1. Oscuros: el libro prohibido

Capítulo 23

Luke permanecía de rodillas sobre el suelo de piedra, con las manos aún calientes por la sangre de Jane que se enfriaba rápidamente bajo sus uñas. El mundo a su alrededor era un borrón de gritos y acero chocando, pero para él, el silencio era absoluto. Había visto la luz extinguirse en los ojos de la única persona que le daba un propósito, y la culpa le corroía las entrañas como ácido. No había gritado, no había luchado; simplemente se había quedado allí, congelado en una parálisis de horror mientras el hilo de la vida de Jane se cortaba frente a él.

De la neblina de la batalla emergió Dean Rose. Caminaba con una calma insultante, esquivando los cuerpos caídos con la elegancia de un espectador en una función de teatro. Su rostro no mostraba dolor, ni sorpresa, solo esa arrogancia aristocrática que era la marca registrada de su linaje. Se acercó a su hijo y lo tomó del brazo con una fuerza que buscaba arrancarlo de su duelo.

—Levántate, Luke —ordenó Dean, su voz era un látigo de autoridad—. Ya no hay nada para ti en este suelo.

Luke se rehusó. Se ancló a la tierra, forcejeando con todas sus fuerzas para no soltar el vacío que Jane había dejado. Sus ojos, antes brillantes con una chispa de esperanza, ahora eran dos pozos de oscuridad.

—¡Suéltame! —rugió Luke, con la voz rota—. Murió en mis brazos... la dejé morir. ¡Tú sabías que esto pasaría!

Dean lo observó con una mezcla de lástima y desprecio, como quien mira a un animal herido que no comprende el sacrificio que se ha hecho por él. Con un movimiento brusco, lo obligó a ponerse en pie, hundiendo sus dedos en el hombro de su hijo.

—Tú no podías morir, Luke. Tu sangre es demasiado valiosa para que los ángeles la derramen en un patio de entrenamiento —dijo Dean, mientras lo arrastraba lejos del cuerpo de Jane—. Pero ella... ella tenía una función que cumplir. Una muy importante.

Luke se detuvo en seco, obligando a su padre a encararlo. El aire entre ambos vibraba con una tensión asesina. El joven Rose buscó en las facciones de su padre algún rastro de engaño, pero solo encontró la fría certeza de un plan ejecutado a la perfección.

—¿Todo esto ya estaba escrito? —preguntó Luke en un susurro que apenas lograba ocultar el temblor de sus labios—. ¿Cada herida, cada ingrediente, su muerte... todo era parte de tu guion?

Dean asintió con una lentitud solemne. El resplandor de los ángeles negros de fondo silueteaba su figura, haciéndolo parecer un demonio primordial.

—Te contaré todo, Luke. Toda la verdad que tus maestros y tus amigos te han ocultado por miedo —prometió Dean, guiándolo hacia las sombras de la mansión Rose—. Jane Mitchell no fue una víctima del azar. Fue el sello que necesitábamos romper. Ven conmigo, y entenderás por qué su muerte es el primer peldaño de tu verdadero trono.

Luke caminó, pero su corazón se quedó atrás, junto al cuerpo inerte de la chica que amaba. Mientras se alejaba, comprendió que la guerra que acababa de empezar no era contra el Cielo, sino contra el destino mismo que su propio padre había ayudado a redactar con sangre en un libro que él no deseaba ser un personaje.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.