Atracción Destructiva

Capítulo cuarenta y ocho

Skyler:

Me encontraba en mi cuarto. Era cerca de las tres de la mañana y no podía descansar por culpa de mis pensamientos. Estaba ansiosa y prácticamente desesperada por la curiosidad que no me permitía dejar de moverme sobre la cama.

Me acerqué a la ventana para observar la actividad del exterior; no había nadie. Las luces de las casas vecinas estaban todas apagadas y no veía rastro de alguna persona, ni siquiera el de un gato o un perro. Miré al cielo para ver las estrellas pero me encontré con el mal tiempo que daba a entender que pronto llovería. Un destello en el cielo me llamó la atención y me quedé parada por un rato, admirando la belleza de los refucilos. No pasó mucho para que las gotas de lluvia comenzaran a golpear contra mi ventana con fuerza. Abrí un poco para que el viento fresco se adentrara en mi cuarto; amaba la sensación del aire frío cuando llovía, pero tuve que cerrar porque el agua empezó a mojar mi escritorio.

Presioné el botón de mi lámpara de noche y noté que la luz no funcionada. Solté un suspiro y encendí la linterna de mi cuarto para ir a la cocina a tomar un poco de jugo. Bajé las escaleras sin hacer tanto ruido, pero cada que bajaba un escalón, éstos crujían con ganas. Ya en la planta baja sentí una corriente de aire fría y noté que la ventana estaba algo entreabierta. Me acerqué rápido y la cerré.

¿Cómo se olvidaban de cerrar la ventana de la sala? ¿Y si alguien se metía a robar?

A todos nos pasa alguna vez, pero creo que a quien se le haya olvidado cerrarla —y le echaré la culpa a Luke y Ryan por haberse quedado hasta tarde jugando videojuegos— tendría que prestar más atención, porque si un ladrón entra armado, lo lamentarían. Aunque, pensándolo bien... mis hermanos y los demás poseían magia, así que si alguna persona se atrevía a entrar íbamos a estar preparados. Pero de todas formas, tenían que prestar más atención y en el almuerzo se lo diría a ambos.

Me serví un poco de juego y me apoyé en la mesada, sumiéndome en el recuerdo del accidente de Chase.

¿Qué habrá pasado con la otra persona que iba en ese auto? Tenía una idea, por supuesto, y se me revolvía el estómago pensar en su muerte. La manera fue espantosa y me lamentaba no lograr ayudarla o ayudarlo, pero sabía que no tuve la culpa de ello. Supongo que la vida lo quiso así.

Y, ¿qué pasaba con Chase? ¿Había despertado? ¿Estaba bien? ¿Estaba en el infierno, sufriendo como nunca?

Me mordí el labio y aproveché que tenía mi teléfono en la mano y apagué la linterna. Me metí en Facebook para buscar a alguno de sus hermanos, pero ninguno parecía tener una cuenta en la red. Probé con Instagram y no los encontré, pero cuando di con un usuario creí que se trataba de Nate, pero no era nada parecido a él. Lo confirmé con las fotografías.

Chase era el motivo de mi desvelo.

No podía parar de pensar en cómo estaba. Tenía miedo de no volver a saber de él, pero una parte de mí sabía que tarde o temprano me enteraría de algo. El tema es si la noticia era o no una buena. Mis hermanos y Jason hicieron un hechizo largo que, por lo que vi y sé, dejó a mis hermanos durmiendo una siesta larguísima hasta la cena y a Jason sin ganas de cenar por el sueño. Luego de que los chicos llegaran a casa optaron por ya no hablar de lo que hicimos, y digo «hicimos» porque yo participé dando mi sangre. Al corte de mi mano mi tía no lo notó y agradecía que fuera así, porque no me puse a pensar en ningún momento sobre qué decir si preguntaba. Me dolía un poco la mano, y a eso le sumábamos los cortesitos por culpa del golpe que le di al auto, y ya que hablábamos de eso, Jane sí se dio cuenta y preguntó que ocurrió. Sé que mis hermanos inventaron algo porque la tía no volvió a hacer mención de ello. No sé cuál fue la excusa que pusieron, porque cuando oí que la pregunta era formulada por mi tía, salí de la sala casi a las corridas, quedando como una cobarde.

Me bebí el jugo y me di la vuelta para enjuagar el vaso. Cuando cerré la canilla pude escuchar una respiración a mis espaldas y me alarmé. Lo primero que pensé fue que era alguno de los chicos intentando asustarme, pero luego recordé lo de la ventana. Miré por encima de mi hombro cuando la persona detrás de mí corrió mi cabello que caía del lado derecho y lo dejó en el lado izquierdo. No pasó mucho para que unos labios se posaran sobre mi piel. Automáticamente cerré mis ojos ante las cosquillas y al siguiente segundo me di la vuelta para ver de quién se trataba.

Mi corazón se aceleró a otro nivel cuando vi a Chase. La oscuridad sería casi completa si no fuera por la iluminación de los refucilos que se adentraban por la minúscula ventana de la cocina. Quise hacer muchas preguntas, tenía muchas cosas en la cabeza que no paraban de caminar de un lado a otro y necesitaba respuestas. Como siempre.

Mi cabeza estaba inclinada hacia arriba para verlo y su cabeza hacia abajo para encontrarse con mis ojos. La forma en la que nos mirábamos reflejaba muchas cosas, y una de ellas era el deseo.

—Chase —susurré. El sonido de la lluvia era fuerte, pero sabía que él me escuchaba. Un refucilo nos alumbró y noté las gotas de agua que caían de su cabello y rodaban por sus mejillas hasta su cuello. Su ropa estaba mojada, aunque no tanto como para darme a entender que vino caminando hasta mi casa.

¿Cómo hizo para venir?

—Usé el auto de mi padre —contestó como si leyera mis pensamientos.

Era tan raro tenerlo frente a mí otra vez, porque más de la mitad de mi persona creía que no volveríamos a vernos jamás por culpa de un estúpido hechizo de un o una idiota. El hechizo de los chicos funcionó. Mi sangre ayudó a que él ahora esté parado delante de mí, mirándome con deseo y haciéndome pensar en algunas cosas sucias.

Parpadeé varias veces.

—Estás vivo —musité. Seguía incrédula.

El alivio ya estaba acudiendo a mi cuerpo. Al menos uno de los dos perjudicados salió con vida. Al menos la magia negra no logró su cometido.



Denise Arcilio

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En el texto hay: vampiros, hombres lobo, hechiceros

Editado: 15.05.2020

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