1. Jamás: El comienzo (borrador)

CAPÍTULO 24

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ninguno de los dos me responde la pregunta que con tanto dolor decidido preguntar, soy ignorada por ambos. De Laby lo espero, no la conozco para nada y por eso puedo esperar cualquier cosa; pero lo que más me duele es ser ignorada por Paul, a él si lo conozco y es mi prometido.

 

Ambos continúan con su plática, ellos hablan de cosas de su adolescencia que yo no tengo ni la menor idea. Gracias a un comentario de Laby, oigo que Paul tenía una banda de garaje. Laby sabe muchas más cosas de Paul de las que yo simplemente sé la mitad o nada de ellas.

 

Debo admitir que, aquello no me gusta para nada, me parece horrible que él jamás me haya comentado sobre los sueños o metas que jamás logró.

 

Oigo toda la conversación, siento que soy un verdadero estorbo en la cena. Me pongo de pie y tomo la ensalada con ambas manos, me dirijo hacia la cocina y tomo asiento sobre la alacena; coloco sobre mi regazo la bandeja de ensalada y comienzo a comer con el ceño completamente fruncido.

 

Comienzo a oír risas sonoras que provienen de Paul y Laby, parece que todavía continúan con aquella conversación graciosa que yo no entiendo absolutamente nada de ella.

 

Termino de comer todo el contenido de la gran bandeja de ensalada y niego con la cabeza, doy un pequeño salto para bajar de la mesada. La bandeja vacía no es demasiado pesada, por suerte.

 

Me dirijo a lavar mis trastes, después de todo, yo cené sola y no pienso ni en sueños que lavaría los platos y vasos de los demás que, encima de todo, me han ignorado por completo.

 

Al terminar seco mis manos con el trapo de cocina que ya se está deshilachando con rapidez y lo acomodo secando las pequeñas gotas de agua que se han caído al suelo cuando lavé la bandeja mayor.

 

Me pongo a tararear al ritmo de la canción que se escucha en el aire. Es una muy bella canción que me hace sentir que me encuentro allí, siendo parte de ella.

 

Mis pies se mueven al ritmo de aquella canción country, tengo suerte de saber bailar aquellos pasos. Con cuidado me dirijo hacia la heladera y me sirvo en un vaso un poco de jugo de pomelo, la naranja me da alergia. No puedo ni olerla.

 

Me siento ahora sobre una silla y observo la ventana con el ceño fruncido, se ha levantado viento y el frío comienza a hacerse presente en esta oscura noche de verano.

 

Me doy cuenta que las voces de Paul y Laby se han callado, ya no se oye ni siquiera una carcajada de esa. Aquello no me agrada demasiado, me pongo de pie y comienzo a caminar fuera de la cocina; las luces de la casa se encuentran completamente apagadas, solamente la luz de la cocina se encuentra encendida.

 

Camino hacia el comedor y no los veo, me encojo de hombros sin tener la menor idea de donde se pueden encontrar.

 

—Ya comenzó a olvidarte, Paul. —Oigo nuevamente aquella voz, pero esta vez se oye mucho más lejana.

 

Aquel acento particular se vuelve algo presente en mi vida, ya me es demasiado oír que todos poseen el mismo acento ¿Laby también lo posee?

 

Giro pensando en aquel acento particular y observo por la ventana de la cocina nuevamente, me acerco y la abro con el ceño fruncido, ya que él se encuentra allí observando la situación como yo.

 

—¿Olvidarme?—Le pregunto sin comprender a lo que se está refiriendo.

 

El joven de ojos miel se adentra a la casa por la ventana, es bastante rápido y audaz al hacerlo. Cuando él entra, también lo sigue un fuerte frío que recorre cada centímetro de mi cuerpo.

 

Lo observo a los ojos y niego sin comprender aquella manera extraña en la que él habla y se mueve, es como de otro planeta o quizás de otro tiempo.

 

—Sí. Muchas veces olvidan, tratan de no hacerlo pero lo terminan haciendo.

 

—¿A qué te refieres con eso?—Pregunto con el ceño completamente fruncido.

 

Acaricio mis brazos por aquel frío que comienzo a sentir nuevamente sobre mi cuerpo.

 

Él me observa fijamente a los ojos y se encoje de hombros como un gesto frío y tonto al no saber que responderme, me doy cuenta de ello.

 

Posee una pequeña sonrisa sobre sus labios que evidentemente yo no logro comprender en lo absoluto, es más, me resulta demasiado extraño ante la situación en la que yo me encuentro parada en ese preciso instante.

 

—Ya lo comprenderás. Yo no puedo decirte nada, a mí nadie me lo dijo. —Aquellas simples palabras son las que logro sacarle de sus labios.

 

Las únicas palabras que parecen no ser malas ni ser coherentes tampoco.

 

«¿Estoy realmente loca?», me cuestiono.

 

—No. No estás loca, sé que te dije eso en la tienda... pero ahora me doy cuenta que no lo estás y debo pedirte disculpas por haberte agredido de esa manera.

 

Al oír su respuesta a mi pensamiento trago saliva sonoramente y comienzo a retroceder, es imposible que supiera lo que estoy pensando.

 

Con cada paso que yo doy hacia atrás él se acerca a mí, camina con la cabeza en alto como si fuera importante y se detuvo al estar a unos pocos centímetros de mí.

 

—¿Cómo sabes que realmente no estoy loca?—Pregunto con la esperanza de oír ahora si una respuesta concreta y coherente salir de los labios de aquel joven que aún no sé su nombre.



Byther

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En el texto hay: amor, primer amor, amor dolor sufrimiento

Editado: 04.12.2020

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