1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 11

El viaje a través de la teletransportación celestial no se parecía en nada a los saltos de sombras que Jane dominaba. No fue un parpadeo, sino un desgarro en el tejido de la realidad. Vio fragmentos de tiempo, oyó ecos de conversaciones que aún no habían ocurrido y sintió el peso de una dimensión que no estaba diseñada para los de su especie. ¿Estaría Luke a salvo? ¿Respetarían los ángeles el trato o la honestidad divina era solo otra máscara para la crueldad? Antes de obtener respuestas, el suelo del bosque apareció bajo sus pies, pero el reconocimiento fue breve: un golpe seco y brutal en su nuca apagó el mundo.

Jane no cayó en la oscuridad, sino en un recuerdo vívido. Se vio a sí misma como una niña pequeña —quizá de ocho o nueve años, una distinción borrosa en el tiempo eterno de los demonios—, despertando en su antigua habitación. La luz del sol entraba por la ventana, bañando las paredes de un color que ya no existía en su vida actual. Su madre estaba allí, despertándola con un desayuno que olía a hogar, sus ojos marrones —idénticos a los de Jane— brillando con una ternura infinita.

De pronto, su hermano Max saltó sobre la cama con una risa cristalina, mientras su padre permanecía apoyado en el umbral de la puerta, observándolos con orgullo. Se acercó y le entregó un paquete envuelto en papel antiguo. Al abrirlo, el corazón de Jane dio un vuelco: era el libro. El mismo grimorio de los ángeles que Luke custodiaba.

Una descarga eléctrica recorrió su cuerpo astral, un dolor lacerante que amenazaba con desintegrar la visión. Su madre le tomó la mano, y su voz sonó como un susurro desde el fondo de un pozo.

—Jane, vuelve... Aquí no es tu lugar, no aún.

—No... quiero quedarme con ustedes —sollozó Jane, sintiendo las lágrimas humedecer sus mejillas infantiles—. No quiero perderlos otra vez. ¿Dónde están? ¡Díganme dónde encontrarlos!

—Lo descubrirás al final, princesa —respondió su madre mientras su figura comenzaba a pixelarse—. Solo vive... o ellos ganarán.

El mundo de colores se derritió. El piso desapareció bajo sus pies y las paredes se volvieron de un blanco cegador. Jane intentó correr hacia ellos, pero el entorno se movía en reversa, borrando a Max y a sus padres como tinta en la lluvia.

—¿Cómo vuelvo? —gritó al vacío.

—Solo piénsalo y lo harás —resonó la voz de su padre.

Jane visualizó a Luke con todas sus fuerzas. Al abrir los ojos, la realidad la golpeó con la frialdad del mármol. Estaba rodeada de ángeles en su forma real: siluetas de luz con demasiadas alas y ojos que no parpadeaban. Parecían desconcertados por su "resurrección". Cuando se acercaron con sus espadas de fuego azul, Jane sintió el filo rozando su garganta. Aceptó su destino por un segundo, pero luego una chispa de furia demoníaca se encendió en su pecho.

Sus ojos se tornaron negros, una oscuridad tan profunda que parecía absorber la luz de los ángeles. Con un movimiento felino, sujetó el brazo del ángel más cercano y lo aplastó con una fuerza sobrenatural. La criatura se disolvió en chispas, dejando solo a uno frente a ella.

—Tú me sacarás de aquí —amenazó Jane—. Nos dejarán en paz.

—Queremos hacerlo... pero no podemos... —el ángel no terminó la frase; su cuerpo estalló en llamas espontáneas hasta quedar reducido a cenizas.

Jane no perdió tiempo. Usó el "Lin" nuevamente y apareció en una estructura derruida. Allí estaba Luke, en un estado deplorable. Tenía la nariz rota, el labio partido y sus ojos azules estaban casi cerrados por la inflamación de los golpes. Jane se lanzó hacia él, tomando su rostro entre sus manos y besando su frente con una delicadeza que contrastaba con la violencia del lugar.

—No te dejaré —susurró ella.

—Jane, vete... ¡ahora! —exclamó Luke, apartándose con esfuerzo—. Antes de que él vuelva.

—¿Quién?

—Él... solo falta el elemento fundamental para el ritual. ¡Huye!

Jane le dio un beso rápido y amargo en los labios antes de alejarse por los pasillos de lo que parecía ser una iglesia abandonada, llena de bancos volcados y estatuas de santos decapitados. Intentó avanzar, pero chocó contra una barrera invisible, un escudo de energía pura que le impedía el paso.

—Eres un demonio. Hasta aquí llegas —dijo una voz gélida.

Una figura encapuchada emergió de las sombras, sosteniendo el libro de Luke. Jane trató de arrebatárselo, pero el extraño lo lanzó lejos, manteniendo el escudo alzado entre ambos.

—Dame ese libro —exigió Jane—. No te pertenece.

—Estoy seguro de que tampoco le pertenece a la familia Rose, ni a ti —replicó el hombre, acercándose lentamente.

Cuando la luz de un vitral roto iluminó su rostro, Jane sintió que el mundo se detenía. La capucha cayó, revelando facciones que ella conocía demasiado bien, pero que no tenían sentido en aquel lugar de muerte. Era él. El misterio finalmente tenía un rostro, y era el de alguien que Jane nunca esperó encontrar en el bando enemigo.




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