París se siente distinto cuando estoy con él.
Desayunamos en una terraza escondida en Le Marais, uno de esos cafés pequeños con mesas redondas y croissants que realmente saben a mantequilla. Damian probaba cada cosa con una mezcla de curiosidad y sospecha. Yo no dejaba de reírme por su manera de pronunciar pain au chocolat con un acento horrible a propósito solo para verme levantar la ceja.
—¿No te parece una locura estar aquí? —me dijo, mientras compartíamos una tartaleta de limón.
—¿En París?
—En París, contigo. En esta vida donde eres famoso y yo… bueno, un tipo con uniforme que no entiende el menú.
—Yo te traduzco —le sonreí—. Siempre puedo hacerlo.
La ciudad nos envolvía con su luz suave, como si el cielo supiera que estábamos en una burbuja. Caminamos por las orillas del Sena, nos tomamos fotos junto al Louvre —yo haciendo poses dramáticas, él haciendo caras—, y al final terminamos en los Jardines de Luxemburgo. Me tumbé sobre el césped con la cabeza apoyada en su pierna. Damian me acariciaba el cabello con una ternura que me desarmaba.
Era perfecto.
Hasta que dejó de serlo.
Sentí el clic antes de escucharlo. El sonido frío, mecánico, de una cámara disparando muy cerca. Damian se tensó. Me incorporé de inmediato.
Dos paparazzis se habían colado por la reja lateral del parque. Uno de ellos ya se alejaba corriendo, el otro seguía con la lente apuntando directamente a nosotros.
—¡Ren! ¡Ren! ¿Quién es tu acompañante? ¡Es cierto que estás emparejado?
No dijeron “alfa”. Pero sus ojos iban directo a la marca en mi cuello. Visible. Reciente. Intensa.
Corrimos.
...
—Se viralizó —nos informó Eve, nada más entrar al departamento—. Las fotos están en todas partes. El parque. El beso. La marca. Tu nombre es tendencia número uno en redes en media Europa y en todo Norteamérica.
—¿Y ahora? —preguntó Damian, aún agitado por la carrera y con la mandíbula apretada.
—Ahora hay que responder —dijo Eve, con su tono de ejecutiva bajo presión—. Si no haces una declaración, van a escribirla por ti.
Nos miramos.
Yo respiré hondo.
—Entonces haré una rueda de prensa. Mañana mismo.
...
Al día siguiente, el salón estaba lleno. Reporteros de distintos países. Cámaras. Luces. Preguntas que no habían sido formuladas, pero ya colgaban en el aire como puñales.
No me vestí como estrella. No vine a fingir.
Vine a ser.
—¿Ren, es cierto que ha sido marcado por un alfa?
—¿Eso afectará tu carrera?
—¿Vas a dejar de actuar ahora que estás en pareja?
—¿Cómo afecta esto tu imagen como protagonista?
Esperaron que dudara. Que temblara. Que dijera que lo sentía.
Pero no lo siento.
Tomé el micrófono. Sentí a Damian en el fondo, de pie, mezclado con el equipo de producción. No necesitaba verlo para saber que estaba ahí. Lo sentía como una nota grave en mi pecho.
—Ser un actor omega y además recesivo no ha sido un camino fácil para mi. Desde que tenía 12 años me han obligado a esconder mis sentimientos porque me hacen débil al momento de actuar, porque los papeles más importantes son para personas fuertes y los omegas no lo son. Y lo peor es que les creí. —solté mientras miraba a todos reporteros y a mis fans. — Por eso, pasé toda mi vida fingiendo ser fuerte como un alfa, queriendo llenar unos zapatos que no eran míos, para yo les agradara, para que me...quisieran.
Suspiré.
—Cuando me ofrecieron el papel de piloto en Alas de Guerra, fue la primera vez que pude verme como un omega fuerte. Porque sé que soy un omega fuerte. Porque apesar de ser un actor, me niego a interpretar a otra persona que no sea yo mismo. —Tomé una bocada de aire. — Ustedes pueden creer que soy un omega débil por estar marcado, pero creanme lo que ustedes piensan de mi...tristemente yo ya lo pensé antes. Ya no pueden herirme más de lo que yo lo hice. Solo les queda apoyarme o no apoyarme, pero no a cambiar mis pensamientos, mis sentimientos ni lo que soy.
Miré a las cámaras.
Miré a los reporteros.
Miré a mis fans.
—Ser omega —dije, claro, fuerte, sin titubear—. Ser amado. No limita mis sueños.
Una pausa.
Un suspiro.
—Los fortalece.
Por un momento hubo silencio. Luego los aplausos. Algunos de pie. Gritos de apoyo. Alguien gritó “¡Te amamos, Ren!” y eso me hizo reír. Eve soltó el aire como si hubiera estado conteniéndolo por horas.
Y en el fondo, entre todos, la sonrisa de Damian.
No orgullosa. No arrogante.
Sino tranquila.
Satisfecha.
Como si supiera que había encontrado lo más valiente en mí, incluso cuando yo no lo sabía.
...
A la mañana siguiente, lo acompañé al aeropuerto.
Había guardado su uniforme cuidadosamente en su mochila. Dijo que quería que oliera un poco a mí, lo que me pareció ridículo y perfectamente romántico.
—¿Seguro que quieres irte? —le pregunté, bajito, cuando ya anunciaban el abordaje.
—Tengo que hacerlo. Pero eso no significa que quiera.
—Te voy a extrañar.
—Yo ya lo estoy haciendo.
Nos abrazamos. Me marcó con los labios la frente y me susurró:
—Sigue brillando. Yo estaré mirando desde el cielo.
Me reí, con un nudo en la garganta.
—Tú y tu drama de piloto.
—Tú y tu drama de estrella.
Nos besamos. No por despedida.
Sino como promesa.
Porque aunque las fotos vayan y vengan, aunque las noticias digan lo que quieran… hay algo que no me pueden quitar.
A él.
A mí.
A nosotros.