El camino de regreso fue tormentoso, seguía el mismo paso que todas sus compañeras, una a una caminaban en fila al mismo ritmo, sin adelantarse, sin impacientarse. De buena gana Jael hubiera avanzado con mayor rapidez, pero haciendo un esfuerzo en dejarse llevar por el comportamiento de quienes estaban a su alrededor se convenció de que lo mejor era hacer lo mismo. Se preguntaba si alguien más se sentía igual o si era solo ella, sus compañeras eran numerosas, no era posible que a pesar de estar rodeada de otros ángeles estuviera tan sola.
Llegaron hasta una torre, cilíndrica y muy alta. Por la puerta ancha bien podrían entrar varios ángeles al mismo tiempo, pero la larga fila no se rompía, nadie adelantaba a nadie.
«¿Por qué no avanzan ellas más rápido? ¿Por qué no avanzo yo más rápido? —interrogaba para sus adentros— ¿Por qué siento que algo estará muy mal si me atrevo a hacer algo diferente a mis compañeras? No hay advertencias, pero es como si ya lo supiera, debo actuar del mismo modo aunque me cueste».
Esperaba su turno mientras avanzaba con la misma lentitud, no se atrevía a evidenciar su malestar ni con el más mínimo gesto físico.
La canción aún se escuchaba, el ambiente estaba oscureciendo, las Luces se encontraban casi todas dormidas en los árboles blancos que marcaban el límite de Hogar. Nadie le había explicado nada, pero de pronto lo supo, había llegado la hora de esperar el día siguiente.
El cosmos comenzaba a verse de nuevo debido a la ausencia de luz, quería alzar la mirada y contemplar con asombro, pero no se lo permitió, era peligroso, percibía de manera instintiva que debía calmarse aunque algo dentro de ella le suplicaba hacer lo indebido.
Una vez dentro de la Torre comenzó a subir por la al parecer interminable escalera de espiral, copiaba los movimientos de sus compañeras y reprimía sus propios gestos.
Llegó a una pequeña habitación, no tenía su nombre, no había un número, nada que indicara que ese era su puesto, pero sabía que debía estar en ese lugar. Una vez dentro se encontró sola y pudo moverse a su antojo.
Enseguida se acercó a las paredes, parecían hechas de nube al igual que el techo y suelo, las tocó y se dio cuenta de que al atravesarlas con la mano algo impedía el paso más allá. Eso quería decir que no había otra salida. Se sentía encerrada, no cabía dudas de que el ambiente excedía de belleza a pesar de su simpleza y si hubiera sido capaz de sentir comodidad y el descanso fuera necesario para ella la hubiera pasado muy bien allí instalada en aquella encantadora prisión a pesar de no tener nada en su interior, era un espacio rodeado de nubes con una ventana.
«¿Y eso? ¿Qué es?»
La ventana, no había reparado en su existencia, pero aunque se acercó a ella no pudo ver mucho, era como si algo nublara la verdadera vista.
La canción acabó, ella pudo estar segura de que para ese momento todas estaban dentro de la torre, y que afuera ya no había más que oscuridad, solo el resplandor de las estrellas daba una tenue iluminación a Hogar, la suficiente como para conducirse sin perderse, pero no podía haber nadie afuera, no se sentía correcto.
«¿Y ahora cómo hago para esperar? Sé que tengo que quedarme aquí, pero ¿por cuánto tiempo?»
Intentó estar quieta, no solo era el silencio que la aturdía, sus piernas se movían casi de manera involuntaria a pesar de que trataba de hacer un esfuerzo para controlarlas. Se paseaba de un lado a otro de la habitación, pero esta era tan pequeña que era casi como si anduviera en círculos.
Jael se acostó en el suelo cuando sintió que no podía soportarlo más, miró hacia arriba, intentó quedarse así, pero no le fue posible. Se acostó de lado, subió las piernas y los brazos. Se puso de pie de nuevo, la urgencia de moverse no la dejaba estar en paz.
Lo intentó, con todas sus fuerzas trató de soportar el impulso, pero no fue capaz, sus piernas habían dejado de responderle y profesaban su voluntad. No parecía haber nadie vigilando, ¿por qué no hacerlo?
El peligro a ser descubierta la acechaba, sin embargo se sentía mejor en ese momento que repitiendo todo lo que los demás hacían.
«No puedo soportarlo más, tengo que salir de aquí»
Salió de su lugar y comenzó a descender las escaleras, quería hacerlo con un ritmo diferente al que había empleado durante todo el día, no había nadie observando así que ¿por qué debía de volver a imitar la misma tranquilidad y calma? ¿Por miedo? Al principio descendió con extrema calma, como si al mero contacto de sus pies con las escaleras estas mismas pusieran sobre aviso que alguien trataba de escapar. Pero al ver que nada ocurría terminó por descender con velocidad y muy pronto estuvo en las afueras de la torre.
Miró alrededor, no había nadie allí, todo estaba despejado, el silencio reinaba, las Luces dormían, todo estaba dispuesto a su favor, casi como si alguien o algo ansiara que ella escapara. Ya conocía el campo de arena amarilla donde estaba segura que iría al día siguiente, había presenciado la torre que llaman Centro, donde había sido su bienvenida, ¿A dónde podía ir? No lo tuvo que analizar mucho, solo habían dos posibilidades, al menos que ella lo supiera, el Lago Negro y el Límite donde las Luces dormían.