1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 6

Jane regresó a su habitación con el peso de la cena familiar hundiéndole los hombros. Los padres de Luke no solo eran adinerados; eran custodios de una etiqueta rancia y asfixiante que ella despreciaba. Al abrir su placard, se quedó inmóvil, observando el vacío entre sus pocas pertenencias. Nada de lo que poseía —sus chaquetas de cuero gastadas, sus camisas de franela y esa estética rebelde de los años ochenta que tanto amaba— estaba a la altura del estatus social de los Blackwood. Con un gesto de frustración, cerró la puerta blanca del armario de un golpe seco que resonó en toda la estancia.

Sabía que no podía presentarse así. Si quería sobrevivir a la noche sin ser humillada, necesitaba una aliada poco convencional. Salió al pasillo con la frente en alto, buscando la habitación de Rory.

Rory era una demonio cuya obsesión por la estética rozaba lo patológico. Mientras otros estudiaban técnicas de tortura, ella perfeccionaba el arte del camuflaje a través del maquillaje y la alta costura. Al llegar a su puerta, Jane vaciló, mordiéndose el labio inferior. Golpeó dos veces y, casi al instante, la puerta se abrió. Rory se quedó estupefacta, recorriendo con una mirada llena de horror las zapatillas sucias y la ropa desfasada de Jane.

—¿Jane? ¿Te has perdido de camino a un concierto de rock antiguo? —preguntó Rory con una sonrisa que intentaba ser amable, pero que fallaba ante el choque visual.

—Cállate, Rory. Necesito tu ayuda —sentenció Jane, entrando en la habitación antes de ser invitada—. Tengo una cena elegante con los padres de Luke y mi placard es un desierto de buen gusto.

—Has venido al templo adecuado —exclamó Rory, empujándola hacia un tocador iluminado por bombillas frías que revelaban cada poro de la piel—. Pero dime, ¿qué planeas para el cabello? ¿Zapatos? ¿Joyas? Por tu cara de pánico, asumo que tu plan era ir así, envuelta en nostalgia y mezclilla. Déjamelo todo a mí.

Jane se sentó, sintiéndose como un espécimen en un laboratorio. Rory comenzó a trabajar con una eficiencia aterradora. Aplicó una sustancia cremosa y densa sobre el rostro de Jane que se sentía como una máscara de arcilla; luego vinieron los tirones en las cejas, un dolor agudo que hizo que Jane apretara los puños. Sintió el frío del delineador líquido deslizándose por sus párpados como una serpiente de tinta. Finalmente, un brillo labial rosado, sutil pero magnético, completó la transformación.

Rory se dirigió a su ropero, un santuario de telas costosas. Primero extrajo un vestido negro de encaje, demasiado provocador para la ocasión. Jane negó con la cabeza; no quería ser el centro de las fantasías de nadie, solo quería ser invisible. Entonces, Rory sacó la pieza maestra: un vestido largo de un azul noche profundo, con piedras incrustadas en el escote que brillaban como estrellas moribundas.

Cuando Jane se vio en el espejo, no se reconoció. El vestido abrazaba sus curvas con una elegancia letal y los tacones la hacían parecer más alta, más peligrosa.

—Hago magia, Jane. De un desastre ochentero a una reina del inframundo —presumió Rory.

—Gracias, Rory. De verdad —susurró Jane, dándole un abrazo fugaz antes de salir hacia la entrada principal.

Allí esperaba Luke. Al verlo, el corazón de Jane dio un vuelco. Él vestía un traje de corte impecable y zapatos de cuero negro tan lustrados que reflejaban las luces de la Academia. Llevaba la corbata que ella le había regalado años atrás, un detalle que no pasó desapercibido. Luke se acercó y la rodeó con un abrazo cuidadoso, aunque el exceso de su perfume —una mezcla de maderas y algo dulce— resultó un tanto embriagador para Jane.

—Wow, ¿estás lista para el show?

—¿Lista? Estoy aterrada y no entiendo por qué —confesó ella, jugando nerviosa con sus uñas.

—Tranquila, Jane. Solo es una cena —mintió él, tomándola de la mano hacia el vehículo.

El transporte era un Chevrolet Camaro negro, una bestia de metal que rugía con elegancia. Durante el viaje, Jane permaneció en silencio, observando cómo los árboles de la propiedad se fundían en un borrón oscuro bajo la luz de la luna. Parecía un sueño, pero el nudo en su estómago le recordaba que era una emboscada social.

Al llegar a la mansión de los Blackwood, la opulencia la golpeó. Los padres de Luke esperaban en la entrada con una rigidez aristocrática. Entraron al gran comedor, un salón decorado con tapices antiguos y candelabros de cristal. La tensión era tal que, en un descuido provocado por el temblor de sus manos, Jane cometió un error fatal.

La copa de sidra se inclinó. El líquido dorado voló por el aire en cámara lenta hasta aterrizar de lleno sobre el impecable vestido negro de la madre de Luke.

El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito. La mujer clavó sus ojos en Jane con un odio puro, una promesa de muerte latente bajo su piel perfecta. Luke, detectando el peligro inminente, tomó a Jane de la mano con una fuerza que no admitía réplicas y la sacó de allí, arrastrándola escaleras arriba hacia su antigua habitación.

Al cerrar la puerta, Jane se hundió en la cama, sintiendo el peso del fracaso. Luke se sentó a su lado, sin soltar su mano. Para sorpresa de Jane, él no estaba enfadado; la observaba con una pequeña sonrisa en su bello rostro, una expresión cargada de una ternura tan profunda que ella no logró comprender. En medio del desastre, Luke parecía haber encontrado algo que lo hacía extrañamente feliz.




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