A través del semestre

A un océano de distancia

Estacioné el auto y mi hermano se bajó sin mirar atrás.

«Que modales de miersh» pensé.

Pero la verdad no es nada fuera de lo usual. Cuando entré a la casa el aroma proveniente de la cocina me desvío de mi destino.

– Cariño, ¿cómo estuvo el primer día? – preguntó sonriente mi madre. Llevaba un moño impecable, no podía decirse lo mismo de su delantal.

– Meh, la verdad es que no estuvo tan mal. Pero se sintió raro. ¿Qué cocinas? –  me incliné sobre el desayunador para tener una mejor vista.

– Estofado – respondí con un mmmmm, mientras ella continuaba:– sí amor, supuse. Extrañas a Max. –Asentí –¿Has sabido algo de Alena? –intentó sonar despreocupada pero se notó la mentira.

–¿Cuando se fue? –Si mamá se atrevía a preguntarme a mí, yo sería una de las últimas en recibir una llamada de ella, es que realmente estaba preocupada.

–Ayer en la mañana, para ir al trabajo.

–Ya le preguntaste a Benja, imagino.

–Sí, pero me ignoró. – Dejó de vigilar lo que cocinaba para mirarme un instante. – Es que si llamo de nuevo a la policía… probablemente me ignoren, justo como tu hermano. –Se cubrió el rostro con las manos.

–Tranquila mamá, ya volverá. – la abracé.

–Espero. Ve amor, haz lo tuyo y baja a cenar más tarde. –dijo limpiandose las lágrimas con un pañuelo, obviamente ya había llorando.

Era normal que mi melliza desapareciera, ella era así, libre. Además, siendo mayor de edad, ¿no era lo que se esperaba?

Claro, pero mis padres eran distintos, ellos querían a todos aquí. Tenían miedo, o algo, de quedarse solos. Alena ya volvería, le encanta llamar la atención, y las entradas dramáticas le encantan más todavía.

Entre a mi cuarto y prendí la televisión, busqué pero no había nada interesante así que sólo lo dejé con una serie vieja. Es una vieja y mala costumbre. Saqué mis cosas de la mochila y las deje en mi escritorio.

Pensé que sería un buen momento para llamar a Max. Son cinco horas de diferencia, así que allá serian la una de la madrugada. No es tan buena hora, «igual lo llamaré».

Busqué mi celular y no lo encontré. En la mochila no. En el pantalón no. En el abrigo que traía no. Me puse una campera sobre el pijama y salí de la casa. Afuera estaba refrescando. En el auto tampoco encontré el celular. «Benjamín»

Fui al cuarto de mi hermano, estaba frente al mío. Llamé y enseguida abrió la puerta, en calzoncillos. Puse los ojos en blanco y le dije:

–Ponte algo baboso.

–Meh. ¿Qué quieres?

–¿Has visto mi celular?

Se apoyó en el marco de la puerta. Tenía su pelo rubio un poco largo y se lo acomodó.

–¿Crees que te lo robé? – fingió cara de sorpresa.

Me encogí de hombros.

–Yo no lo tengo. –dijo cortante –Ten mi celular. Llama al tuyo, quizás te lo robaron o lo perdiste.

Tomé su celular y le hice un gesto. Yo jamás pierdo algo. Marqué mi número.

–¿Hola? –pregunté cuando alguien respondió.

–¡Hola chica! Tengo tu móvil. –Esa voz, ese acento.

–Ya lo noté, la pregunta es ¿por qué? – Benja me miraba atentamente.

–Lo has dejado en la biblioteca, cuando le he visto te he buscado pero, no te he encontrado.

–Mañana a las 10 en la biblioteca. –le ordené. –Y no lo revises.

Se rio y no respondió. Corté. «¿Por qué se habrá reído? ¡Tengo fotos del verano! ¡Que vergüenza!».

–Tienes una cita ¿eh? –se burló Benja. Luego se puso serio y me apuntó con un dedo–  Espera, eso está mal, tienes novio. Mi mejor amigo.

Le devolví el celular con un empujón y me fui. Dijo algo pero lo ignoré.

Con todo esto ya se era hora de la cena. Así que todos nos sentamos. Mamá y Papá siempre tomaban los extremos. Benja a la derecha de mamá. Yo a la de papá y Ciro…

–¿Y Ciro?– pregunté.

–En casa de un amigo. Una cumpleaños creo.

La cena transcurrió en calma hasta que escuché un auto estacionar y supe que la paz había terminado. La puerta se abrió y mi hermosa, había que admitirlo, hermana entró. Entrada dramática.

–Bueno bueno, veo que me esperaban a cenar.

Vi a mamá aflojar su tensión, a papá tensionarse y a Benjamín reírse por lo bajo.

–Hola hermanita. – Se sentó a mi lado y se sirvió en el plato extra que, por costumbre, siempre se pone de más.

–¿Dónde estabas?– Preguntó mamá casi sollozando.

Alena puso los ojos en blanco y respondió:

–Por ahí. No seas metida.

–Ojo como le hablas a mamá. –le respondió Benjamín amenazador.

Ella abrió la boca para responder pero no lo hizo. Agarró su plato y se fue a su habitación, al fondo del pasillo. Cuando se fue, miré a mi padre, que era el único además de mamá, que tenía la autoridad de decirle algo realmente fuerte.

–¿Por qué no le dijiste nada?

–Si abría la boca la echaba de la casa. Y tu madre no podría con eso. –señaló a mamá que ahora tenía el rostro cubierto con sus manos.

Papá se levantó y se fue. Mamá, Benja y yo recogimos la mesa. Le dijimos a mamá que se fuera a descansar y nosotros terminabamos de lavar y ordenar.

–Es mi hermana, la quiero, pero odio estas actitudes. Parece enojada con la vida, no sé. –Estaba secando un plato.

Benja me pasó otro y dijo:

–Algo la entiendo, intenta llamar la atención. No sé, quizás quiera un abrazo. –se rió – Es difícil crecer a la sombra de un árbol más frondoso. Porque tus ramas empezarán a torcerse buscando el sol. Todos los árboles necesitan sol.

Mi hermano era así, en un momento se reía de una tontería, o incluso de algo incorrecto y al siguiente momento te decía algo sabio y te dejaba reflexionando.

Alena era el árbol torcido. Mis padres el sol y yo el árbol que, cuya sombra, los separaba.



Aislinn Martin

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En el texto hay: mafia, romance, amistad

Editado: 17.10.2020

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