Si alguien me hubiera dicho hace un año que terminaría subiendo a un globo aerostático con un piloto alfa que me había marcado, probablemente me habría reído… y luego escrito una obra de teatro con ese argumento. Pero ahora, ahí estaba yo, a punto de despegar del suelo con Damian a mi lado, sujetando mi mano como si el cielo fuera un secreto solo de nosotros dos.
—¿Seguro que esto es seguro? —pregunté, medio en serio, medio con dramatismo actoral.
Damian giró la cabeza hacia mí, sus gafas de sol deslizándose un poco por su nariz.
—Mi Cielo, si no confías en un piloto de combate entrenado con cientos de horas de vuelo, ¿en quién confiarás?
—No lo sé… ¿en alguien que no pilotee objetos que flotan con fuego?
Él rió, esa risa ronca que me desarma.
—Sé volar jets, helicópteros, aviones comerciales, planeadores… incluso una vez manejé una avioneta sin combustible por cinco minutos. Créeme, esto —hizo un gesto hacia el globo inflándose con el quemador encendido— es un paseo de domingo.
—¿Entonces también sabes volar corazones?
—Solo el tuyo —me guiñó—. Aunque fue el más difícil de todos.
Reímos juntos, justo cuando el globo empezó a elevarse suavemente, dejando atrás el campo abierto, las colinas, los árboles… el mundo.
Arriba, el silencio era distinto. No había ruido de motores, solo el suave soplo del aire, y de vez en cuando, el shhhh del quemador. Estábamos suspendidos, como si el universo nos hubiera dado pausa. Damian me rodeó con el brazo y me acurruqué contra él, contemplando el horizonte.
—Esto es ridículamente romántico —murmuré.
—Lo planeé con cuidado. Quería que fuera especial… como tú.
Lo miré, su perfil recortado por el sol naciente. El viento despeinaba su flequillo, y el calor de su cuerpo era mi refugio, incluso a miles de pies de altura. El leve ardor en la piel de mi cuello donde me había marcado, aún sensible, era un recordatorio cálido y permanente de que era suyo.
—¿Qué crees que venga ahora? —le pregunté.
Suspiró.
—Tú primero.
—Bueno… terminar la película, luego entrevistas, fotos, giras promocionales... Sabes, todo el show. Quiero cumplir con eso, con todo, y luego… —lo miré— Quiero volver a ti. Si eso aún está en pie.
—Mi Cielo —dijo sin dudar—, yo te espero en tierra, en aire, en donde sea. Al regresar a la base tengo mi rutina, misiones, guardias. No puedo prometer que cada día será fácil, pero…
Se giró hacia mí, y metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Mi corazón se detuvo un segundo cuando sacó una pequeña cajita negra.
—…prometo siempre tener cuidado. Siempre volver. Siempre regresar a tus brazos. Pero también quiero esto… contigo. No solo cuando volvamos a coincidir, sino siempre.
Abrió la caja. Dentro, un anillo plateado con un diseño discreto pero elegante, como él. Mis ojos se abrieron, el aliento se me escapó, y el cielo pareció hacerse más amplio.
—¿Me estás pidiendo…?
—Que me dejes ser tu casa, incluso cuando estemos lejos. ¿Quieres comprometerte conmigo, Ren?
Me lancé sobre él, lo besé con fuerza. Sentí lágrimas en mis ojos, pero no me importó.
—Sí. Damian, sí.
Nos besamos en el aire. Fue lento, suave, con el cielo como único testigo y el mundo girando muy por debajo.
Allí, en medio de las nubes, sellamos una promesa sin condiciones. Un vínculo eterno.
Solo nosotros dos. Y un globo que subía.