Ángel de sangre

Capítulo 7. Antes del amanecer

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Antes del amanecer

 

La noche había llegado a la pequeña residencia de Aiken y pronto, él también estaba de vuelta a casa. Era una fría noche de septiembre y el aire se colaba dentro de las ventanas todavía abiertas, por lo que Aiken se apresuró a cerrarlas todas para evitar enfermar de nuevo.

Avanzó entre la gran sala, buscó señales de Levi sin lograr encontrar nada. Todas las cosas estaban ordenadas tal y como las había dejado algunas horas antes e incluso el plato de macarrones que le preparó a Levi estaba frío sobre la isla de la cocina.

Con el ceño fruncido, creyó que el chico por fin decidió marcharse para hacer cualquier cosa que necesitara. No esperó demasiado y se dirigió con tranquilidad a su habitación, en donde arrojó sin cuidado su maletín y se lanzó a la cama.

Observó el techo con atención durante un buen rato, hasta que por fin captó el leve sonido de la ducha funcionando, así que se levantó y fue a ver qué sucedía. Se sentía turbado sin estar seguro de lo que podría encontrar al abrir la puerta del cuarto de baño.

—Cassia, ¿eres tú? —inquirió, con la creencia de que era su hermana mayor. Esas visitas eran aún más esporádicas que las de su madre y, tenía ese hábito de portarse como si estuviera en su propio hogar. El silencio permaneció impasible—. Sabes que deberías avisarme cuando vienes, ¿no? No me gusta que simplemente entres como…

Unos sollozos interrumpieron su pequeño sermón y también lo alarmaron, así que decidió abrir la puerta de golpe y entrar. Esperaba que Cassia lo golpeara con algo, o que incluso le gritara pero no pensaba que fuera Levi quien se encontraba hecho un ovillo bajo el agua.

—¿Levi? —Se acercó con cuidado. El recuerdo de la reacción de Levi al decirle que debía entrar desnudo a la ducha, todavía estaba presente en su cabeza—. ¿Estás bien?

No sin algo de duda, entró al pequeño espacio designado para que el agua no se derramara y, sin importarle mucho el empaparse, posó una mano sobre su hombro y se agachó hasta quedar a su altura. Solo ese pequeño toque causó un enorme escalofrío en el joven e intentó alejarse para huir de cualquier toque que pudiera proporcionarle Aiken.

—¡Aléjate! ¡No te acerques!

Se dio una vuelta con brusquedad y sus ojos se toparon con los de Aiken. Se veían oscuros y atormentados, una terrible representación del alma de Levi en ese momento. Una proyección de un espantoso pasado del cual nunca hablaría con nadie y quedaría atrapado solo en sus memorias.

—No te haré daño. Solo quiero ayudar. —Aproximándose cada vez un poco más, Aiken aprovechó la pequeña confianza que comenzaba a aparecer en el chico y, al extender sus brazos, atrajo a Levi con fuerza hacia él y lo envolvió en un cálido abrazo—. Estarás bien, ¿de acuerdo?

En ese instante, por alguna razón, solo podía pensar en cuidar de Levi tal y como lo haría si fuera su hermano menor. Alguien que debía proteger a cualquier costo.

Aiken se dio cuenta de que le había tomado cariño sin ningún argumento válido incluso para él pero ya era demasiado tarde para retractarse. Fue una lástima que tardara en comprenderlo o se habría ahorrado problemas y preocupaciones innecesarios.

Permitió que Levi se aferrara más fuerza a su cuello. Al deslizar su mano por la espalda ajena en un intento por serenarlo, cayó en cuenta de que unas pequeñas protuberancias de forma irregular sobresalían de forma incómoda. Recordó las palabras de Jack: las heridas en su espalda.

Trató de no prestarles atención, pero eran tan palpables como el hecho de que su vida corría un gran riesgo por ocultar a un demonio en su hogar, a la vista de todos. Significaba una traición a la confianza de su pequeña familia y cualquiera que lo llamara amigo. Tarde o temprano, sus corazonadas y buenas intenciones le acarrearían problemas.

—Deberíamos movernos de aquí o terminaremos enfermos —dijo en un intento por disfrazar deseo por alejarse de Levi un momento para reflexionar lo que sus acciones podrían desencadenar en el futuro.

Tomó los hombros del joven y lo aparto con cuidado. Primero se levantó él para tomar una toalla y posarla sobre los hombros de Levi para brindarle un poco de calor. Lo ayudó a ponerse de pie y, al prestar atención a sus manos, tuvo una idea para subirle el ánimo.

—Ahora luces como un abuelo, ¿de verdad no saliste en ningún momento?




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