Blue Velvet liberó una risita.
—Está bien — Blue Velvet apartó el cuchillo y lo guardó en su media, a la altura del muslo—, supongo que tienes razón —Blue Velvet bajó las manos tocando su pecho, rozando su abdomen por encima de su uniforme negro. Tocó el cinturón que sostenía los pantalones negros. Guyana cerró los ojos. Se escuchaba el desprender de la hebilla, del metal golpeando contra otro—, existen otros métodos.
En solo un movimiento ella le quitó el cinturón.
Blue Velvet bajó colocándose de cuclillas. Guyana continuaba con los ojos cerrados, esperando lo siguiente, abrió la boca para liberar un suspiro, pero frunció el ceño al sentir nada.
Al abrirlos, vio como la silueta de Blue Velvet se alejaba con el cinturón en su mano.
—¡Espera! —Gritó Guyana y dio dos pasos.
Al segundo, un alambre había atrapado sus pies y lo jaló hacia arriba, dejándolo colgado en el aire como una presa.
Guyana liberó un pequeño grito de sorpresa. Blue Velvet giró para verlo, seguía sosteniendo el cinturón con una sonrisa llena de orgullo.
—Necesitaré esto —gritó ella para que pudiera escucharla.
—Bájame de aquí —gritó Guyana con ambas manos por encima de su cabeza.
Ambos pies se encontraban sujetos por la soga de alambre unida de igual modo a una de las vigas del techo. Eso explicaba por qué tardaba tanto allí abajo.
—¿De verdad pensaste que peleando conmigo ibas a lograr algo? Cariño, necesitas empezar a pensar con la cabeza correcta… y no me refiero a la que tienes en los pantalones —dijo Blue Velvet con una sonrisa amplia y venenosa. Giró su muñeca con elegancia, haciendo que el cinturón se enroscara en su brazo y se fundiera con su guante como si fuera alta costura de guerra—. Gracias, Guyana. Ha sido divertido… cómo calentar antes de lo verdaderamente importante. Eres insufrible. Y sí, te odio.
Guyana la asesinaba con la mirada.
Blue Velvet trepó ágilmente sobre una caja y, sin perder el impulso, se impulsó hacia un nivel más alto. Iba de cajón en cajón, usando los cofres como improvisadas escaleras, hasta alcanzar una ventana abierta. Con un último salto, se deslizó por el borde y desapareció al otro lado.
Detrás de ella, el aullido lejano de las sirenas rompía el silencio, acercándose cada vez más a la fábrica.
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—¡Pelea como una profesional! —Exclamaba Cooper con una bolsa de hielo en su cabeza tratando de relajar los moretones en esa zona.
Jeff estaba de pie, con los brazos cruzados y una mirada de puro reproche clavada en él. La dureza de su expresión, sumada al lenguaje corporal rígido, podía intimidar incluso al más temerario. A pocos pasos, Jay descansaba en una silla junto a la mesa de Cooper, como si estuviera esperando el juicio final.
El subterráneo era vasto, una mezcla de búnker y museo de guerra. Las paredes estaban forradas de pantallas, computadoras antiguas y modernas, y estanterías repletas de armas, herramientas afiladas y extrañas baratijas letales.
Alguna vez, ese lugar bullía de actividad: hombres de todas las edades, jóvenes, reclutas o veteranos curtidos, todos unidos por un propósito común. Pero el tiempo había hecho lo suyo, y ahora solo quedaban tres. Tres sobrevivientes rodeados de máquinas, autos modificados con cañones, y todo tipo de utensilios preparados para una guerra que parecía no terminar jamás.
Cooper permanecía sentado en una mesa blanca, conocida entre ellos como «la mesa de operaciones», un lugar donde los planes se trazaban o se desmoronaban.
—Prometiste que no saldrías tú solo —habló Jeff con fuerza.
—Y tú prometiste no confiar en mí. Supongo que ambos estamos decepcionados —esta vez, Cooper hablaba con la misma tonalidad de firmeza que Jeff—. Para ti nunca necesitas ayuda, siempre estás solo y al ver cómo había una deformidad en la electricidad sabía que debía de ir. Sabes que cada vez que hay una cosa rara en la electricidad es porque deben de estar matando a alguien. Y en ese caso tenía razón. Yo supe quién era la niña.
—Entonces una niña es la que está causando tanto alboroto —dijo Jay alzando ambas cejas—. Tenemos algo de información.
—Información que nos costó más vidas —Jeff negaba con la cabeza—. Debiste informarme. Murieron más de veinte hombres, se llevaron las armas y químicos, y aún peor, ella escapó.
—Sé más de ella de lo que tú has logrado ver.
—¿Por qué siempre piensas que tienes razón? —reprendió Jeff a Cooper.
—No siempre pienso que tengo razón. Solo sé que tú no la tienes.
—Escuchen —Jay se levantó de su asiento alzando ambas manos tratando de relajar el ambiente—, al menos tenemos algo…
—Tuviste suerte de que supieras mentir y decirle a la policía que estuviste a punto de morir por ella, si no hubieras estado en prisión, o muerto.
—Tú no eres tan implacable que digamos —Cooper entornó los ojos—. Yo tuve la idea de los guantes, yo estuve contigo hasta al final aceptando tu mal genio, yo…
—No estás obligado a hacerlo y lo sabes —Jeff alzó su voz—, todos se han ido y el que tú lo hagas no hace ninguna diferencia.