—No puedes negar que no extrañabas a Lissa, Jeff —habló Jay.
Los hermanos se encontraban en lo más profundo de la casa, en aquel escondite que ellos llamaban el puesto de reuniones. El espacio se desplegaba como una caverna artificial, vasto y frío, con paredes reforzadas que parecían tragarse cualquier eco. Decenas de monitores brillaban en la penumbra, proyectando destellos azulados que se reflejaban en los metales y vidrios de la sala. Frente a ellos se alzaban más de tres niveles subterráneos, diseñados con precisión casi militar: allí aguardaban autos de aspecto imponente, aviones de alas plegadas, helicópteros preparados para despegar en cualquier momento, además de un arsenal cuidadosamente ordenado y estantes repletos de medicinas y provisiones.
Las lámparas suspendidas en los bordes apenas arrojaban una luz mortecina, incapaz de vencer del todo la oscuridad. Era el resplandor incesante de las pantallas lo que terminaba de dibujar el contorno de cada máquina, cada artilugio, como si todo el lugar respirara al ritmo eléctrico de sus circuitos. Bajo aquella mezcla de sombras y fulgores, el puesto no parecía una simple sala oculta, sino el corazón palpitante de una fortaleza subterránea.
—Esa idea no es compatible conmigo —dijo Jeff aún sentado en la silla frente a la computadora.
Sus manos se entrelazan entre sí mientras cubría sus ojos llenos de cansancio. No quería admitir que tenía días sin dormir y eso lo agobiaba. No podía dormir sin pensar que Darrin estaría dando vueltas por las calles pensando en asesinar Aberrantes inocentes, antes de saber que era Lissa, también estaba agobiado por la presencia de una segunda persona que asesinaba a los malos.
—Ese caparazón de chico malo se va a ir destruyendo poco a poco —dijo Jay reclinando su espalda en la pared. El único espacio que existía que no era ocupado por una pantalla o artefactos—, si Lissa lo hizo una vez puede hacerlo de nuevo.
—Espero que hables de manera amistosa porque ahora es dos décadas menor que yo —habló Jeff por encima de su hombro.
Jay rio entre dientes.
Hacía unos minutos, cuando Jay escuchó a Lissa entrar en la habitación de Cooper, supo que debía dejar la mansión un momento a solas. Así que decidió ir a ver a Jeff antes de que escapara en su coche. Vio a Jeff con el traje puesto y antes de que lograra marcharse Jay lo tomó de la muñeca, le preguntó a su hermano menor a donde iba y su respuesta lo dejó desconcertado. No lo sé. Él siempre sabía a dónde iría, incluso si era mentira iba a ir a un lugar, pero Jay pudo verlo a través de sus ojos. En serio no lo sabía. Sólo quería desaparecer por unos momentos. Sabía que se culpaba por lo que ocurría con Darrin.
—Quizás te verías más joven si tomaras una siesta —Jay bajó la mirada esperando la reacción encolerizada de su hermano.
—No necesito descansar —dijo Jeff con aversión—, estoy cansado de que todos me digan lo mismo.
—Pero Jeff, es verdad. No has dormido en días.
—Lo he intentado, Jay —Jeff se levantó de su asiento para encarar a su hermano—, he puesto mi cabeza en la almohada y es cuando todas las voces dentro de mi cabeza comienzan a gritar. A culparme por todo esto. No dejo de pensar en Darrin, o en cómo aleje a todos para bien. Jenni me sigue odiando por haberla sacado del equipo, y te aseguro que Cooper está aquí sólo porque le doy pena.
—Eso no es verdad —Jay dio un paso para acercarse—, él te quiere. Te ve como su padre, o como su hermano mayor. Él está aquí porque quiere ayudarte a pesar de que lo alejas. Quiero recordarte que él no es tu enemigo ni yo tampoco.
—No —Jeff negó con la cabeza—, pero pronto lo serán como lo es Darrin.
—No puedes desconfiar de todos nosotros por un pequeño error. Si hay rencor en el corazón de todos, si hay tristeza, pero nosotros somos familia, incluido Cooper y Lissa y estamos aquí por una razón. Por ti. Sé que lo que ocurrió con nuestros padres te dolió mucho, pero solamente tú eres el que decide qué tan feliz quieres ser. No ellos. No nosotros. Sólo tú.
Jeff se mantuvo en silencio observando el suelo. Lo observaba con impotencia. Se sentía tan fatídico. Sabía que alejaba a las personas adrede, sabía que lo hacía por su bien. Y por más que convenciera a Cooper de alejarse del mundo de las peleas, iba a hacerlo individualmente, lo que lo haría peor. Lo conocía como la palma de su mano. Jay no iba a alejarse por más que lo intentara, era su hermano. Vivían en la misma casa, por Dios.
Luego estaba su nuevo miembro temporal. Lissa. Una asesina. Lo iba a ayudar sin importar qué. También la conocía como la palma de su mano.
Es realmente extraño cuando sientes ese dolor en tu pecho y en tu estómago cuando algo realmente te duele. Es tan ajeno a ti.
—No puedo controlar el futuro de ustedes —aceptó Jeff con rendición—, así que si quieren seguir en este trabajo sin paga está bien.
Jay sonrió y volvió a reclinarse en su lugar.
—¿Sabes? —habló Jay viendo como su hermano continuaba de pie—, quizás Cooper se parezca a ti, pero también lo es Darrin. Es decir, por sus maneras tan toscas de ser, tan cínicos y confiados de que el mundo está ante sus pies.
—Eso no me hace sentir mucho mejor, hermano —Jeff se volvió a sentar en su respectiva silla sin saber qué teclear en la computadora.