Doscientos años atrás, la vida transcurría con una calma desabrida, casi anestesiante. Aquella tarde, Jane se encontraba recostada sobre el suave edredón de su cama, dejando que los ecos del día de campo familiar se instalaran en su pecho. El sol, las risas de sus padres y la complicidad con su hermano mayor, Max, formaban un refugio que ella creía inexpugnable. Jane habitaba esa seguridad absoluta que solo tienen los niños: la certeza de que, sin importar el rumbo que tomara el mundo, su familia sería el anclaje que jamás permitiría que se hundiera en la soledad.
Sin embargo, una inquietud punzante comenzó a gestarse bajo su piel. Era una premonición vieja y conocida, un susurro en la nuca que solía ignorar. Se convenció de que no era nada; después de todo, ellos estaban allí. Nada malo podía cruzar el umbral de su hogar.
El sueño la reclamó con una rapidez inusual, sumergiéndola en una neblina de recuerdos felices. Pero la paz fue aniquilada de golpe.
Un grito desgarrador, agudo y cargado de una agonía inhumana, trepó por las escaleras desde la planta superior. Jane despertó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas. El sonido provenía de la habitación de sus padres. Desorientada y envuelta en un sudor frío, se puso en pie. Su mente infantil intentó fabricar excusas desesperadas —quizás una película, quizás un juego—, pero el terror que emanaba de las paredes era demasiado real para ser ignorado.
Al asomarse al dormitorio, la realidad se fragmentó. Figuras imponentes, de cabellos rubios que brillaban con una palidez espectral y atuendos tan oscuros como sus propias intenciones, rodeaban la cama. Ocultos tras máscaras grotescas, hundían cuchillos de un fulgor antinatural en el pecho de sus padres.
Antes de que Jane pudiera gritar, unas manos callosas la apresaron por los hombros. Giró con violencia, encontrándose con el rostro desencajado de Max. Su hermano, su protector, el centro de su mundo, la cargó en brazos con una urgencia brutal. No hubo tiempo para despedidas ni para recoger los restos de su infancia; solo hubo una huida torpe y desesperada a través de la noche, dejando atrás el rastro de sangre que marcaba el final de su vida conocida.
Llegaron a la casa de Luke, el único refugio que Max pudo encontrar.
—¡Jane! —exclamó Luke, corriendo hacia ella en cuanto cruzaron el umbral.
Ella lo miró con los ojos anegados en lágrimas, sintiendo cómo algo dentro de su alma se astillaba de forma definitiva.
—Mis... mis padres... —alcanzó a musitar, antes de que un estruendo ensordecedor, similar a un disparo, sacudiera los cimientos de la casa.
Luke la tomó de los hombros y la arrastró hacia el fondo de la vivienda mientras el caos se desataba afuera. Jane forcejeó, intentando volver a la puerta que se acababa de cerrar.
—¡Mi hermano! ¡Max está afuera!
—Jane... no. No puedes salir —la detuvo Luke con voz temblorosa.
—¿Qué fue eso? ¿Qué es ese ruido? —preguntó ella, aferrándose a su amigo como si fuera el último trozo de tierra firme en un naufragio.
—Eso... —intervino Dean, el padre de Luke, con una frialdad que heló la sangre de la niña—, era un cazador.
Jane lo miró con el ceño fruncido, el miedo mutando lentamente en una angustia asfixiante.
—¿Y Max? ¿Dónde está mi hermano?
—Muerto —sentenció Dean sin rastro de piedad.
El mundo se quedó en silencio para Jane. Negó con la cabeza, hundiéndose en el pecho de Luke mientras los sollozos la desgarraban. Era imposible. Todo lo que amaba se había esfumado en una sola noche.
—Tranquila —susurró Luke, forzando una pequeña sonrisa—. Estás aquí. Estás conmigo.
Desde las sombras del pasillo, Jane alcanzó a oír los murmullos de los padres de Luke.
—Eran cazadores —confirmó Dean a su esposa.
—Lo sé —respondió ella con desdén—, pero no veo nada especial en esa niña. No la quiero cerca de mi hijo.
—Solo Luke puede ver lo que ella es —replicó el hombre—. Ya sabes lo que eso significa...
La madre de Luke soltó un suspiro sonoro, alarmante, no podía creer lo que se aproximaba a sus vidas.
Jane sintió una punzada de rabia y dolor ante la traición de aquellas palabras. Al mirar a Luke a los ojos, el color de los suyos se transformó en un azul eléctrico, un brillo tan potente y sobrenatural que el pequeño Luke comenzó a llorar, incapaz de soportar la intensidad de esa mirada.
Cuando los padres de Luke regresaron a la habitación y presenciaron el fulgor en los ojos de la niña, no mostraron miedo. Por el contrario, una sonrisa de malicia compartida se dibujó en sus rostros. Jane, en su inocencia herida, no pudo comprender el peligro que esa expresión ocultaba.
Obligándose a calmarse para no dañar a lo único que le quedaba, Jane abrazó a Luke con una delicadeza extrema.
—Perdóname, por favor —susurró contra su cuello.
Él asintió, escondiendo su rostro infantil en el hombro de Jane.
—Es ella, Dean. —Oyó decir a la madre de Luke en un susurro cargado de una ambición oscura—. Es la única que puede hacerlo. Ella es la clave.
Luke volvió a buscar los ojos azules de la niña, ahora más tenues.
—Gracias. Jamás me dejes —rogó él.
Jane, sintiendo que el destino los había encadenado, asintió con una sonrisa triste.
—Jamás te dejaré. Seremos mejores amigos por siempre.
Lo que Jane no sabía era que, en el mundo que acababa de descubrir, las promesas de "siempre" suelen estar escritas con sangre. Y esa noche ya había corrido demasiado líquido escarlata y ese sabor metalico se estaba fundiendo en la boca de muchos presentes.