El zumbido del helicóptero desapareció con el viento mientras yo descendía del vehículo. La tierra de la base se sentía igual: firme, rigurosa… ajena.
Pero algo había cambiado en mí.
La rutina volvió con rapidez. Revisiones técnicas, reportes de vuelo, entrenamientos. No había tiempo para pensar demasiado, y, sin embargo, cada vez que tenía un momento a solas, mi mano buscaba el teléfono.
Ren me enviaba fotos de los sets de grabación, su nuevo peinado para el personaje, sus intentos fallidos de hacer macarons, y videos donde lo veía reír con los labios llenos de crema pastelera.
Yo le mandaba imágenes del hangar, de los aviones que revisábamos y del cielo que se extendía más allá de mi jornada.
Hablábamos por videollamada cuando nuestros horarios coincidían. A veces en la noche, a veces con el amanecer de uno y el atardecer del otro. Nunca era suficiente, pero siempre era necesario.
—¿Cómo va el rodaje? —le pregunté una noche, mientras él estaba en bata y con mascarilla facial—. ¿Eso es barro?
—Barro purificante. No juzgues mi belleza.
—Nunca lo haría. La venero.
—¿Eso fue poético o sarcástico?
—Un poco de ambas —sonreí.
...
Unos días después, recibimos una notificación especial: un evento privado para las fuerzas aéreas, organizado en París por una organización aliada. Había un artista sorpresa invitado.
No me importaba quién fuera. Lo único que pensé fue que estar en la ciudad me acercaba a él. Aunque fuera por unas horas.
La ceremonia fue sobria. Aplausos, discursos, homenajes. Luego, la tarima se iluminó.
—Señoras y señores —anunció la presentadora—, con ustedes… Ren Lysander.
Mi corazón se detuvo.
Ren apareció entre luces tenues, con un traje negro elegante, el cabello recogido y una expresión que combinaba nervios y resolución.
—Esta canción —dijo, mientras el auditorio se sumía en un silencio expectante—, es para quien creyó en mí incluso antes de que yo lo hiciera. Para el piloto que me enseñó que el amor no necesita permiso para volar.
Lo miré.
Él me encontró.
Cantó.
Su voz llenó cada rincón, no con técnica, sino con alma. Cantó como si estuviéramos solos, como si esas palabras me las dijera al oído. En un momento de la canción, se llevó los dedos al cuello, justo donde estaba la marca, y sonrió.
Yo no lo oculté. Me puse de pie. Algunos me miraron. Él también.
Era mutuo. Íntimo. Público. Poderoso.
...
—¿Planeabas decirme que ibas a cantar? —le pregunté más tarde, cuando lo abracé detrás del escenario.
—¿Y arruinar la sorpresa? Jamás.
—Eres un tramposo encantador.
—¿Te gustó?
—Por poco y saltó al escenario para besarte.
Reímos, entre besos robados y abrazos que sabían a reencuentro. Ren ya había solicitado una semana de descanso tras el rodaje. Yo, por una vez, había aceptado tomar la licencia familiar.
—¿Adónde vamos? —preguntó él, mientras subíamos al auto.
—A casa —respondí—. A mi casa.
...
Después de aterrizar en la ciudad, nos dirijimos a la cabaña familiar que estaba en las afueras, entre colinas tranquilas y olor a madera vieja. Mi madre la había heredado de sus padres, y me la confió cuando me enlisté al ejército. Era el único lugar donde podía quitarme el uniforme y respirar.
Ren lo exploraba todo como si hubiera sido la primera vez que entraba. Tocaba todo, tocaba los libros en los estantes, curioseaba los trofeos de vuelo viejos.
—Me encanta tu casa —susurró—. Me siento… bien aquí.
—Entonces quédate.
—¿Una semana?
—Una vida.
No respondió con palabras.
Esa noche, entre sábanas limpias, con la ventana abierta al cielo estrellado, celebramos nuestra unión. No con testigos. No con anillos. Sino con piel, con gemidos, con susurros que decían aquí estoy, aquí me quedo, esto es nuestro.
Éramos uno.
Y nada, absolutamente nada, podría quebrar ese vínculo.