Albino: Bajo la cubierta de sangre Ii

Capítulo XV: Jauría

JAURÍA •

Los seis impenetrables rostros que estaban frente a mí lucían fuera de contexto. Se veían fríos y estoicos, aunque a decir verdad no me sorprendía en lo absoluto, mucho menos la cara de una de ellos, todos se habían puesto a la defensiva. Habían tomado una posición de ataque mientras se congregaban en un pequeño espacio alrededor de una mujer, supuse ella sería su líder.

Una deliberada sonrisa surco mis labios.

Sabía que no sería fácil llegar hasta ella, traspasar a cinco vampiros de diferentes etnias suponía una tarea difícil, aunque para ser sinceros yo esperaba que su líder fuera como siempre, un hombre, tal vez el más viejo por la experiencia; pero lo cierto era que se trataba de la mujer más joven, es hermosa por naturaleza, de un cabello rojo cobrizo y ojos color miel.

Haciendo una rápida comparación con ella yo no estaba tan mal. No le pedía absolutamente nada a mi cuerpo o apariencia, es un poco más alta, tal vez me sacaba unos diez o quince centímetros, su complexión también era liviana o al menos eso supuse, su volumen no se comparaba a la mujer con más años de experiencia que estaba frente a ella, protegiéndola. Sonreí ladina, esta otra, por su parte era igual o un poco más alta que yo, con un cuerpo bastante voluminoso y proporcionado en la parte superior, eso se notaba por encima de su capa, la cual cubría solo su cuello, el resto lo llevaba abierto, dejando visible ante los ojos de cualquiera su blanco y carnoso pecho.

Mientras que los otros cuatro, eran los típicos vampiros de piel pálida y de ojos y cabellos oscuros, aunque lo que más me llamó la atención, fue la pequeña insignia bordada en hilos dorados en la parte izquierda de sus pechos. Deduje que se trataban de vampiros tradicionalistas, fieles a Sebastián, ya que mientras succionaba de la sangre de ese otro demonio pude ver a Itan, dándoles una vida perfecta a los pies de un descomunal trono, en donde solo pude observar los zapatos de otro ser oscuro.

Retomar esos recuerdos volvió a llenarme de rabia.

Mis nudillos crujieron y ya sea que lo haya hecho por instinto o no, hice uso de mis poderes.

No fue difícil desarme de dos de ellos, literalmente los había lanzado por los aires, destruyendo sus cuerpos cuando tocaron el suelo con la fuerza de gravedad que había aplicado. Imaginé habían sido los más débiles, generalmente eso sucedía en todos los casos, siempre se mandaban a los más tontos e inexpertos para comprobar la fuerza e inteligencia del oponente, aunque yo no les di a los otros algo con lo que pudieran tomar ventaja. Había sido tan sencillo matarlos, había sido como alzar una piedra y arrojarla o como pisar un insecto con la horma de tu zapato.

No pensaba en nada más que deshacerme de la basura que me había confundido con mi madre, porque así lo habían hecho, ellos no tenían idea de quién era yo en realidad y no esperaba que estuviesen interesados en saberlo.

—Borraré esa maldita sonrisa de tu rostro.

La voz de la vampiro más grande penetró en mis oídos con fuerza, sin embargo, no me inmute, su amenaza había sonado como música en mis oídos.

Le sonreí todavía más, no tenía caso responderle, camine hacia ellos y entonces el ataque de los otros dos hombres comenzó, uno vino directo hacia mí mientras que el otro corrió en dirección parabólica.

Los seguí, calculando sus pasos, estos no eran más que vampiros ordinarios, de hecho, mi instinto me decía que todos lo eran ya que no habían hecho uso de ningún poder especial, sus dones eran los básicos. Exhalé, luego levanté la vista al cielo mientras esperaba por ellos. La espesa neblina estaba siendo disipada por los rayos naranjas que comenzaban a acentuarse sobre mi cabeza, era un amanecer un tanto melancólico, en algún otro momento me hubiese parecido hermoso, pero lo cierto era que al verlo, ya no me impresionaba, la vasta naturaleza, su flora y su fauna no significaban nada para mí pese a que mi madre los adoraba.

Ella había crecido aquí, rodeada de todo lo que comenzaba a desagradarme, Bernerude, no era más que un lugar de tristes recuerdos, sangre y guerra.

Siempre había sido eso y siempre lo sería.

—Hmp —gemí con indiferencia mientras evadía mis pensamientos.

Tener la mente en blanco era lo que me había ayudado hasta ahora a mantenerme tranquila, concentrada. Mis habilidades estaban mejorando cada vez más y eso lo disfrutaba, bastante, al igual que cada vez que hería a alguien, ya no me sentía como antes, mis buenos sentimientos estaban muriendo sin dejar rastro de ellos; no me asustaba perderlos, no me atemorizaba no volver a sentir algo como el amor o la empatía por otros, tampoco me aterraba no volver a sentir lo que era un ser humano, ya que en realidad, nunca lo fui, nunca pertenecí a ellos y ahora es que entendía porque una parte de mí nunca había encajado y porque siempre había tratado de aislarme.

Un sentimiento parecido a la felicidad en ese instante me invadió, odio, soberbia, egoísmo, muerte… eran ahora mis palabras favoritas. Todas ellas me causaban regocijo.

De pronto, abrí mis manos y las elevé a la altura de mi pecho al tiempo en que miraba a esos dos vampiros acercarse, hice un movimiento con mis dedos en el aire y repentinamente estos se detuvieron, a pocos pasos cuando le mostré las palmas de mis manos.




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