CAP 4
INFLUENCIA EXTERNA
No fue un despertar común. Fue de esos en los que el cuerpo reacciona antes que la
mente, como si una alarma hubiera golpeado desde adentro. Sentía el pulso
acelerado y una opresión en el pecho que no tenía nombre. Algo hacía ruido.
Durante horas, ese ruido fue una sombra persistente. No era una idea concreta, sino
una sensación incómoda que se instaló en mis días y no se iba. Empecé a unir cabos:
pequeños gestos, frases sueltas y decisiones que, hasta ese momento, yo había
justificado sin pensar. Entonces llegué a la conclusión que me negaba a aceptar: algo
no estaba bien.
Aun así, me resistía a verlo. El sentimiento que tenía por Lia era tan intenso que me
cegaba. No era falta de inteligencia; era afecto puro interfiriendo en la lectura de la
realidad. Cuando uno ama de esa forma, la mente construye puentes donde debería
levantar muros.
Con ella, algo ya no cerraba. Intenté separar la emoción de la conjetura, pero su
forma de vivir se había vuelto un remolino extraño. Ya no parecía ser ella misma; sus
ideas no nacían de su esencia, sino de una influencia externa que la empujaba
siempre un poco más allá. Se había sumergido en un mundo de esoterismo,
metafísica y fantasías que empezaban a ocupar demasiado espacio, dirigiendo sus
pasos y justificando actitudes que antes no estaban.
Incluso en la intimidad, la atmósfera cambió. Lo que antes era un descubrimiento
mutuo, empezó a sentirse como un empuje constante hacia límites que no eran los
míos. Esa audacia, que al principio despertó mi curiosidad, se transformó en
inquietud cuando noté que ya no se trataba de compartir, sino de imponer.
Hasta que cruzó la línea.