Me quedaban cuatro meses.
Cuatro meses antes de la Fiesta del Té. Cuatro meses para aprender todo lo que Neverland no quería que yo supiera.
Empecé por lo más sencillo: los cuadros.
Había uno en cada escalera principal. Cada uno marcado con un año. Cada uno con la misma imagen básica: figuras enmascaradas de lobos en un bosque, una figura sin máscara corriendo entre ellos. La figura nunca tenía el mismo rostro porque el cuadro era una pintura, no una fotografía. Pero la postura era siempre la misma. Siempre hacia atrás. Siempre con miedo.
En el cuadro más antiguo —Generación 1991— la figura corría hacia la derecha.
En el más reciente —Generación actual— la figura corría hacia la izquierda.
No sé por qué lo noté. Solo lo noté.
* * *
Después estudié a los Wolfs.
Sin que se notara. En el comedor, en las clases que compartíamos, en el gimnasio. Seis estudiantes de último año que no tenían nada en común excepto ese algo que compartían en silencio. Los gemelos. Una chica con el cabello platinado que nunca hablaba en clase pero siempre respondía cuando la nombraban. Un chico delgado y quieto que leía en cada descanso. Otro que siempre llegaba tarde pero nunca recibía sanción. Y Kieran.
Kieran era el séptimo.
Y Kieran era distinto.
Una tarde lo encontré en el patio trasero, sentado sobre la barda que separaba el campus del bosque. No hacía nada. Solo miraba los árboles. Me acerqué sin pensar demasiado, que era un hábito mío que no siempre terminaba bien.
—¿Estás contando los árboles?
Bajó la vista hacia mí.
—Pensando.
—¿En qué?
Una pausa.
—¿Sabes que el bosque tiene salida por el lado norte?
Lo miré.
—No. No lo sabía.
—Sí.
Siguió mirando los árboles.
—Por el lado norte, si caminas cuarenta minutos en línea recta, llegas a la carretera estatal.
—¿Por qué me dices eso?
No respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz era plana, sin énfasis.
—Porque es útil saber cómo salir de los lugares.
Se bajó de la barda. Se sacudió el pantalón con calma.
—Buenas tardes, señorita Book.
Y se fue.
Me quedé mirando el bosque.
Norte. Cuarenta minutos. Carretera estatal.
Lo memoricé.
* * *
El sobre anónimo era de él. Tardé tres semanas más en confirmarlo, pero lo confirmé.
Lo vi en la papelería del campus, comprando tinta de pluma estilográfica. Azul oscura. La misma que usaba la nota.
No le dije que sabía. Todavía no.
Pero empecé a confiar en él de una manera que no sabía explicar del todo. No porque fuera amable. No porque me cayera bien. Sino porque era el único en Neverland que me hablaba como si asumiera que yo era capaz de manejar la información que me daba.
En un lugar lleno de personas que me trataban como si fuera frágil —o como si fuera un objetivo— eso valía algo.