mirando los mensajes sin contestar, cuando Eve se acercó con su habitual paso rápido.

—Tienes una entrevista con Vogue France en media hora —me dijo—. Ponte algo decente. No esa camiseta de harina y lágrimas que llevas puesta.

—¿Y si me niego?

—Entonces vendrá Étienne a llorar frente a ti con una baguette como pañuelo. ¿Quieres eso?

Resoplé, riendo. Me levanté con pereza y regresé al camerino, sin sospechar absolutamente nada.

Nada de lo que venía.

...

Al entrar al lobby del estudio para la entrevista, lo primero que noté fue un aroma familiar. Masculino, limpio, con ese toque amaderado y café tostado que me hacía pensar en aviones y atardeceres.

Me detuve en seco.

Era imposible.

—¿Ren Lysander? —llamó una voz al fondo del pasillo.

Era un productor del estudio francés, sonriente, pero con una mirada cómplice que no entendí hasta que, detrás de él, emergió alguien más.

Chaqueta de piloto.

Botas oscuras.

Sonrisa de lado.

Y esos ojos verdes que yo no veía en persona desde hacía más de dos meses.

—Hola, mi Cielo —dijo Damian.

Mi corazón se me fue al suelo. Luego subió. Luego explotó. Corrí hacia él sin pensarlo, saltando los tres escalones que nos separaban y rodeándole el cuello con los brazos.

—¿Qué…? ¿Cómo estás aquí?

Damian me sostuvo con fuerza, su mano en mi espalda, la otra acariciando mi nuca como si también necesitara recordarse que yo era real.

—Pedí vacaciones. Tres días. Y como tenía algo pendiente contigo…

Se apartó apenas un poco. Señaló la chaqueta. En el pecho, justo donde normalmente estaría su insignia, había un parche con mi nombre bordado: Lysander.

Me llevé una mano a la boca, sintiendo que el pecho se me apretaba de emoción.

—Es mi regalo por haberme salvado la vida emocional. Literalmente.

—Eres… ridículo —le dije entre risas ahogadas—. ¿Viniste solo por tres días?

—¿Y si te digo que vine por tres días… y por un beso?

Sonreí. Y claro, se lo di.

Lento. Largo. Como los que sabían a reencuentro y a ausencia aliviada. Como los que se daban después de sobrevivir.

Cuando nos separamos, Eve estaba parada junto a nosotros, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona.

—Bonito gesto, Top Gun. Pero si Ren no entra a esa entrevista en cinco minutos, van a ponerme a mí de portada.

—¿Te molestaría si me acompaña? —pregunté a Eve, aún sin soltar a Damian.

Ella levantó una ceja.

—Solo si promete no desmayar a nadie con ese uniforme.

...

La entrevista fue breve y cálida. Y aunque intentaron sacarme detalles sobre “mi misterioso acompañante militar”, mantuvimos las respuestas diplomáticas. Pero bastaba con ver nuestras miradas para saberlo: no había nada misterioso en lo que sentíamos. Solo real.

Esa noche no hubo fuegos artificiales ni escenas espectaculares. Solo nosotros dos, caminando por París bajo una llovizna ligera, compartiendo un paraguas y muchos silencios cómodos. Hablamos de su trabajo, del mío, de los planes para el estreno y de la posibilidad de vivir juntos una vez terminara el rodaje.

—¿Y si me dejas cocinar para ti mañana? —pregunté.

—¿Y si no sobrevivo?

Rodé los ojos.

—Idiota.

Damian sonrió y se acercó a besar mi sien.

—Tu idiota favorito.

Y esa noche, al dormir con su brazo rodeándome y su respiración pausada rozando mi cuello, entendí algo más: el amor no siempre tiene que gritar para ser profundo.

A veces, basta con aparecer sin avisar… para darte un beso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.