Albino: Bajo la cubierta de sangre Ii

Capítulo XIII: Fragancia

FRAGANCIA •

Con el cuerpo empapado en sangre y las manos llenas de culpa, me encontraba corriendo una vez más a través del bosque, aunque esta vez no estaba huyendo de nadie, estaba escapando de mis propios recuerdos y de lo que acaba de hacer.

Ferid, literalmente me había obligado a hacerlo.

El maldito tenía el poder de meterse en tu mente y husmear dentro de tus recuerdos, él podía cambiarlos y controlarlos a su antojo. Te hacía ver cosas que no querías, él podía transformar lo que fuera con tan solo pensarlo.

—¡Maldición! —grité de rodillas cuando estuve en el arroyo—. ¡¿Por qué tú?! ¡¿Por qué ahora?!

Me sentía impotente. No podía deshacerme de la irritación y miseria que sentía, Ferid había dicho que me haría ver lo que había en mi corazón y así había sido, él me había mostrado lo que con tanto esfuerzo había reprimido y era repugnante.

—Maldito —blasfemé diciendo una y mil veces su nombre.

En verdad estaba sufriendo.

Recientemente me había puesto a pensar en por qué teníamos que sentir algo por alguien, no importaba si era lo más mínimo. Bajé la cabeza, si este sentimiento no existiera no tendría por qué sentirme así de devastada, pero lo cierto era que era inevitable. Ferid me había forzado a sentir algo que ya no quería; pero cuando él quitó su mano de mi rostro y yo miré a mi frente no pude enviar sumergirme en la profundidad de mis recuerdos…

✤✤✤✤✤✤

—¿Mathew? —siseé apenas, cuando Ferid hizo pasar aquel chico el cual supuse había visto hace un momento en aquella celda.

Tenía la cabeza baja, iba descalzo y sin camisa, usaba solo una bermuda de manta, igual que los vampiros que estaban cautivos. Al principio no pude reconocerlo, pero cuando él levantó su rostro y sus ojos azules me miraron… pude hacerlo.

Era él, era Matthew.

Tallé mis ojos. No podía dar crédito a lo que veía. Él estaba muerto, pero, aun así lo estaba viendo. Matthew estaba frente a mí, su fisonomía, su aspecto, su aroma; el estrepitoso sonido de su corazón y el ritmo acompasado de su respiración, todo era igual, excepto por su voz, la cual no había escuchado todavía.

—¿Qué es esto? —pregunté hacia Ferid, con mi rostro lleno de incredulidad.

Literalmente mi cuerpo se paralizó. No solo por el aroma que aquel chico desprendía sino porque estaba asustada, temía que en cualquier momento dejará de controlar mis instintos y me lanzará sobre él para devorarlo.

—Es solo un pequeño regalo.

Me contestó con el rostro frío.

—¿Regalo? —repetí con los labios temblorosos.

Si esta era una clase de regalo, no lo quería.

Era una maldita tortura.

¿Por qué Ferid me estaba haciendo esto?

¿Acaso no le bastaba con haberme hecho daño? ¿Acaso no conocía el dolor de perder a alguien y saber que no podrías volver a verlo jamás? O era solo que le divertía verme sufrir. ¿Acaso era verdad que yo tenía sentimientos por Matthew?

Era cierto que yo lo quería, pero siempre lo había visto como a un hermano o al menos eso era lo que siempre me decía.

Ambos habíamos crecido juntos, habíamos construimos muchos recuerdos, él siempre estuvo a mi lado y, aun así, yo… jamás lo reconocí, siempre trate de dejar las cosas en claro, sin embargo, como siempre, había fallado. Fracasar era algo que se me daba muy a menudo, así que ya no era de sorprenderse.

—Como estabas tan molesta… —Lo escuché decirme—. Imaginé que el verlo de nuevo lo solucionaría. Después de todo, ese chico te gustaba y el haberte enterado de su deceso… Bueno, creo que fue un gran impacto para ti —susurró a mi oído derecho—, aunque si lo prefieres… puedo cambiar lo que tienes aquí—. Señaló al tocar una de mis sienes cuando terminó de rodearme—. Por lo que tienes aquí.

Sentir el roce de su dedo sobre mi pecho me exaltó.

No quería que él hiciera eso, estaba casi segura de que si Ferid me hacía ver lo que había en mi corazón vería a Edward y eso era algo que no quería. No quería confundirlo con nadie más, no quería perder la cabeza y lo poco de cordura que me quedaba.

—O prefieres que solo libere tus instintos —culminó con media sonrisa—. Porque podría hacer eso. Podría hacerte olvidar lo que sientes aquí y ahí —dijo, señalándose a sí mismo los lugares que antes había tocado de mí—. E intercambiarlos por ese deseo inherente que sentiste de asesinar a ese maldito lobo.

Mi respiración se detuvo al final de su frase.

¿Cómo era que él sabía sobre eso? ¿Acaso nos había visto?

No quise escuchar más y di media vuelta, dispuesta a marcharme, no importaba si me estaba muriendo de hambre o si aquel chico estaba dispuesto a sacrificarse, de cualquier forma, ya nada importaba, estaba furiosa. Además, me había prometido no beber nunca más la sangre de un humano.

Pero no era como si me mandará sola, había olvidado que ahora estaba bajo el régimen y cuidado de un vampiro que, podía manipularme a su antojo.




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