30 días para no Enamorarme

Capítulo II

DÍA 2 — EL CHOQUE

POV: Thiago

Si el Día 1 había sido un desastre...
El Día 2 prometía convertirse en una guerra.

Lo primero que vi al abrir los ojos no fue el techo de mi habitación.
Fue un mensaje de Lucas.

*Lucas:* Día 2, campeón. Recuerda: tres segundos máximo.

Debajo había un sticker de un pollito contando con las alas.
Idiota.

Ni siquiera eran las siete de la mañana y ya estaba arruinándome el día.
Apagué la alarma, dejé el celular sobre la mesa de noche y me quedé mirando el techo unos segundos.

Todavía podía sentir el cansancio del entrenamiento del día anterior.
Y, por alguna razón que me negaba a analizar, también recordaba el roce de mi mano con la de Valentina.

No.
Eso no había pasado.
O mejor dicho, sí había pasado, pero no significaba absolutamente nada.
Había sido un accidente.
Nada más.

Me levanté de la cama decidido a no cometer los mismos errores.
Hoy sí iba a respetar las reglas.
No hablarle.
No mirarla.
No pensar en ella.

Parecía sencillo.
Cinco minutos después ya estaba pensando en cómo evitar sentarme demasiado cerca de ella.
Genial, Benítez.
Ni siquiera habías salido de casa.

Llegué al colegio quince minutos antes de que sonara el primer timbre.
Mi brillante estrategia consistía en entrar al salón, dejar la mochila, sentarme y concentrarme únicamente en las clases.
Sin conversaciones.
Sin discusiones.
Sin problemas.

Subí las escaleras del edificio principal con las manos en los bolsillos.
Los pasillos todavía estaban medio vacíos.
Perfecto.
Tal vez por una vez la suerte estaba de mi lado.

Entré al salón.
Y la suerte volvió a reírse de mí.

Valentina ya estaba sentada en la banca cuatro.
Obviamente.

Tenía el cuaderno de tapa verde abierto frente a ella y escribía con una lapicera rosa mientras hablaba con Sofía, su mejor amiga.
Las dos se rieron de algo.
No entendí el chiste.
Ni quería entenderlo.

Pero escucharla reír me hizo levantar la vista por reflejo.
Error.
Uno...
Dos...
Tres...
Aparté la mirada inmediatamente.

Regla dos.
Casi rota en menos de diez segundos.
Excelente comienzo.

Respiré hondo y caminé hasta mi lugar.
Dejé la mochila sobre la banca.
Ella levantó apenas la vista.
—Buenos días.
Su voz era tan neutra como la mía.
—Buenos días.

Eso fue todo.
Ninguno agregó nada más.

Era curioso.
Después de diez años discutiendo por cualquier tontería, ahora éramos capaces de guardar un silencio absoluto.
Supongo que el orgullo también se cansa de hablar.

Me senté.
Los famosos cinco centímetros de zona de guerra seguían ahí.
Exactamente iguales que el día anterior.
Ni un milímetro menos.
Ni uno más.

Saqué el cuaderno intentando concentrarme en cualquier otra cosa.
En las ventanas.
En el pizarrón.
En el reloj.
En lo que fuera.

Solo que mi cerebro parecía decidido a jugar en mi contra.
¿Por qué siempre usaba lapiceras rosas?
¿Por qué su letra era tan ordenada?
¿Por qué parecía escribir tan rápido?

Sacudí la cabeza.
No.
Eso ya era demasiada información sobre alguien que, en teoría, me daba igual.

El profesor de Historia entró al salón con una carpeta enorme bajo el brazo.
—Buenos días, chicos.
Todos respondimos al saludo.
—Hoy continuaremos con el conflicto del Chaco y veremos cómo influyó en el desarrollo político de la región.

Abrí el cuaderno.
Esta vez sí iba a prestar atención.

Durante casi cuarenta minutos lo conseguí.
Tomé apuntes.
Respondí un par de preguntas.
Incluso olvidé por momentos que Valentina estaba sentada a mi lado.

Hasta que el profesor cerró su libro.
—Antes de terminar la clase voy a dejarles un trabajo.

Toda la clase soltó un quejido.
El profesor sonrió.
—Será un ensayo de tres páginas. Lo harán en parejas y lo entregarán el viernes.

Algunos comenzaron a mover las bancas.
Otros ya buscaban con quién trabajar.
Entonces llegó la frase que terminó de arruinar mi mañana.
—Trabajarán con el compañero de banca.

Silencio.
Lentamente giré la cabeza.
Valentina hizo exactamente lo mismo.
Nuestros ojos se encontraron apenas un instante.
Ninguno dijo nada.
Después de todo, no había nada que discutir.
Las reglas del profesor eran bastante claras.

—¿Algún inconveniente? —preguntó él al notar nuestro silencio.
Negué enseguida.
—Ninguno, profesor.
—Perfecto. Entonces comiencen a organizarse.

Esperé unos segundos antes de hablar.
Solo era un trabajo.
Solo una conversación necesaria.
No significaba nada.

—¿Qué tema prefieres?
Ella cerró el cuaderno con calma.
—El que sea. Mientras terminemos rápido.
Asentí.
La respuesta era exactamente la que esperaba.
—Podemos hacer la Batalla de Boquerón.
—Está bien.

Silencio otra vez.
El profesor seguía caminando entre las bancas revisando que todos estuvieran trabajando.
No teníamos escapatoria.

—Yo puedo hacer la introducción y la conclusión —dijo finalmente.
—Entonces yo desarrollo el tema principal.
—Perfecto.

Eso era todo.
Cuatro frases.
Ni una más.
Ni una menos.

Y, aun así, sentía que Lucas encontraría la manera de decir que había roto la primera regla.
Porque, técnicamente...
Sí le había hablado.
Aunque fuera estrictamente necesario.

Y eso era lo que más me molestaba.
Que mis propios amigos seguramente iban a disfrutar recordándomelo durante todo el recreo.

El timbre del recreo sonó y sentí un alivio casi ridículo.
Cerré el cuaderno de golpe.




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