Aberrantes

Capítulo 30 - Qué labia

El sonido de los vasos al caer despertó a Cooper. Se sentó en la cama, percatándose de que Lissa no estaba a su lado. La cama estaba vacía. Un nuevo estruendo metálico lo alarmó, impulsándolo a levantarse. Rápidamente, se puso los zapatos y su camisa negra ajustada, ya que llevaba puestos los pantalones de su uniforme. Tomó la vara que estaba junto a su cama, aferrándose al frío metal.

Abrió la puerta de la habitación con sigilo y caminó silenciosamente hacia los escalones, sujetándose de los barandales. Rodeó la pared y permaneció allí unos segundos, escuchando cómo el ruido se hacía casi intencional, como si al intruso no le importara ser cuidadoso. La primera idea de Cooper fue: «Es una trampa». Aunque de alguna manera se sintió atraído, no pudo evitarlo.

De un salto, se acercó a la cocina y se detuvo en el umbral, observando al intruso.

No era un ladrón ni un asesino. Era todo lo contrario.

Era Lissa.

Lissa cerró la puerta del refrigerador, manteniendo la mirada de confusión fija en Cooper. Se había cambiado de ropa: ya no llevaba la camiseta negra de la famosa banda indie, sino un pijama completo de Hello Kitty que cubría su cuerpo de pies a cuello, como un traje. Solo le faltaban los guantes.

Cooper bajó el arma, escudriñando a Lissa de arriba abajo.

—Me asustaste —dijo él—, creía que eras un asesino o Darrin.

—Qué paranoico —dijo Lissa y tomó de su vaso de agua.

Cooper la vio de arriba para abajo.

—¿Qué traes puesto? —preguntó con repulsión.

—Es un pijama, dah —respondió Lissa como si fuera obvio—, en todo caso yo soy la que te tiene que preguntar ¿Qué haces tú vestido así? No siempre debes usar tu traje.

Lissa se acercó al lavadero y dejó su vaso vacío para lavarlo luego, o quien fuera que lo lavara.

—No es un traje —habló Cooper con tono despectivo—, es un uniforme.

—Lo que tú digas, cabeza de huevo —Lissa se acercó al umbral solo para rodearlo y llegar a su habitación.

Sin embargo, Cooper se puso en medio aún con la vara en su mano. Ella entornó sus ojos llenos de repulsión.

—¿Por qué siempre tienes que ser tan testaruda? —preguntó él perdiendo la paciencia—. Casi te matan, te salvé la vida y ni siquiera pudiste decir gracias.

—Porque eso es lo que quieres —Lissa colocó su dedo índice encima del pecho de Cooper—, quieres que todo el mundo agradezca tu trabajo, porque crees ser superior a los demás.

—¡De eso hablo! —murmuró Cooper para no ser escuchado entre todas las habitaciones—, ¡Siempre estás insultándome! Ni siquiera sé qué es ser cabeza de huevo.

—No te estoy insultando —Lissa colocó los ojos en blanco—, te estoy describiendo.

—Entonces vamos a describirte —Cooper extendió su mano y con los dedos comenzó a contar—, eres irritante, una asesina, te ríes por absolutamente todo, crees que por ser linda puedes salirte con la tuya…

—Espera —intervino Lissa con los ojos como platos—, ¿Piensas que soy linda?

—No quise decir eso —Cooper entornó los ojos—, sino que eres irritante.

—¿Y me odias por ser irritante? —habló Lissa con una sonrisa desdeñosa.

—No odio a nadie —negó Cooper con la cabeza—. O me caes bien o no me importas. Y tú eres la segunda.

—¿Todo porque me gusta hacer lo que hago? —Lissa se volvió una corriente eléctrica por unos segundos y atravesó a Cooper hasta llegar a la sala. Él giró para verla quién continuaba con su pijama de Hello Kitty, y caminaba en dirección a las escaleras—, disculpa, pero no todos golpeamos con una mirada seria. Me gusta lo que hago, mi trabajo es más como un hobby —Lissa se encogió de hombros fingiendo no darle importancia.

—No es eso —Cooper apuró el paso para estar al lado de Lissa—, es que tú te diviertes asesinando gente y nosotros tomamos este trabajo muy en serio. No asesinamos, mandamos a personas que lo merecen a la cárcel.

Lissa colocó los ojos en blanco. Esta iba a ser una larga noche de discusiones. Nunca pensó que así se sentiría llevar a un hombre a la cama.

—No quiero ser cruel ni nada —comenzó a hablar Lissa aún en los peldaños. Ambos se encontraban en mitad de las escaleras, continuaban discutiendo y no sabían desde hace cuantos minutos—, ¿Pero por cuánto tiempo sus asesinos se quedan en la cárcel antes de salir como si nada, o siendo rescatados por hombres de la mafia?

—Escucha —dijo Cooper. Estaba a solo un escalón por debajo de Lissa—, no juzgues mis opciones si no entiendes mis razones.

Lissa entornó los ojos llenos de desprecio. Sabía que había escuchado esa frase de algún lugar. No recordaba si estaba en una película en una de esas imágenes jodidamente motivacionales. El punto era que le estaba engañando.

—Eres un imbécil.

—¿Por qué? —preguntó Cooper frunciendo el ceño.

—Porque sí —Lissa colocó los ojos en blanco.

—Me cago en dios, qué labia. Me has convencido.

Lisa abrió su boca para decir algo más, sin embargo, algo la detuvo. El ambiente. Era un poco peculiar.



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En el texto hay: poderes, peleas, aberrantes

Editado: 18.03.2026

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