Jane se detuvo en seco frente a las puertas dobles de roble negro que custodiaban el sector prohibido. El frío del pasillo parecía emanar de las mismas paredes, pero antes de que pudiera procesar su frustración, unos pasos firmes y rítmicos resonaron contra el suelo de piedra. Un aroma familiar la envolvió de inmediato: una mezcla de sándalo, pólvora y ese rastro metálico que solo Luke poseía.
Unos brazos robustos y cálidos la rodearon por la espalda, y unas manos grandes cubrieron sus ojos, sumiéndola en una oscuridad absoluta.
—Adivina... ¿quién soy? —susurró una voz profunda cerca de su oído.
Jane rodó los ojos, aunque una chispa de calidez se encendió en su pecho. Decidió jugar, esperando ver hasta dónde llegaba la paciencia de su amigo.
—Mmm... ¿Alex Monner? —preguntó ella con una sonrisa traviesa.
—Ni cerca —respondió él. Las manos se retiraron y Luke la obligó a girarse para quedar frente a frente.
Jane lo observó con detenimiento. Él vestía su equipo de combate negro, que resaltaba la anchura de sus hombros y la intensidad de sus ojos azules.
—¿Qué haces aquí, Jane? —preguntó él, su mirada desviándose por un segundo hacia la habitación prohibida.
—Lo mismo que tú, supongo —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Mirando un lugar al que nunca podremos entrar.
—¿Crees que algún día lo lograremos? —insistió Luke, apoyando una mano en el marco de la puerta prohibida.
—No lo sé. Mis gustos son... peculiares. Dudo que encaje en el molde de lo que ellos esperan para abrir esa puerta —Jane hizo una pausa deliberada y clavó sus ojos en los de él—. Quizás tú entres primero... con Lana.
Hizo una mueca de asco al pronunciar el nombre, provocando que Luke soltara una carcajada espontánea.
—¡Ni lo sueñes! —exclamó él.
Rieron al unísono, rompiendo por un momento la opresión del ambiente. Jane tomó la mano de Luke, notando el contraste abismal entre la delicadeza de sus propios dedos y la rudeza de los de él, marcados por cicatrices de antiguos entrenamientos.
—Tus manos son enormes —observó ella, midiendo su palma contra el rostro de Luke.
Él asintió con una sonrisa inusual, una expresión de ternura que rara vez permitía que otros vieran. De repente, entrelazó sus dedos con los de ella, apretando con suavidad.
—¿Todo bien? —preguntó Jane, notando una sombra de distracción en su mirada.
—Sí, solo pienso. Demasiado trabajo, demasiadas cosas por hacer —respondió él, aunque su voz carecía de convicción.
—Te veo alejado de tus... amigos —corrigió Jane rápidamente, evitando usar el singular—. No te distraigas demasiado, Luke.
Ella se puso en puntas de pie y depositó un beso fugaz en su frente. Fue un gesto de despedida, pero cuando intentó alejarse, el agarre de Luke en su brazo se volvió férreo, impidiéndole el paso.
—Yo... lo lamento —susurró él, con una nota de desesperación que Jane no comprendió.
Antes de que ella pudiera preguntar, Luke se desvaneció en las sombras, dejando tras de sí un vacío gélido.
Confundida, Jane se dirigió a la sala de entrenamiento. Necesitaba quemar la ansiedad que le provocaban los secretos de la Academia. El gimnasio era un espacio cavernoso, con suelos reforzados y sacos de arena que colgaban del techo como cuerpos inertes. Apenas puso un pie en el área de combate, el ataque comenzó.
Deana, una de las combatientes más veloces de la institución, se lanzó sobre ella. El impacto fue brutal; Jane fue estampada contra la pared antes de que pudiera procesar el movimiento. El dolor en su espalda encendió su instinto de supervivencia y sus ojos brillaron en ese azul eléctrico característico.
Con un movimiento fluido, Jane se agachó, esquivando un segundo golpe que habría fracturado su mandíbula. Activó su energía cinética y, en un despliegue de fuerza bruta, invirtió las posiciones. Acorraló a Deana contra el muro y rodeó su cabeza con las manos, sintiendo el pulso acelerado de su oponente. Por un instante, Jane disfrutó de la sensación de control absoluto, del peso de la vida ajena bajo sus dedos.
Pero Deana no era una novata. Con una maniobra de lucha libre, derribó a Jane y se posicionó sobre ella, aplastándole las costillas con las rodillas. Jane sintió un crujido seco; posiblemente una hemorragia interna comenzaba a gestarse. El largo cabello castaño de Deana le rozaba el rostro mientras sus puños impactaban con rítmica violencia.
En un último esfuerzo, Jane se aferró a Deana como un koala, usando el impulso de sus piernas para voltearse. Ambas rodaron por el suelo hasta que Jane quedó arriba, inmovilizando a su rival con un cierre de brazos que Deana no pudo romper. El instructor dio la señal y los aplausos estallaron en la sala.
—¡Jane! —gritaron sus compañeros, levantándola en hombros para celebrar el triunfo sobre una de las favoritas del ranking.
Sin embargo, la alegría duró poco. Una ráfaga de viento oscuro barrió la sala y todos cayeron al suelo como fichas de dominó. Luke apareció en el centro del área de combate, con una sonrisa ladeada y los ojos cargados de una energía demoníaca superior.
—Gano yo. Lo siento, amor —dijo él, extendiéndole una mano para ayudarla a levantarse.
Jane rodó los ojos, aunque el apelativo la dejó descolocada.
—Muchas gracias, sé que me amas —respondió ella con sarcasmo mientras se sacudía el polvo—. ¿Ya puedo bajarte del pedestal? Pesas más de lo que pareces.
Caminaron juntos hacia la cocina de la Academia, un lugar de mármol frío y luces fluorescentes.
—Deana es difícil —comentó Jane, todavía sintiendo el dolor en sus costillas—. Casi me mata.
—Ya le ganaste, Jane. Ahora solo te falta superar mi récord para ser la número uno del ranking —dijo Luke, aunque ambos sabían que su velocidad era inalcanzable para cualquier otro estudiante—. Deberías considerar ir a la Academia Superior...
—No lo digas ni en broma —lo interrumpió ella—. Sabes que no tengo el linaje puro que exigen allí. A menos que me case con alguien de la élite... y no estoy lista para ese compromiso.